Verónica estaba perdida en el parque y no sabía qué hacer. Había visto miles de horas de Bear Grylls en Discovery Channel, pero por más que intentaba hacer memoria y recordar cómo carajo prendía ese maldito una fogata sin cerillos, nomás no se acordaba. Era ya mediados de abril y la nieve se empezaba a derretir, pero seguía habiendo un frío infame y ella se había creído la muy nórdica y había llegado mal preparada a pesar de que Javier, su más centrada y realista Mejor Mitad, se lo había pinches dicho. No podía sino acordarse de su carota -que ahora le parecía más molesta que perfecta, como normalmente- diciéndole en la puerta de su casa en la Roma Sur: 

“¿Con eso te vas a tapar, mujer? Tráete algo más abrigador, luego no te quiero lloriqueando, con las pestañas congeladas, mientras te persigue un búfalo de setecientos kilos.”

De sólo acordarse, lo odió y lo maldijo en silencio. Menos mal que traía el gorro y la bufanda que la convenció de comprar en el Wal-Mart de Denver, el día que llegaron. Era lo único que la estaba salvando de perder las orejas y la nariz. Pero ella no pensaba en eso, lo único que quería era encontrar la carretera o algún buen samaritano que la llevara de regreso al camp site a darse un buen baño en la regaderita como de avión que tenía la casa rodante. Podía casi sentir la esponjita deliciosa, ridículamente cara, el jabón líquido exfoliante y el agua hirviendo cayendo sobre su cara. Quería casi sentir a su compañero de aventuras enjabonándole las piernas (por decir lo menos) de arriba abajo, una y otra vez, como si de verdad estuvieran sucias. Pero no era hora de fantasear todavía. Era hora de concentrarse y decidir qué hacer.

Como ella lo veía, había de dos sopas: Seguir caminando hasta encontrar la carretera o algún indicio de civilización, o quedarse en el lugar que estaba y esperar que alguien llegara a rescatarla; con sendos riesgos en ambos casos. La primera sonaba mejor, pero involucraba alejarse de la relativa seguridad y cobijo de la pequeña caverna en que se había ido a meter. Y la segunda sólo era más desesperante. No podía quedarse de brazos cruzados y no hacer nada. Treinta y cuatro años de Mujer Independiente en su contra, diciéndole que se cubriera bien la cara, se amarrara bien la bufanda y buscara la salvación incierta en las planicies congeladas de Wyoming. 

El viento empezó a soplar más duro y más frío, el cielo se empezó a oscurecer y el cochino celular seguía sin agarrar señal. A lo lejos pudo escuchar una manada de lobos o algún engendro de la familia de los canes que, en cualquier otra situación, hubiera estado rallada de escuchar, pero en la actual sólo le helaron los pezones y quiso llorar. Sacó el teléfono e intentó por vigésima vez en cinco minutos llamar a alguien. Aunque fuera el nine, one, one, pues “de lo perdido, lo que aparezca”. No estaba segura de que eso fuera lo que necesitaba en ese preciso momento, pero no sabía a dónde llamar de todas formas, y siempre con el mismo resultado: la molesta señorita pregrabada que le decía que su llamada no podía ser completada. Estuvo a punto de aventar el aparato al riachuelo que había decidido seguir, pensando en que eso es lo que hubiera hecho el Señor Grylls en su situación. Y no estaba del todo mal. 

Siguió el cauce por algunos minutos hasta que escuchó otra vez los aullidos, esta vez más cerca y no pudo evitar preguntarse si la estaban siguiendo, si la estaban cazando, si se la estaban saboreando. Buscó en el piso y a su alrededor algo que le pudiera servir de arma en el peor de los casos. Lo único que encontró fue una pequeña piedra, no más grande que su propia mano, que tomó con tal seguridad, que si los lobos -o lo que fuera que la estaba acechando- llegaran, estarían en un broncón. Decidió de todas formas apresurar el paso para no tener que lastimar a un pobre “lobito bebé”, como les decía ella hasta en la peor de las circunstancias. Caminó a paso firme por varios minutos y se dio cuenta de que, a pesar del esfuerzo físico que estaba haciendo, ya no sentía la nariz ni los dedos de la mano que no traía el arma. Esa otra mano estaba medio engarrotada y se le había pegado ligeramente la piel a la piedra, pero por lo menos la podía sentir. Furiosa, la aventó con todas sus fuerzas y escuchó el eco que hizo cuando cayó al piso, unos seis metros más adelante. 

“Tac, tac, tac, tac…” retumbó el sonido contra el pastizal congelado. 

El último de los ecos le pareció confundirse con un grito lejano y paró la oreja. Escaló rápidamente una roca cercana para ver más lejos. A la distancia pudo ver a Javier, alto, fuerte y bien abrigado, afuera de la casa rodante, gritando como desequilibrado y agitando una linterna en todas direcciones. El pobre tampoco nunca había visto Discovery Channel, claramente. Saltó y gritó en su dirección hasta que aquél le confirmó el avistamiento. Corrieron el uno hacia el otro frenéticamente y se abrazaron y se besaron como si no se hubieran visto en décadas. Era el abrazo más caluroso y más eufórico que jamás hubieran sentido. No sólo el uno con el otro, sino cada quien con cualquiera, en cualquier situación. Estuvieron así, apretujándose y gritándose palabras de júbilo, hasta que los guardabosques, quienes habían venido corriendo también, les pidieron que se separaran y abordaran su vehículo, pues había una manada de lobos feroces y comehumanos en el rumbo y sonaban cada vez más cerca.  

Manejaron escoltados por los alguaciles hasta el campamento donde se metieron por fin a la tan ansiada regadera, que, aunque pequeña, siempre los había logrado alojar a ambos; donde remojaron sus cuerpos, sus penas y sus Autoestimas. 

Un comentario sobre “QUE TRATA DE LAS MIRIAVENTURAS Y CONTRATIEMPOS FUTURISTAS DE DOS INCAUTOS CONQUISTADORES EN LAS PLANICIES CONGELADAS DE WYOMING”

  1. Muy padre historia!!!!
    Agradezcome (!?) nunca haber ido de campamento ⛺️ ni de mochila ni de motorhome 😄
    Y menos después de ver los lobos de la portada !!!
    Aún así se vana ir ??? 🙏🏽

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