La primera vez que tuve una mascota fue como a los ocho o nueve años. Recuerdo que era mi cumpleaños y todos mis amiguitos de la escuela llegaron a mi casa con regalos, pasteles, refrescos, tíos incómodos y todo lo que dicta el protocolo de fiestas infantiles. Juegos de mesa, figuritas de acción, pelotas y -nunca puede faltar- el típico amiguito submental que te regala una mascota. ¿Qué necesidad? Sobre todo, a esa edad, donde lo más probable es que sea la mamá la que acabe cuidando al mentado bicho, limpiándole las cacas y procurando que no se petatee a la semana. Y, no conforme, Javier Noyola, mi tocayo del salón, tuvo a bien regalarme la mascota más insostenible del mundo. No era un perrito, no era un gatito ni una lagartija o algo más normal. Decidió porque ¿Por qué no? Regalarme un quesito. Y no era tampoco un queso bueno, tipo manchego, gouda o edam. Era más bien una rebanadita de queso Kraft. Anda, exacto, eso me regaló el imbécil: un Singles de Kraft. ¿Qué se supone que haga yo con eso? ¿Qué se le da de comer? ¿Lo saco a pasear? ¿Hay que bañarlo? ¿Hay que desparacitarlo? Ni siquiera fue para preguntar toda esa valiosa información en la tienda de mascotas, el asno. Y no existía Google, Siri ni Alexa para preguntarles que qué onda. Mi mamá le tuvo que hablar a su hermana grande, que vivía en aquella época en Kinshasa, que si sabía algo de eso. Ella, de chica, había tenido un quesito también. No estábamos seguros si había sido un cochino Singles como el mío, pero sin duda algo así. Un Maasdam, creemos. 

Con el tiempo medio aprendimos a lidiar con el engendro aquél, pero nunca lo sacamos de su cajita. Teníamos miedo de que se nos escapara y pues… ya hasta cariño le teníamos; hasta que un buen (mal) día, la señora de limpieza tiró sin querer el librero donde estaba y se intentó pelar el desgraciado. Al verlo correr, fui tras él y lo quise pepenar de las greñas, pero se me desintegró entre las manos y cayó al suelo todo desmenuzadito. Pensé que ahí había quedado Epigmenio, como le pusimos al queso, pero a los pocos minutos, cuando ya lo estábamos levantando para tirarlo a la basura, se recompuso, cual villano de Terminator II, se aventó del recogedor, se deslizó por debajo de la puerta, nos pintó el dedo y no lo volvimos a ver. 

—Que tengas una buena vida, Epi, donde sea que te encuentres.

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