El pasado martes, 19 de septiembre, la ciudad de México y #provincias aledañas sufrieron el sismo más devastador en treinta años. Exactamente 32 años, como por justicia o injusticia divina.

Había pasado menos de una semana desde un sismo importante que, si bien no impactó tanto a la capital, sí colapsó algunas en otros estados y el país aún no se recuperaba del todo. Ni cerca. Apenas pasada la una de la tarde, tiempo del centro, la gente estaba regresando a sus labores después del simulacro conmemorativo del trigésimo segundo aniversario del celebérrimo terremoto de ’85; motivo por el cual, la Copa del Mundo de México ’86 casi es cancelada (o más bien transferida), la Tierra se reacomodó y nos dio en la mega torre again. Oficinistas reanudaban sus labores, atletas sus entrenamientos, actores sus ensayos y ni-nis sus sinqueaceres, cuando comenzó a sonar la dichosa alarma sísmica totalmente inservible del bruto de Mancera. Pero esta vez no era ensayo: era neta. Edificios enteros retumbaron y cayeron, las calles se sacudieron y dejaron incomunicados a miles de capitalinos; cientos de hogares se conmovieron y en cuestión de segundos veintidós millones de personas intentaron ponerse en contacto con sus seres queridos, resultando EVIDENTEMENTE en un caos infernal de telecomunicaciones. Incluso el bonito Lago de Xochimilco se convirtió en la alberca de olas del Cici para asombro de vario turista gringo que no sabía ni qué onda. Pensaron que iba a salir un Godzilla Mexica de las profundidades, o algo, seguro.

Muchos no medimos la magnitud del evento y pensamos que había sido otro más de los tres o cuatro sismos apreciables en la capital cada año. En mi caso, fue hasta que entré a las redes sociales que pude apreciar la magnitud del sacudidón. En San Ángel fue relativamente inofensivo por lo que no parecía haber sido gran cosa. Y es que para los que no vivimos en carne propia el terremoto de ’85, los sismos eran cosa de risa y juego, nunca de preocupación y muerte. Hubo gente más precavida que salió a la calle aunque fuera enjabonada, en toalla y descalza con tal de no quedarse atrapada en los escombros de un posible derrumbe. Avenida Revolución completamente detenida. Igual que el resto de la ciudad.

Instantes después de que terminara de conmoverse la Tierra, los mexicanos hicimos lo que hacemos mejor: ayudarnos unos a otros. Si bien no tenemos la mejor fama a nivel mundial, la verdad de las cosas es que la buena mayoría de los mexicanos vemos siempre por el bien de los demás. En todos lados hay gente malnacida y miserable que se aprovecha del prójimo cuando está caído, pero en mi país somos los menos. En mi país, al menos cuando cuenta, estamos ahí para los demás. Y eso fue probado MÁS QUE DE SOBRA en estos dos días pasados. Decenas de miles de ciudadanos de “a pie” salieron de su casa para ayudar a los rescatistas, para CONVERTIRSE en rescatistas, para alimentar a los rescatistas, a los atrapados, a los damnificados, a los héroes anónimos, a los rescatados y a todo el que pudiera requerir una “manita”. Desde los deportistas mejor pagados del futbol mexicano, hasta la familia más humilde… Todos nos unimos para sacar adelante al país y a los compatriotas. Porque no importa cuánto digan que «el patriotismo es el hermano fresa del nacionalismo” y demás burrada, la realidad es que ser mexicano es motivo de orgullo SIEMPRE. Desde los lunes en la primaria cuando rindes honores a la bandera con la maestra ruca y maloliente de mate (cof, cof Chelito), hasta las pedas en el extranjero en que te encuentras banda con la playera del Chícharo y te haces mejor amigo instantáneo; y cuando te unes a tus vecinos de la Del Valle para sacar de los escombros a gente imaginaria (Frida no sé qué y ese drama malhecho y de-quinta de Televisa para variar). Y ni qué decir de los héroes en cuatro patas. Gogles, chaleco, guantecitos y todo. Me turbo muero. Queremos a la Frida en el billete de tostón a la de YA!

La gente se medio burlaba de mí porque desde que me acuerdo soy el mexicano más orgulloso: me paro (y canto a todo pulmón) cuando suena mi himno y neta lo tengo en el celular (y lo pongo a veces estando hasta el moco), me pongo bien puesta la playera de México cuando estoy fuera, tengo el acento más mexicano posible en inglés, soy un ciudadano ejemplar y trato de ser un ejemplo para las generaciones futuras. Siempre hay que poner el nombre de México en alto, donde pertenece.

Fue hace más de tres años, cuando estaba recién casado, que jugamos contra el Scratch de visita en su propio Mundial. Era lunes y acababa de regresar de luna de miel con mi mujer; el kinder de junto a mi casa estaba rindiendo honores a la bandera (como debe de ser) y yo lavaba los trastes del desayuno (como el buen esposito que a veces era). Cuando empiezan a cantar el himno… El dramón que armé. Jugaba Mi Selección contra el Brasil de Neymar, Hulk y Scolari. Mi mujer no estaba para escucharme pero de todas formas canté mi himno como si estuviera en el Coloso, lloré como La Magdalena y canté feliz de la vida, orgulloso de ser mexicano; y de ser. Cerca del pito inicial, me atavié con mi bandera tricolor amarrada al cuello cual niño héroe (pero galán) y me serví un tequila doble y una Corona, diez en punto antemeridiano porque pues… Mundial. Ese día, mi gallo, Raúl Jiménez, entró de cambio y estrelló el gol del Siglo en el poste y Paco Memo le sacó dos a Ney a quemarropa y le sacamos el empate al Scratch en su casa. Tenga. Posteriormente me puse un pedo de terror y armé un cagadero sin control que últimadamente me terminó costando todo lo bueno que tenía en la vida… Pero ésa es otra historia, para otro momento.

Ser mexicano no es hacer tranza. Ser mexicano no es chakalear al prójimo. Ser mexicano no es aventajar con trampas, tratos bajo el agua ni nada sospechoso o truculento. Eso sólo los políticos (mexicano o de cualquier otro lado. Si no, no serían políticos). Ser mexicano es meterse abajo del edificio colapsado para rescatar a un desconocido. Ser mexicano es aguantar bajo la pinche lluvia helada de septiembre que parece enero, sacando niños y perrijos hasta las 3 de la mañana. Ser mexicano es hacer sandwiches con tus vecinos toda la tarde para alimentar a los rescatistas que se juegan el pellejo. Ser mexicano es levantar la mano para indicar “silencio” y poder escuchar a la gente en peligro. Ser mexicano es estar ahí todo el día y toda la noche sin esperar algo a cambio.

Gracias a ti, actorzucho de Televisa, niña guapa de Instagram e “influencer” farol que te pusiste las pilas y pusiste en tu Instagram Story los centros de acopio. Gracias a ti, maestra insufrible de secundaria que organizó a sus alumnitos por whatsapp para llevar cosas a la escuela. Gracias a ti, microbusero que pusiste la pecera para llevar cosas a Xochi. Gracias a ti, ingeniero que fuiste colonia por colonia, edificio por edificio verificando que fueran seguros. Gracias a ti, empresario que abriste tus puertas a los rescatistas para lo que necesitaran. Gracias a ti, médico rifado que fuiste derrumbe por derrumbe salvando desconocidos. Gracias a ti, mexicano que vive en Miami, Los Ángeles o Londres que donaste a la Cruz Roja Mexicana, los Topos o donde fuera. Obviamente también gracias a ti, empresa transnacional que, aunque sea por pura pose, terminaste rifando y haciendo una diferencia. Gracias a ti, ciudadano de “a pie” que llevaste una cobija, un garrafón, una oreja amigable o un trompo de pastor al sitio del derrumbe. Gracias a todos ustedes. El drama y la tragedia está lejos de terminar, pero estoy seguro que gracias a todos ustedes, vamos a salir bien librados.

Yo siempre he estado más que orgulloso de mi país y mis conciudadanos… Pero esta semana me ha dejado UNA VEZ MÁS sin palabras. Los amo a todos y cada uno de ustedes. Gracias infinitas.

J!