A Paulina, mi tercera, última y menos afortunada novia, no le fue fácil engatusarme a andar con ella. Le llevó poco más de dos años, numerosas idas y venidas e incontables percances derivados del abuso del alcohol y de la vida. Desde tenerme que bajar de una palmera artificial en un antro, hasta lamerle la cara enfrente de sus amigas fresas o toparme a su mamá encuerado y encerado en su propia casa; esa pobre mujer me aguantó de todo. Y sin ser novios, siquiera. ¿Se acuerdan que les decía que la cantidad de moños que los hombres aguantaremos es directamente proporcional a qué tanto se rifen en la habitación? Siempre he pensado que las mujeres deben tener alguna regla equivalente al respecto y, por ende, estarán dispuestas a aguantar disparates, desfiguros y caos general en medida proporcional a tal o cual cosa que hagamos o dejemos de hacer. Yo algo hacía bien, claramente. No quiero decir que sea un sueño… pero sí soy un sueño. Y ella más. 

En un principio salimos sólo por tres meses, hasta que ella procedió a presentar ultimátum de “ser novios o dejar de salir”, con lo que yo procedí a darla de baja; como bien se le indicó desde la tercera vez que salimos (bajo advertencia no hay engaño). Al año siguiente, fui uno de sus propósitos de Año Nuevo: “NO volver a salir con Javi”, mismo que rompió a regañadientes (pero de sumo agrado) al poco tiempo y, no conforme, repitió con el mismito resultado el año siguiente. Soy complicado de permanecer enojada con, ¿qué les puedo decir? Pero en su siguiente cumpleaños… ¡Agárrate!

Ella tenía un noviecito que -por mi madre- decía y ESTABA CONVENCIDO de que era la reencarnación de no sé qué filósofo griego. Neta se lo creía el pobre diablo. Organizó entonces Paulina su fiesta de cumpleaños en compañía de sus amigochas, sus familiares cercanos, compañeros de trabajo y, por supuesto, el Reencarnado. Yo no fui requerido por obvias razones, a pesar de que le prometí someterme a mi mejor y más mustio comportamiento por toda la duración del evento y no levantar ningún tipo de sospecha dañina. Hizo bien en no invitarme, sin duda: tan pronto se distrajera el susodicho y ella me guiñara un ojito despistado, hubiéramos terminado lamiéndonos mucho más que la cara en el baño de su casa; como nuestro historial indicaba. Lo que sí aceptó fue cenar conmigo al día siguiente. Cenita inocente, en lugar bien iluminado, a una hora respetable, en miércoles para que no se pudiera alargar demasiado y observando todas las convenciones de la gente decente y las “niñas bien de toda la vida”, como ella se autodenominaba. Sí, ¡¿cómo no?! 

Dos negronis, una botella de Pinot Grigio y seis gintónics después…

Paulina y yo cantando a todo pulmón en un cantabar de quinta, en Polanco, echando Perlas Negras con una pareja de desconocidos que nos terminaron invitando a seguirla en su casa, a las cinco de la mañana. 

El señor, de mínimo cincuenta, traía la camisa abierta hasta el ombligo, cual adolescente mirrey dosmilero, hebilla A/X y jeans ajustados con bordados piratas. Poco le faltó para aplicar el rosario al cuello. La mujer, considerablemente más joven, pero igual de acorrientada, no podía pasar de los treintaimuchos, pantalón de cuero con lentejuelas, blusa blanca brillosita, abierta también casi hasta el ombligo, ciruelas operadas, pelo recogido y uñas falsas decoradas con brillitos; del tipo que, si se le pasa la mano jugando al “dedito amigable”, el pobre Don terminaría más floreado que babuino violado. Buchona de libro de texto, pues. ¡Ufff!

A la hora que nos empezaron a correr del cantabar, fui a de lavarme los dientes con harta pasta y enjuague (por cualquier cosa), salgo y ya estaba mi Paulina con este par de personajes y su chofer en una Escalade pimpeada, esperándome. Ya demasiado ebrio para discernir una buena idea de… ESO, ayudé a mi mujer a subir, subíme yo y cerré la puerta atrás mío. Llegamos a un edificio de poco buena pinta, se orilla el chofer en la entrada y nos indican que ya llegamos. Traíamos Caminera, por lo que nos sentimos en absoluta confianza y los seguimos hasta el elevador. De esos elevadores viejos, de madera falsa roidita, con botones como de televisor de los sesenta, sin pantalla para mostrar en qué piso estás, como era de esperarse, y lento como ver el pasto crecer. En lo que subíamos hasta el último piso, el Don saca del bolsillo de su camisa una mini Ziploc con un polvo blanco para nada sospechoso y nos ofrece. Declinamos amablemente la invitación, a lo que ellos respondieron con la típica: “¿Les importa si nosotros sí nos damos?”. No nos importó. Se da el señor su “llavazo”, le pasa la bolsita a la mujer, saca la porción deseada con la cucharita esa tan mona que tienen los que saben, decorada como porcelana china del S. XII; y en lugar de sólo aspirarla, decide verter el contenido en las abundantes y deliciosas chichis de mi Paulina. Porque #FuckThisShit. Paulina, entre sacada de onda, hasta el huevo y rallada de que una teibolera le aspirara Perico de las tetas, tuvo todavía la amabilidad de arrejuntarlas, recibir la cara de la mujer y motorboat-earla cual gringa springbreakera en Cancún. Después de muchísimo tiempo más del que requiere darse un jalón, saca la cara de todo aquello, mete la cucharita de porcelana en la bolsita, recopila otro poco (todo lo que pudo) y repite la operación entre aplausos, vituperios y billetiza de singles tanto míos como del señor, que no dábamos crédito a lo que estaba sucediendo. Para cuando se abrieron las puertas del elevador, esa mujer casi requirió de cuerda y arnés para salir de las profundidades de tan amplio escote en que se había ido a meter. Un asunto ya de espeleología avanzada, perritos rescatistas y puños al cielo para escuchar las voces que vienen de los escombros. 

Entramos al depa de estos individuos, forjamos cubas para todos, ellos se dieron (aún) más de aquello y lo que pasó después fue lo que nos terminó de sacar (aún) más de onda y decidimos echar bomba de humo: El señor se acercó a la ventana a ver por un telescopio inmenso que tenía, pero que ni servía y me invitó a mirar a través de él. “Ve la luna”, me decía, “ve la luna”, cuando la luna no estaba ni cerca en esa dirección; yo la podía ver sin el aparato y para otro lado completamente diferente. La mujer en cambio se subió en una bicicleta estacionaria que encontró en la sala y se puso a pedalear como si su vida dependiera de ello. Con el tiempo, y como era de esperarse, se empezó a acalorar considerablemente y decidió quitarse la blusa brillosa y quedarse en el bra rosa transparentoso que traía debajo, con media areola de fuera y quería que mi mujer le suministrara más truco mediante la artimaña del elevador. Afortunadamente, entre tanto teje y maneje, la peda se nos medio había bajado y pudimos percatarnos del potencial predicamento en que nos habíamos metido; pedimos un Uber, dijimos que íbamos por cigarros y nos pelamos. Al día siguiente (jueves, recuerden), como a eso de las cinco de la tarde, nos mensajearon diciendo que seguían de fiesta, que si queríamos caer. Ya parece.

Ese día, al verla despertar con las chichis todavía espolvoreadas, cual niña con donitas Bimbo, decidí que ya era hora de darle una oportunidad real, esperé a que cortara al Reencarnado (no podía tardar tanto, pensé) y le propuse ser mi novia sin siquiera estar “saliendo” con ella en ese momento. Meditó la situación (se hizo del rogar) todo un día, pero al final dijo que sí. El desenlace de esa historia ya es bien sabido, pero debo decir que valió la pena cada instante y estoy infinitamente agradecido con ella. 

#GraciasPaulina

#GraciasSeñores

#SoyUnSueño