De entre las miles de cosas que me enfurecen en la vida, una de las principales es viajar en Uber: esos malditos parece que van esquivando los semáforos en verde de propósito, pasan los topes a un kilómetro por año y van a treintaicinco en el segundo piso despejado. Son más lentos que una carroza fúnebre paralítica, los HDSPM. Y en diciembre es una bronca siquiera conseguir uno. Por lo regular son entre veinte minutos y media hora de espera durante todo el mes. Odio diciembre también. 

Habiendo dicho eso, uno de mis días favoritos de todo el año es el veintitrés de dicho mes. Por alguna razón que a la fecha no puedo explicar, el día antes de Nochebuena siempre la he prendido de manera colosal. Incluso casado y teniendo que lidiar con Catalina y sus incesantes reclamos cuando me veía crudo (y más si era con su familia), me las ingeniaba para mandarme al caño el veintitrés y estar semi presentable el veinticuatro. Escalofríos, temblorina, cachetes hechos pomada y tomando agüita de coco desde la mañana… pero presente y fingiendo decencia e interés, como siempre. Ya hasta se me haría raro estar en más de tres de mis cinco sentidos en una cena navideña. Y espero nunca más tener que hacerlo. 

Pero de entre todos los festejos prenochebuenos de los que he sido partícipe, mi favorito fue el de hace tres años, con una amiga argentina, de nombre Berenice. Y recuerden que yo no uso el término “amiga” a la ligera. 

Suena mi teléfono, once pe eme, noche de marras: 

—Oye, ché, ¿qué hacés? ¿Puedo ir a tu casa? Vamos a algún lado.

—Nada. Obvio vente, te espero y de aquí vemos. Y aprende a hablar por favor, que no te entiendo nada, nunca. 

Llega Berenice cerca de la medianoche a Gabriel Mancera 867, PH1, entre Eugenia y San Borja, el mejor depa de la existencia. Mis roomies pachequeando como siempre, yo deprimiéndome como siempre por las fechas decembrinas. Le ofrezco una chela. Más para yo poderme servir una y así no estar “chupando solo”, que por ofrecerle una per se. Ella ya venía encarrerada de algún otro lado y quiso una cuba directo. En solidaridad con ella y para no ser mal anfitrión ahora sí, tuve que servirme una yo también. Intentamos convencer a mis roomies de salir de fiesta con nosotros, pero ya estaban más pa’llá que pa’cá, por lo que desistimos al poco tiempo. Odio la pacheca. Y a los pachecos. Son de ultra hueva. 

Tomamos el ineludible Uber -maldita sea mi estampa- y nos dirigimos al único lugar que encontramos abierto en miércoles, según ella: LOVE Polanco. Tan pronto nos bajamos de la carroza fúnebre, nos dimos cuenta de que no éramos los únicos queriendo enfiestar ese día tan implausible. Aquello parecía el Río Salvaje de Reino Aventura en vacaciones de verano y no había ni forma de acercarse al cavernícola disfrazado de matón venido a más de la entrada para poder aplicar el infame “¡Popeye, wey, somos dos!” y toda esa dinámica tan nefasta como desgraciadamente necesaria. 

Déjenme hacer un paréntesis rápido respecto de los mentados “cadeneros” y la podredumbre que es eso. Para aquellos lectores más entrados en años, extranjeros o de plano antisociales que no estén familiarizados con el concepto, va la explicación técnica: El cadenero en México, es el equivalente -aunque no exactamente igual- a un “bouncer” gringo o europeo. Éste último tiene la chamba, como su nombre lo indica, de organizar la entrada y la salida del antro en cuestión. Sobre todo, porque en la cultura gringa, a la hora que se cierra el changarro, el personal te arrebata tu chupe de las manos y te gritan de peladeces hasta para que te largues. Si la mesera en atuendito no lo logra a la primera, va por el bouncer y te sacan a patadas. Literal. 

El cadenero mexicano, en cambio, tiene la tarea de escoger quien entra y quien no al lugar en cuestión. Los primeros en ser tocados por la mano sagrada y asquerosa de estas personas son, como es de esperarse, la gente con conecte, i.e. la gente que conoce al pelafustán aquél, al dueño del changarro o gente influyente en el mismo. Después, el principal criterio es, por supuesto, el look de la persona o grupo de personas que pretende entrar y todo puede tener que ver. Desde el peinado, la camisa, el reloj, el escote, la altura, el color de piel, de ojos, de labios, la proporción de hombres/mujeres del comité, el maquillaje o la falta de él, lo largo de la minifalda y todas las demás medidas arbitrarias y mezquinas que se te ocurran. El arte de discriminar. 

Ahora, no por ser una práctica deleznable, vil y gandalla, pienso que sea algo que se pueda erradicar. Imaginemos por un momento que se eliminan a estos energúmenos deplorables de los antros nais de la ciudad. ¿Han ido a meterse a un antrillo de esos horrendos del Centro? Yo no quepo de pie, así se los digo. Tengo que pasarme toda la noche jorobado para no reventarme la crisma en el techo. Cincuenta Celsius, cuatro mil porciento de humedad y el techo goteando sudor gracias a las mil doscientas personas en un lugar diseñado para ciento dos. “Amor secretarial” no empieza a cubrirlo. La chela cuesta quince pesos y si pides una botella (en los que hay, porque no en todos, obviamente), te dan el refresco en jarra de plástico. Jarra de plástico. Como de fonda. Donde te servirían el agua de Jamaica. No pregunten cómo es que terminé en un tugurio de semejante calaña, no quieren saber. Ni yo quisiera. Bueno, así terminarían todos los antros de la ciudad. Porque la alternativa para evitarlo sería elevar el costo del cover de manera desproporcionada, lo cual sería contraproducente. Pienso que los cadeneros son un cáncer de la cultura y sociedad mexicana, pero un cáncer necesario. Los dueños de los lugares podrían echarle tantitas más ganas y poner gente más preparada, o, ya de perdida letrada, y hacer de ese trámite algo menos desagradable. Eso sí estoy de acuerdo.

El caso es que no quisimos ni siquiera intentar aventarnos ese drama tercermundista y nos pelamos de ahí. Pedimos otra carroza fúnebre, pero para esto ya eran las dos y media de la mañana. Después de una ardua labor de investigación, decidimos que lo único abierto a esa hora infrahumana, en ese día infrahumano, era un teibol llamado El Clóset (y no, no es antro gay, sólo el nombre no le ayuda). 

Chichero corrientón y de mala muerte, en el corazón de la Condesa, benemérito del mal gusto y peor calaña, con una sola ventaja: abre todos los días “de 8pm en adelante”. Y eso lo acabo de Googlear, así que créanme cuando les digo: “en adelante”. Damn! Tres pisos de degenere, silicón mal disimulado y meseros gandules que, a la menor distracción de tu parte, te van a ver la cara y chakalearte hasta la risa. Tanto ellas como ellos, eh, no creas que son menos peor sólo por llevar menos ropa. De todas formas, las encargadas del espectáculo se saben bien su rutina, dominan las artes del pole dancing y, a esas horas y en ese estado, medio dan el gatazo, que es lo que cuenta. 

Llegamos esta mujer y yo zumbados, hartos de la carroza y, sobre todo, calientes. Mas no estamos hablando de calentura carnal, sino como en “se me calentó el hocico”. Hocicalientes, pues. Pagamos el cover y nos ofrecen mesa de gayola. Berenice furiosa le dice al mesero que queremos mesa de pista, que queremos verle hasta el Papanicolau a la mujer. “Alguien trae actitud”, pensé. Nos arriman una mesita al vértice septentrional de la pista, donde las damas concentran sus ánimos y sus pezones medio deformes; pero, eso sí, todas con el pesebre y el Camino a Belén bien depiladitos, como Dios manda. 

Después de batear a dos que tres muchachas, divisamos a una, la menos peorcita de entre todas, una mujer de uno ochenta, caderona, chichonsísima, pestañas de cabaretera de los setenta, bota vaquera y peluca azul cielo. Los dos babeando. En cuanto se quitó el sostén de por sí maquiavélicamente pequeño, desplegó un par de senos operados, de pezones rosas, de esos que tienes que buscar con la lengua para encontrar, y los dos flipamos. Ya aplaudiendo como focas, un asunto pa’ llorar. Pomo en mano, la invitamos a acompañarnos, y de ipso facto tomó asiento en la pierna derecha de Berenice. Más alta que ella como por medio metro, al poco rato se compadeció y abarcó mejor ambas piernas, pero también ambas manos y la cara completa. Nada mensa. En lo que me paré al baño y regresé, mi amiga ya con el brazo hasta el codo adentro de las pocas ropas de la teibolera. Yo a dos de aventarles dinero a ambas, por supuesto. 

¿Privado con la mujer? Claramente quiso privado con la pseudo vaquera lesbianona de las chichis. Ni cómo culparla. Regresa a los quince minutos a nuestra mesita con la sonrisa de oreja a oreja tan característica de quien acaba de usar de isopos los pezones de una mujer hermosa. Hasta cera le ha de haber quedado a esa pobre. 

Terminamos nuestra botella, pagamos la cuenta, y Berenice, en su peda, hasta su número le apuntó en una servilleta. Señalcita de “llámame, muñeca” y todo le toco a la teibolera conforme abandonábamos el lugar. Al mes siguiente, imagino huyendo de aquella mujer, mi amiga se fue a vivir a Portugal. Ésa fue la última vez que la vi. 

Se te extraña, mujer. Rómpela allá. 

#GraciasBere