Viernes, 14:02 h

Intercambio mensajes con una ex, a la que, para colmo, no dejan salir conmigo, al son de:

  • ¿Qué haces hoy en la noche, muñeco? —Escribe ella. 
  • No mucho, mujer. ¿Por? ¿A dónde me vas a invitar?
  • Te iba a decir si me acompañabas a la fiesta de una amiga en Pedregal y luego nos quedamos en tu casa.
  • Perfecto. ¿Quieres que pase por ti?
  • No hace falta. Nos vemos a las 9 en tu casa entonces, paso yo por ti y nos vamos en mi coche. 
  • No se diga más. 

19:58 h

Llegan unos cuates de mi roomie a la casa para el bien ponderado precopeo. Entre esta comitiva se encuentra una mujer, a la que, por una u otra cosa, no les he podido presentar aún, queridos lectores. Una de las personas que venía a mi casa a realizar el mexicanísimo ritual de tomar antes de salir a tomar, era ni más ni menos, que Lucero. A Lucero sólo la había visto yo en un par de ocasiones en convivios de mi cohabitante, pero habíamos intercambiado mínimas palabras de saludo y despedida, si acaso. Alta (probablemente la mujer más alta con la que he salido jamás, algo como 1.75 calculo yo), flaca como una bailarina, pero con cinturita, pelo largo castaño y una actitud hacia la vida que incluso a mí, consumado refunfuñón amargado, me hacía el día de sólo verla existir.  

Ese día llegó a mi casa con un séquito de rufianes de la más distinta índole y yo ya estaba esperando a mi date, cuba en mano, muy aderezado y perfumado, listo para le guateque. Creo que fue hasta ese momento que me di cuenta por primera vez que Lucero me encantaba, me hacía salivar. Su mero perfume, combinado con su mirada alegre y su risa contagiosa de payasita sexy (me la imagino con zapatos de ésos grandotes, de payaso de circo de antes, medias gruesas de colores hasta el muslo, minifalda roja y blusa blanca, con puntitos coloridos, que le queda grande, como cuando las mujeres se ponen la camisa del novio a la mañana siguiente, pero recortada de manera que enseña ligeramente algo de underboob. Soy enemigo casado de las dos coletas, tipo estudianta, así que le pondremos mejor una sola cola de caballo, como las que se hacen las damas cuando van down to business, para que enseñe ese cuello largo, largo, turbo sexy; labial azul, párpados azules y pestañas postizas. ¡Ufff!) me sacan lo más recóndito del instinto animal que todos tenemos dentro. 

De todas formas, yo ya tenía amarrada una cita con una mujer espectacular, que encima iba a pasar por mí, regresarme a mi casa hasta el dedo y cogerme hasta por las orejas hasta que me desmayara. Por lo regular procuro desmayarme hasta después de que hayan abusado de mí, no se preocupen. Y, de cualquier manera, en caso de que pase antes, igual tienen unos cinco, diez minutos para usarme ya estando inerte. Bendito alcohol. 

21:46 h

Le platico a nuestros invitados de mi date y opinan que soy un cínico y un gandalla. Pero es como si, antes de salir de cacería, llega el ciervo a mi casa, toma la escopeta, se dispara con ella en la cara, se mete al horno y se trepa solito a la mesa… ¿acaso no me lo voy a comer? Claramente sí. Bueno, como sea que fuere, después de recibir de sumo agrado el respectivo bullying que involucra salir con una mujer de veintitrés, llegó por fin Martha, mi date, y sosegó a la chusma iracunda en que se había convertido aquello entre risas, brindis y despilfarro multitudinario. ¿Se acuerdan de Martha? La conocí en la Gran Manzana, le prohíben verme, diez cerrado… Bueno, equis, ella. Se tomó una con nosotros y nos pasamos a retirar. Subimos a su coche y nos dirigimos a la casa de su amiguita, en Pedregal. 

23:12 h

Llegamos a una mansión en Fumarola, Granizo, Volcán o alguna de esas calles con nombres de desastres naturales y nos recibe muy amable una niña de pinta aún más niña que mi invitadora, monísima, pintada con plumón de glow-in-the-dark. Nos adentramos en aquella velada y todo mundo pintarrajeado en semejanza. Luces neón, adolescentes, música de moda, meseros, choferes y, no podían faltar, papás. Adultos mayores chavorruqueando, raboverdeando y quesque supervisando la conducta de sus retoños. Yo, ya bien entrado en tragos, “no le di importancia y lo abordé, y me dije a mí mismo: ‘casi estás de regreso en tu casa para coger’”. Tomé el primer plumón que me encontré, pinté la cara hermosa de mi date y le pedí que hiciera lo propio con la mía. Nada muy ostentoso, sólo para no desentonar con la chaviza concurrente. 

Sábado, 03:11 h

Llegamos (no me pregunten cómo o por qué) a un antro duro de La Roma donde estaba desde hacía tiempo Lucero, el renacuajo de mi roomie y la demás bola de ingratos amigos míos, suyos o de quién sabe quién. Seguimos las festividades en aquel lugar, hasta que alguien -seguro yo- consiguió Truco con el mesero y todos al techo. 

04:51 h

Nos subimos Martha y yo a un Uber afuera del mencionado tugurio trespesino, tapados, atarantados y turbados como en nuestras mejores noches, saboreándonos uno al otro y listos para emprender un viaje de degenere y cochambre, como antaño en NYC. 

04:52 h

Suena mi teléfono, número desconocido, y se lo doy a Martha para que conteste porque mi estado no es el más conveniente para hacerlo, y lo que escuché fue lo siguiente:

—Hola.

—Aha. Aha. Ahaaa. 

—¿A dónde?

—Ok, vamos para allá. 

Voltea preocupadísima, y antes de que pudiera decir pío, le digo:

—¿Cómo que “vamos para allá”, mujer? Estás loca de remate, nos vamos a mi casa NOW. 

—Que a tu empleado lo atropellaron y está en el hospital. Que tú eres su contacto de emergencia. —Contesta ella, pálida. 

Cambio la dirección del viaje a la del hospital que le dijeron y allá vamos. 

05:21 h

Llegamos esta pobre mujer y yo a un hospital, no me acuerdo dónde y me acerco a la recepción. 

—Busco a fulanito. —En mi peor sánscrito imaginable, ya sólo balbuceando incoherencias, con las pupilas tan grandes que parezco vampiro, la mirada confundida y arrastrando no sólo las erres, sino todo el alfabeto cuneiforme que manejaba para entonces. 

—¿Cómo se apellida fulanito? —Intuye a bien la mujer de recepción. 

—Ni la menor idea. Me dijeron que lo atropellaron y que soy su contacto de emergencia. Trabaja conmigo. 

—Okok. Voy por él. —Me dice aquella. —De la ambulancia, el médico, bla, bla, bla… son $25,000. ¿Cómo sería su forma de pago?

—¡Exquiusmiiiii, pendeja! Uno: dime cómo está y a qué hora lo puedo ver. Y dos: ¿Yo a qué hora acepté que lo trajeran aquí? ¿O él pa’l caso? A ver cómo le hacen, yo no voy a pagar ni un peso de eso. Ni mucho menos él.

Martha, para esto, ya angustiada por mí y mi estado de intemperancia, consiguiendo refrescos, guajolotas, dulces o lo que fuera para que se me medio bajara y evitara petatearme. Con el tiempo hasta las enfermeras estaban más preocupadas por mí que por el atropellado. Él, por lo menos, sólo tenía una fisura en la pierna derecha; yo, por otro lado, estaba a dos de no amanecer ese mismo día. Lo cual, en retrospectiva, hubiera sido un mega paro: ¡por lo menos no habría tenido que pagar veinticinco mil pesos de hospital! Y eso porque, incluso en mi estado inconveniente, tuve la brillante idea de trasladarlo a otro hospital donde no me cobraran, como a continuación detallo.

08:38 h

Llego a mi casa solo. A Martha le pedí un Uber desde el hospital para que la llevaran a su casa. Esa pobre ni la debía ni la temía y seguro estaba exhausta también. Me meto a la regadera para entablarme un poco y poderle hablar a la ex. LA ex. Mi exsuegro tenía un hospital en Bosques que Aragón, que bien podría haber sido en el Bosque de Fangorn y hubiera sido menos peligroso el rumbo. De cualquier manera, ahí no me cobrarían la hospitalización ni los médicos, sino sólo los insumos y demás minucias. 

Por milagro del Señor, la mujer se dignó contestarme en el teléfono de su casa (de su celular estaba y estoy bloqueado, nivel Black Mirror). Le conté cómo había estado la calabaza, obvio omitiendo ciertas partes, y me dijo que sin problema podían trasladarlo al hospital de su jefe. Regreso al hospital donde estaba este individuo y, en efecto, lo movieron -otra vez en ambulancia, otra vez a mis expensas- al hospital de Aragón, donde se quedó varios días con sus noches, ya sin tanto perjuicio monetario para ninguno de los involucrados. 

Al final nadie Remojó esa noche. O por lo menos yo no. Tiempo después sí salí en forma con Lucero. Sólo unos cuantos meses porque resultó que la mujer quiere descendencia en el futuro cercano y pues… hay cosas con las que sólo no puedo negociar. Una lástima, porque sí éramos gran pareja. Martha, por su parte, me habla de vez en cuando si no tiene nada mejor que hacer y/o está caliente. Nunca está de más.

#GraciasMartha

#GraciasLucero

#GraciasAragón