A la despedida de soltero de Jaime, un cuate de antaño, llegué un día temprano. Había acordado con una semi galana, teibolera gringa, de nombre artístico Sunshine, que había conocido meses atrás, de vernos ese miércoles por la tarde en un bar afuera del Planet, cuyo nombre no quiero recordar. Ya ven que eso de las teiboleras y de los nombres no se me da. No es que pretenda “sacarlas de chambear” y esa dinámica de borracho mexicano nefasto, ni nada por el estilo. En todo caso, me hubiera gustado que ella me sacara a mí de chambear. Esa mujer estaba forrada en encueradólares. La primera vez que la vi hacer su performance, pa’ que te des una idea, estando ya en mi cuarto de hotel, después de vario tequila y no poco mezcal, me confesó/presumió que esa noche había levantado quinientos de los verdes. Entre la pila de singles en que la sepultaban cada que salía al escenario, la comicha que le tocaba de los privados y las propinas que sacaba por fuera durante los mismos, sumaron poco más de cinco Benjamins netos. Y eso que había sido un “slow Friday”, según ella. Ahí nomás. Pero bueno, me desvío. 

Aterrizo en McCarran el miércoles en la mañana, hago check-in en el Cosmo y me cruzo directo al bar acordado para empezar a hacer lo que mejor hago, lo que más me gusta hacer (después de coger), a lo que se va a Vegas: beber. Beber para divertirse. Pero también beber para olvidar y para recordar. Beber, no obstante, y a pesar de todo. No estaba segurísimo del lugar exacto y esta mujer no me contestaba, así que me metí en el primer bar abierto que encontré: Sin City Brewing Co. Un lugar pequeño, discreto, con mesitas al aire libre y con vista al Strip. Me siento en la barra y pido una chela local: una IPA bien fría, bien lupulosa y ligeramente turbulenta. A mi derecha, un señor con su esposa, ambos ya entrados en años y en tragos. White Supremacy a todo lo que da: él con su mostacho vaquero, entre wero y cano, jeans azul claro, playera de Harley Davidson y gorra de NASCAR. Ella, no menos corriente, pero sí más elegantiosa —por lo menos para las once de la mañana —con tacones, pantalones de cuero, blusa negra sin brassiere y sombrero con estoperoles. Personajazos hechos y derechos. 

Brindé con ellos y con la bartender desde el primer trago. Para el sexto todos éramos mejores amigos. Para el séptimo se nos incorporó un puertorriqueño, de nombre Julian: Un RP venido a más, facilitador de diversión oficial de Vegas que, por una módica cantidad, te puede conseguir desde drogas duras, hasta una escort noruega, enana, malabarista, o como tú la quieras. Para el noveno, Sunshine nos alcanzó. Eran por ahí de las ocho de la noche. Se acababa de levantar. El día anterior había ido alguna celebridad a su changarro y se encerró dentro con todas las performers, hasta las diez de la mañana. Cómo nos cayó de variedad la susodicha. Tan pronto entró, a Henry, el White Supremacist que les decía, a su señora, a Julian, a mí, y hasta a la bartender se nos iluminaron los ojitos como niño en Navidad. 

La invitamos a sentarse entre tanto gandul, y ella, en lugar de chivearse o achicarse, floreció. Cual girasol en primavera. Estaba en su elemento. Se veía que no venía sobria tampoco. Faltaba menos. Pupila dilatada, manitas inquietas y calor excesivo. No hace falta ser médico para darse cuenta. La mujer de la barra le regaló el primer trago por haber cumplido con las expectativas tan altas que había yo denotado a su favor. Ni bien se la hubo terminado, se despojó de algunas prendas y la pareja de dones flipó. La señora no se le despegó en todo el resto de la noche. Tuve que ir a rescatarla a ratos para que no se la cenara en el rincón. A las como once que se pasaron a retirar, no pudieron evitar tirar patada de ahogado y nos pidieron que nos fuéramos con ellos para el celebérrimo Pulpo Catafixioso. Ni Sunshine era fan del don, ni yo de la doña, así que les dimos las gracias y nos regresamos a seguir bebiendo con Julian y la niña de la barra. 

Ya bien entrados en vicio, decidimos ir de antro. Antro Duro. Porque hay de antros a antros. “Si no hay niñas en atuendito bailando en tarimas, no es antro en forma”. Y no lo digo yo, lo dice la Biblia. En Vegas algo saben de eso. El boricua sacó el conecte para saltarnos la fila, la gringa el truco para saltarnos la peda y el mexicano la actitud para saltarnos el aburrimiento. Cagadero. Dentro del lugar estaba ya un cliente de Julian: un quesque jeque árabe de algún lado, con mesa de pista, ocho pomos y seis mujeres. Nos advirtió, eso sí, que todas eran las esposas del wey y que no convenía involucrarse demasiado con ellas, por lo que mejor ni nos acercamos a la mesa, más que a rellenar nuestros vasos cuando hacía falta. El primo wero-whitetrashero del perreo: el twerking se hizo presente. Y hasta el piso. Sunshine de espaldas, contra el alambrado de la parte hip-hopera del tugurio, twerkeando como la gringa springbreakera que era y que se sabía. Ni para qué disimularlo. Bendita. De vez en vez se volvía, me flasheaba el silicón y me metía más X en la boca cuando se me caía la quijada hasta el piso. 

Para cuando nos movimos al After, mi trabadera era tal, que, si no me mordí la lengua hasta desprenderla, fue por obra y magia del Espíritu Santo. Pregúntame al día siguiente cómo traía el hocico. Dos semanas sin poder hablar bien. Hace rato que ya era de día y la gringa seguía con pila y vuelta loca. Claro, con toda la coca que se había metido hasta por las orejas, me sorprende que no haya estado tres días en el techo. Bigotito blanco y todo, la cínica, mismo que, por supuesto, se me hizo gran idea lamerle a medio casino del Cromwell. De milagro no terminamos todos presos. No conforme, decidió que era buena hora (y estado) para ponerse a apostar en el blackjack. En cuestión de como veinte minutos la vi perder seiscientos dólares. Casual. Si encuerarse deja, no crean que no. Y en Vegas… 

Llegamos al cuarto, una suite con balconcito, salita y una regadera inmensa, visible desde la cama. Lo más pornográfico en años. Sunshine no estaba impresionada. Ni en lo más mínimo. Afortunadamente, en su estado no se hubiera dado cuenta si estábamos en el Cosmo, en el Flamingo o en el Princess de Acapulco. Se encueró como pudo, aventó los tacones, sacó una chela del minibar, se espolvoreó y se tiró encima de la cama. Me volví para poner música y, en lo que prendió la bocinita, esa mujer inconsciente, con la nariz blanca y una Bud Light en la mano chorréandose sobre mi cama. Extraordinario. De cualquier manera —me di cuenta después —que con la farmacia que traía yo encima, hubiera necesitado choques eléctricos para podérmela coger exitosamente. Si acaso. Creo que hasta salió mejor que se desmayara la mensa. 

Black out.

Despierto a eso del mediodía, le tomo el pulso a la mujer encuerada de junto a mí, me paro al baño y bebo de la llave como desesperado. Como quien pasó dos semanas en el desierto, bebiéndose sus propios meados. Corro al escusado y vomito sangre. Comida, jugos gástricos, Red Bull, mucho alcohol y, por primera y no última vez en la vida, sangre. Esto no puede ser bueno. Pero estaba muy preocupado en no morirme como para preocuparme de en verdad morirme. Tomo más agua del lavabo, me lavo los dientes con harta pasta y enjuague y regreso a la cama. Facultades viriles al parecer restauradas, intento despertar a aquella para Remojar. No hubo forma de inmutarla en lo más mínimo. Le hubiera podido pasar un tren por encima, que esa mujer no se hubiera despertado. Le tomo otra vez el pulso, por las dudas. Todo bien. O tan bien como se puede, me imagino.

Despierta ahora ella primero y me espabila con mi Autoestima en su boca. Después de un blow más bien regular, finjo que voy a terminar y mejor la quito para buscar el látex que siempre incluyen los cuartos de Vegas y Remojármela en forma. Al poco tiempo le sugiero que pongamos a buen uso el balcón y demos show a los buenos samaritanos de los vecinos. Acepta de buena gana, sale y se pone de espaldas contra el barandal. Head down, ass up. Los vecinos felices. No eran tantos como esperábamos, pero habrán sido, al menos, unos quince, veinte, los que estaban a distancia como para aprovechar del espectáculo. Y money Shot para el Respetable.  

Nos bañamos, recompusimos y bajamos a desayunar. Jueves, cinco de la tarde. Mis cuates apenas llegaban ese día. La despedida de este cretino no había ni empezado.