Y como si no hubiera sido suficiente degenere…

Sábado:

Para la última noche decidimos que teníamos que salir todos juntos por una maldita vez, pero no lo logramos. Unos ya estaban en la quiebra financiera, otros emocional y otros física; dado lo cual, los únicos que quisimos/pudimos salir fueron las dos mujeres y su entusiasta servilleta. Nos aderezamos, lustramos, peinamos y aceitamos con todas las de la ley y bajamos a conseguir un taxi. En la fila para conseguir uno, la persona que estaba justo antes de nosotros se identificó conmigo como compatriota mexicano en falsa búsqueda de compartir vehículo, cuando lo que en verdad quería era ligarse a una de mis compañeritas de viaje. Ella no estuvo en desacuerdo, por lo que se le permitió viajar con nosotros hasta el hotel del antro, siempre que pagara él el taxi. Dando y dando. Resultó que él venía de despedida de soltero con ocho de sus amigos chilangos y un sujeto bastante agradable por lo que se hizo rápidamente parte de nuestra amable comitiva.

Llegamos al tugurio en cuestión y, en efecto, a él ya lo estaban esperando en una mesa (de pista) sus demás colegas, futuros desasolterados. Y permítanme denotar rápidamente lo que involucra el hecho de que sea mesa “de pista” en un establecimiento como el de esa noche: Se le exige a uno pedir por adela cinco botellas a elegir, considerando que cada una cuesta arriba de mil de los verdes, sin incluir propina. Nada económico. Llegamos estas dos mujeres, su nuevo amigo y su poco humilde narrador a la mesa de los Despedidos y nos acogieron sin queja alguna gracias a los encantadores atributos de ellas, por supuesto. Pero como veníamos en paquete… Ni cómo despacharme. Yo, de cualquier manera, y en aras de mantener la decencia y cordialidad entre hombres civilizados (al menos un rato), decidí que no era lo más correcto abusar de su hospitalidad y fui por mis propios embrutecedores a la barra. Y en apenas mi segunda incursión a la misma… ¡Agárrate!

Llego por fin con la bartender (en atuendito, como hermosa costumbre en la Ciudad del Pecado) y le pido una cuba doble, de Bacardí, en vaso alto y mucho hielo. En lo que la prepara, noto que hay junto a mí una mujer hermosa, vestida toda de negro, alta y flacuchiña pero de notabe ciruelo, que se acerca también e intenta conseguir un trago. Cuando la cantinera llega a cobrarme, le digo que me cobre la cuba Y lo que sea que quiera la dama junto a mí. En voz fuerte para que ambas involucradas escucharan. La mujer de negro le pide dos gins y se voltea conmigo a darme las gracias.

“De nada, chaparrita, el placer es mío”. En perfecto castellano, por supuesto, sin importarme su nacionalidad. No me interesaba entablar más plática con ella. De momento, por lo menos.

Me dio un beso en la mejilla, tomé mi trago regresé a “mi” mesa.

Llego a la mesa de estas personas y la encuentro totalmente vacía. Ni una persona. Llamo a una de mis amigas para conocer su paradero y ambas estaban empolvándose la nariz. Equis. Pregunto a la primera persona de Seguridad que me encuentro que qué había sido del resto de la gente de esa mesa y me dice que los habían sacado a todos del recinto por alborotadores de la paz. Alguno tuvo la brillante idea de empezar a repartir madrazos en pleno antro y, por supuesto, lo sacaron en menos de lo que se puede conseguir una cuba en la barra, al parecer. Le dejé bien claro que yo no conocía a esos maleantes, pero que sí semi venía con ellos y que me iba a quedar con su mesa, sus botellas y su noche.

“Sure thing, man. Let me know if you need anything.”

¡TRATO!

Para cuando regresaron mis amiguitas del tocador, estaba yo en la mesa de estos ridículos, con cinco botellas, chelas para aventar, un guardia de Seguridad a mi disposición y una comitiva de Despedida de Soltera de una niña mexicana, de Guadalajara. Porque ¿por qué no?

¿Se acuerdan de la niña de la barra que me dio un beso en la mejilla en agradecimiento por sus tragos? Ella y seis de sus amigas estaban despidiendo a otra por su bodorrio venidero. Poco después de requisar la mesa de marras, me la topé en la pista, entablé -ahora sí- conversación con ella e invité a todas sus amigochas a ayudarme a terminar todo el alcohol que acababa de heredar en vida. No se les tuvo que decir dos veces.

Al poco tiempo mis amiguitas se retiraron porque no consiguieron -o no quisieron- nadie con quién remojar sus autoestimas. A mí ni Dios Padre me iba a sacar de ahí antes de que cerrara el changarro, evidentemente. Y, en efecto, a las pocas horas lo cerraron y nos corrieron (a gritos y sombrerazos, como siempre en el gabacho, malditos nacos) y pusimos pies en polvorosa… A su suite en el Aria, ni más ni menos, donde se armó para entera sorpresa mía el ineludible, exigente, pegajoso, amigo incómodo y primo sospechoso del Pulpo: el Calamar. No conmigo, bendito sea Cristo, pero sí justo a lado mío, en la misma suite, mismo cuarto, diferente sillón de ciertopelo. Llegamos, forjamos martinis secos para todos (quedábamos sólo cinco) y, en menos de lo que canta un gallo (o ¿cómo es esa expresión horrenda?), la futura novia en cuatro puntos, todavía con la corona esa blanca, con la leyenda “Bride” en encaje rosa y ninguna otra prenda más, con dos de los afortunados que recogió en el antro, uno de cada lado. Classy AF. Ése fue nuestro (de la mujer alta, de negro y mío) cue para salir de ese cuarto y buscar uno menos escandaloso. Al no encontrar ninguno otro vacío y mi hotel demasiado lejos, decidimos hacer caso omiso del Calamar en la habitación y nosotros ultrajar un sillón diferente, y listo. No la mejor de las circunstancias, pero sí la mejor que pudimos encontrar.

¿Se acuerdan que les dije que nunca he sido particularmente fan del “girlfriend experience”? En parte es gracias a esta mujer, a la que, por cierto, llamaremos Iris. Perdonen la demora para denominarla. A la mañana siguiente ya me estaba diciendo que me “quería”, haciendo planes, haciendo voces ridículas y siendo una mujer nefasta en general. Hazme el favor. ¿Dónde crees que estamos, mujer? Basta. ¿Por qué siempre me pasan estas cosas? Lo que sí hizo muy bien, debo reconocer, fue invitarme a desayunar en el buffet highroller de su hotel, incitar un segundo round vespertino y, SOBRE TODO, deglutir de sumo agrado cada gota que se le dio. Bendita. Sólo por eso me quedé con ella después del round de la madrugada, de hecho. Sean como Iris. Por lo menos en ese sentido, neta es importante. Sumamente importante.

Cuando volvió a oscurecer, supe que era hora de retirarme, le di las gracias, la bendición y me pelé para nunca regresar. Se le recuerda con harto gusto a esa mujer, sin duda.

#GraciasIris

#ThankYouVegas