Viernes:

Salgo del casino con mis fichitas amarillas, todo lampareado pero con la sonrisa de oreja a oreja y me formo en la fila del taxi. Un frío infame. El taxista era “el taxista más famoso de Vegas”, literal. Me presumió el recorte de algún periódico local de poca monta que había hecho un reportaje suyo, diciendo que entretenía a los clientes como nadie, recurriendo a malabares, chistes y demás parafernalia empalagosa y tercermundista con tal de conseguir una mejor propina. Tan pronto se detuvo en el primer semáforo, vi que sacó de abajo del asiento del copiloto una máscara de payaso y una peluca; pero justo cuando se cubrió la cara para ponérsela, le dejé lo que indicaba el taxímetro y me aventé del coche, despavorido. Viejo ridículo. Era preferible caminar crudo, desvelado y desabrigado por todo el Strip hasta mi hotel, que soportar a ese enjendro malparido de la Ciudad del Pecado y la Glorieta de San Jerónimo.

Llego por fin a mi hotel después de media hora a la intemperie y me dirijo a mi cuarto. Entro, me desvisto y me dispongo a descomer la cena del día anterior, y sobre todo, el alcohol consumido durante la noche (la mañana y la tarde), con la puerta del baño abierta porque no había nadie en el cuarto y no sabía a qué hora regresaría el tarado de Jaime, mi compañero de cuarto; y, antes de siquiera descomer cualquier cosa, me quedo profundamente dormido en la taza. La elegancia andante. Para cuando llegó Jaime en compañía de Marco, yo estaba inerte en el escusado, devastado, babeando, vestido sólo con calcetines (para no sentir el frío del piso) y el celular en la mano. Incluso sus carcajadas descaradas tardaron en despertarme, pero cuando por fin lo hicieron, perdí el cuidadoso equilibrio que había logrado inconscientemente y azoté de cara en el piso del baño. Vociferé mis peores insultos en su contra y les aventé el jabón en barra que me encontré tirado al lado mío.

Cuando logré recomponerme, me lavé las manos y los dientes con harta pasta y enjuague, y salí a encontrarlos básicamente lamiendo mis ganancias, extasiados. Me preguntaron dónde había estado todo ese tiempo y cómo me había hecho de tanta feria. Les conté la historia de Soon, Arsenio y toda esa gente, y ellos no la hubieran podido creer si no fuera por la evidencia irrefutable que la probaba. De todas formas, hiciéronme saber, otro de nuestros integrantes seguía desaparecido. Carmelo se había parado de mi mesa a eso de las siete de la mañana y nadie sabía de él desde entonces. No entraba la llamada a su teléfono y tampoco contestaba por redes sociales. Lejos de preocuparnos por su paradero, nos fuimos a cenar y le dejamos una nota en su cuarto, por si regresaba. Eventualmente regresó. A las nueve de la noche. Se había topado a una de las mexicanas del antro en la salida del casino y se lo habían llevado a su cuarto en el Venetian. “Girlfriend experience” completa para el nada-menso de Carmelo. Y aunque nunca he sido fan de aquella experiencia tan longeva y dramática… (“a lo que vinimos y gracias, chaparrita, que no es permanencia voluntaria”) tampoco es algo de lo que me queje, obviamente. Además, según él, aventó su celular al fondo de las fuentes del Bellagio rumbo al cuarto de la mexicana y por eso no tenía manera de comunicarse con nosotros. No lo dudo ni tantito. Puntos para él, puntos para mí, puntos para la mexicana rifada, puntos para Arsenio y puntos para Soon. Chingos de puntos para Soon.

Pero antes de que apareciera este infeliz todo seco, bajamos todos al casino de nuestro hotel porque se rumoraba que una de nuestras amigas estaba prendiéndola en el Three Card Poker también. Y en efecto, esta mujer, de nombre provisional Tamara, iba ya cientos de dólares y cientos de tequilas arriba y la estaban a punto de correr de la mesa por borracha. Desde la distancia se podían escuchar sus gritos de verdulera, ya neteando con alguien que, al parecer, había apodado “Chihuahua” y era su nuevo mejor amigo de toda la vida. Ni bien llegamos con ella, nos dice el dealer que nos la llevemos a su cuarto so pena de llamar a Seguridad y al bote para siempre, por lo que le cambiamos sus fichas por otras de mayor valor y la llevamos a sus aposentos.

“¿Qué cuarto tienes, mujer?”

Claramente no tenía ni idea. Nos llevó hasta algún cuarto que no era el suyo y estuvo quince minutos de necia con que ése era. Incluso tomó varias fotos del mentado cuarto antes de convencerse de estar en el equivocado. Resultó que estábamos en el número correcto, pero de una torre diferente. De milagro nadie salió a dispararnos por intentar abrir su habitación en repetidas ocasiones. Bien.

Nuestra otra amiga aprovechó el pretexto de tener que cuidar a Tamara y se decidió quedar ahí y ya no salir ese día. ¿Y qué se hace en Vegas sin mujeres? ¡Adivinaron! Chichis pa la banda.

¿Se acuerdan que les dije que había un table que combina deliciosamente la notoriedad del “Full Nude” con la barra completa del “Topless”; donde el viento se da la vuelta y se regresa, donde la ley de Nevada se vuelve una sugerencia y donde la moral se hace de la vista gorda? Bueno, pues ese lugar tan mágico, de nombre Palomino, existe. Y es un sueño. Jaime, Carmelo, Marco y su corriente servilleta fuimos a dar a tan mítico tugurio por culpa del (o gracias al) conecte sospechoso del que hablamos en la primera parte de este bonito relato. Y agárrate.

De entrada, y como les iba diciendo, hay que conseguir un taxista suficientemente rifado que te deje ir destilando en el camino porque el lugar está fuera del mapa de Vegas y fácilmente se puede uno ensobriar en el camino. Por fin llegas, te cobran un cover modesto, lo cual siempre se agradece, pero en cuanto entras, te das cuenta por qué. Lugar de camioneros. Sin exagerar. Del tipo que la concurrencia va de jeans, gorra y chamarra de mojado salvadoreño. Dadas las circunstancias, uno que llega de camisa, pantalón y zapato de salir… Se convierte inmediatamente en la estrella del lugar. Y dicho y hecho: todas las teiboleras encima de nosotros, cual aves de rapiña sobre cadáver de cebra bebé. Hágase su voluntad, así en la Tierra como en el Cielo y vénganos tu reino. Más de una persona en el escenario al mismo tiempo, “full nude”, interactuando tanto entre ellas, como con los espectadores. Perdona nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Y ellas nos ofendieron harto, en repetidas ocasiones y de todas maneras imaginables. Benditas, pecadoras. Benditas pecadoras. Perdónalas señor, no es su culpa, somos un sueño. Lengüetazos, manazos, dedazos, trompazos y, por supuesto, billetazos. Déjanos caer en tentación y embárranos del Malamén.

(Malamén: dícese de la extasiante combinación de perfume corriente, bourbon, sudor, labial y brillantina)

Después de evaluar a todo el personal del recinto, cada quien se decidió por una animadora y se les invitaron los respectivos embellecedores. Sunshine, Amber, Starlet y Krystal (“with a K”), respectivamente, hazme el favor. Y acuérdense de Sunshine, mi Preferiti, que saldrá a relucir nuevamente en MiriAventuras futuras. Después de varios tragos, algunas caricias y no pocos redireccionamientos en el flujo de sangre, nos levantamos y nos dirigimos a la salida, sólo para encontrar a Sunshine -mujer de chichis más falsas que queso de McDonald’s, corriente como piloto de NASCAR y drogadicta nivel Amy Winehouse; pero de desbordante belleza, sex appeal y tapizada de tatuajes- recargada en el taxi, fumando, vestida (para variar) y maquillada ligeramente menos escandalosa.

“What are you doing here, baby?”

“Creo que vas a tener que dormir con ellos hoy, culero”, le dije a Jaime.

Amén.

#ThankYouVegas

#ThankYouSunshine

#GraciasFrancia

#GraciasTania