Si bien la hermosa Ciudad de México es la mejor ciudad del mundo para vivir, Las Vegas es por mucho la mejor para fiestear. Ibiza tendrá los DJs más populares, París los antros más nice, Medellín las mujeres más hermosas y la CDMX la gente más entretenida… pero lo que hace a Vegas, VEGAS, es la incomparable cualidad de poder fiestear COMO DIOS MANDA cualquier día, a cualquier hora, todo el año, para siempre. Y eso mata todo. La capital del degenere, la meca del despilfarre, la base del cochambre y el ombligo del vicio se juntan con la sed imperiosa de desbarrancar la decencia y olvidar, aunque sea por un fin de semana, que eres parte de una sociedad “civilizada”, de una familia aplastantemente mustia o de una relación empalagosamente aletargada. Hordas de turistas se aglomeran todos los fines (y principios) de semana para dejar a un lado la monserga de su vida cotidiana y se embarcan en un crucero de interminables desaguisados físicos, monetarios y morales que seguido es la Ciudad del Pecado.

Desde la señora de chanclas-con-calcetines y cangurera que se aplasta por horas y horas en las maquinitas de a penny del Flamingo, en la que ni siquiera sabe que no aspira a ganar ninguna cantidad de dinero, sino meramente más oportunidades de seguir jugando “gratis”, hasta el magnate coreano que apuesta de a diez mil dólares la mano en el Aria; desde las señoras divorciadas que abusan de las mimosas en el brunch de la mañana y van a dormitar en la butaca de algún show en la tarde, hasta los borrachos que duermen todo el día y abusan de sustancias toda la noche; desde los ridículos que van con hijos pequeños al chapoteadero del Cosmo, hasta los daydrinkers pesados que corean a su DJ sobrevaluado favorito en la pool party de al lado; desde entusiastas que corren coches deportivos, disparan armas y van a parques de diversiones, hasta vagos del casino que sólo apuestan todo el día y toda la noche con la esperanza desoladora de no tener que regresar a su casa quebrados además de miserables… TODOS, absolutamente todos la pasan cabrón en Vegas y cuentan los días para regresar. Y yo, siendo parte fundamental de la población incluida en “todos”, no soy la excepción. ¡Agárrate!

Jueves:

Arribamos en McCarran por la mañana siete amigos y su servilleta, siendo en total, a saber, seis hombre y dos mujeres. Habiéndonos registrado en tiempo y forma en el Planet Hollywood, hospicio de precio moderado, acorde a las necesidades de todos los involucrados, nos dimos a la tarea de buscar plan para esa noche entre nuestros conectes de confianza. Dos de mis compañeros de viaje, a quienes les asignaremos los nombres de Marco y Carmelo decidieron tomar el asunto en sus propias manos y salieron al Strip en busca de proveedores. Para cuando nos vimos en su cuarto para discutir las opciones, este par de asnos ya estaban shoteando y esnifando con dos personajes lúgubres y negros como la noche. Fingimos calma y dejamos que terminaran de resolver sus asuntos. Haciendo caso omiso de nuestras objeciones, convinieron (y pagaron por adela) con aquellos individuos en que nos llevarían al antro en limo, nos conseguirían entradas sin hacer fila y nos regresarían al hotel de la misma manera. Nada de eso sucedió. Bueno, debo decir que sí tuvieron la decencia de llevarnos… pero a medio camino nos arrepentimos de nuestros pecados. De entrada, era una Pathfinder noventera, no una limo. Y segundo porque, a mitad de camino, tomaron una desviación de varios kilómetros hasta la puerta de una casa en un gueto de quinta. Nos detuvimos afuera, sale un pandillero de uno noventa, bling hasta en los dientes y sombrero de copa púrpura, le entrega un portafolio al nuevo amigo de Carmelo y retomamos rumbo. Abre el portafolio y éste contenía nada más y nada menos que jeringas armadas, listas para arponear. Extraordinario.

“No es lo que piensan”

Nos dijo el cínico. Equis. Con que nos dejen en el lugar a donde vamos, no hay bronca. Y sí, al cabo de media hora estábamos en la fila del antro. Por lo menos. No nos consiguieron ni las entradas, ni saltarnos la fila, pero por lo menos no nos acuchillaron y aventaron en un semáforo. Supongo. Derechos de toma de decisiones revocados para ese par de idiotas, evidentemente.

Moraleja #1: No confiar en dealers de la calle. Ni en Vegas, ni en ningún otro lugar, por cierto. (NO SHIT, Sherlock!)

Una vez dentro del lugar, todo mejoró. Teníamos una mesa adorable, chinitas en minifalda para aventar, alcohol suficiente para anestesiar un regimiento y actitud inagotable. Uno de nuestros amigos, mi compañero de cuarto, a quien llamaremos incidentalmente Jaime, estaba pasando por una fase fit, vegetariana y súper saludable, y quería pagar menos porque “no iba a tomar”. Y en efecto no tomó ni una gota. Pero pregúntame cuánta cocaína inhaló ese fin de semana el desgraciado. Y todavía tenía el descaro de preguntarle a nuestro cuate médico de vez en cuando:

“Doc, me sangra la nariz, ¡¿qué hago, Doc?!”

“¡Deja de meterte coca hasta por los ojos, HDTPM!”

Eventualmente se trabó de más y se tuvo que retirar, Marco se puso de malacopa a las dos cubas como bonita costumbre suya y los demás se hartaron de no poder ligar por lo que me quedé solo con Carmelo. Nunca se ha visto pareja más eficaz en un antro que ese desgraciado y yo. Requisamos un par de chinitas cada uno, mismas que cotorreamos sin reparo alguno el resto de la velada. 

Prendieron las luces del tugurio y nos corrieron a gritos y peladeces, como suelen hacer los gringos y, no conformes con haber bailado cual Chayanne-en-tachas toda la noche, decidimos sentarnos en una mesa de “Three Card Poker” a apostar lo que nos quedaba de presupuesto. ¿Han jugado ese juego? Va la explicación rápida: Te dan tres cartas y el dealer se da a sí mismo otras tres. Si tienes mejor juego que él, ganas; si tienes par o mejor, ganas. Y lo bonito de este juego, contra el “Blackjack” por ejemplo, es que en éste puedes ganar más de cuarenta veces tu apuesta. Dado lo cual, puedes ir perdiendo todo y en una mano levantarte y poder seguir apostando toda la noche. ¿Va? Sigo.

Ese pobre perdió sus fichas en no más de quince minutos, pero yo estaba encendido. ENCENDIDO. No había forma de que perdiera una mano. Jugaba ciego y ganaba, jugaba habiendo visto sólo una carta, y ganaba. Aquello era un griterío infame. Carmelo y su servilleta bailando alrededor de la mesa, cantándole a la dealer, que curiosamente era también chinita, de nombre Soon. Nunca la voy a olvidar, casi la beso. Bueno, de hecho, intenté besarla varias veces, pero el supervisor nomás no la dejó. Porque bien que quería, estaba rallada conmigo la mujer. ¡Y la mesera ni se diga! La mesera era una latina espectacular, como de la edad y en atuendito de cocktail waitress del Wynn en su buena época. Entre el éxtasis de ganar, la mesera en llamas y la fiesta que traíamos… le empecé a dar cincuenta dólares de propina cada vez que me traía un trago y le gritaba:

“I’m gonna marry you!” en mi inglés chicano y horrible que tengo.

Carmelo se hartó de verme ganar y puso pies en polvorosa como a eso de las siete de la mañana. Empezaron a sentarse a mi lado señores que venían de correr o desayunar, tomando café con leche. Yo seguía pidiendo cubas dobles. Cerca de las nueve llegaron dos rubias exoticonas, recién saliditas del “after”, zapato en mano, whitetrasheando gacho, relativamente bien peinadas para la hora y acento europeo bien marcado, y se sentaron en mi mesa. Pienso que el ajetreo que traíamos con Soon y la latina exuberante les llamó la atención. Les “invité” un trago a las dos y me empezaron a devorar con la mirada. Me preguntaron mi nombre, nacionalidad y todo el trámite vacacional y yo devolví cortésmente el gesto. Eran de Albania. ¿Saben dónde queda eso? Pues yo sí sabía. De modo que les pregunté si eran de Tirana, la capital, para que se dieran cuenta que sí ubicaba su país de mafiosos y me diera puntos. Acto seguido, las dos sentadas en mis muslos de miura. ¿Quién hubiera dicho que la clase de geografía de la “señorita” Espriú en primero de secundaria me iba a servir de algo algún cochino día? #GraciasSritaEspriú

Las albanesas perdieron lo que les quedaba de presupuesto y se empezaron a impacientar conmigo. Yo seguía en llamas.

“Hasta que no deje de ganar no me voy a parar, chaparrita, olvídalo, neta.” Y háganle como quieran. Ya en español, por supuesto.

Tal cual se le dijo a la más apuntada, por lo que con el tiempo se desesperaron y se retiraron a sus aposentos también. Para esto ya son como las once de la mañana y yo iba como cinco mil dólares arriba. Se empezó a llenar el casino de vuelta. Se fue mi mesera y mi Soon, lo cual me desmotivó bastante, pero el dealer del turno de la tarde era un sueño y me decidí quedar más tiempo. Individuo robusto, de escaso pelo y actitud favorable, de nombre Arsenio. Y éste no me lo estoy inventando, por mi vida que ese cabrón se llamaba Arsenio. Con él gané otro poco pero no me duró mucho el gusto porque lo cambiaron a la brevedad. Con el último dealer de esa noche empecé a perder rápidamente y decidí por fin dejarlo por la paz cerca de las tres de la tarde del viernes, con cuatro mil de los verdes arriba.

Calculo que, entre las propinas de Arsenio, de Soon, las de la chicana y los tragos de las albanesas, dejé de ganar unos mil dólares, por lo menos. Nada mal para una noche de fiesta de todas formas. Lo bailado, cantado, besuqueado y forrado nadie me lo quita. Nadie. Lo volvería hacer igual, una y mil veces.

Cambié mi morralla por fichas amarillas, de a mil, y me pelé triunfante a mi hotel para un merecido descanso.

#ThankYouVegas
#GraciasSooooon
#GraciasArsenio
#GraciasLatina
#GraciasSritaEspriú
#GraciasPatricia

2 comentarios sobre “QUE TRATA DE LAS MIRIAVENTURAS, DESAGUISADOS AMOROSOS Y BIENAVENTURANZAS MONETARIAS QUE PUEDEN O NO DERIVAR DE UNA NOCHE PROMEDIO EN LA CIUDAD DEL PECADO. PARTE 1.”

  1. Bueno este relato lasveguero jaja ya nos toca pronta visita en Noviembre. Por cierto Miranda que ahora por tu culpa amo a Hank Moody. Cómo y por qué? No lo sé pero es simplemente adorable!

  2. Estás escribiendo muy bien. Lo ideal es no parar ya nunca. NUNCA. Sólo así se llega a escribir, Javier.

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