El cono sur es un lugar sumamente inhóspito: El agua del escusado gira hacia el lado equivocado, las estaciones del año están todas chuecas, la buena mayoría de la flora y la fauna te puede matar en un santiamén, los estadios de soccer son más peligrosos que la Franja de Gaza y, quitando Australia y Nueva Zelanda, casi todos sus habitantes sobreviven haciendo una comida al mes. Aun así, los paisajes y hábitats naturales más impresionantes del mundo se encuentran por allá y se vuelve ineludible, por ende, visitarlo tarde o temprano. Sobre todo para alguien como yo, que se las da de trotamundos consumado. Fue así que el año pasado tuve a bien aventurarme a las lejanas tierras de Chile y Australia en compañía de un compañerito de la primaria, al que llamaremos de manera arbitraria Donovan. Chile fue más una escala bien aprovechada que otra cosa, pero de todas formas cuenta. Tres días en Santiago que valieron cada peso y cada hora. En Australia, por el contrario, el plan era hacer road-trip de dos semanas por la costa oeste, bucear donde fuera posible y no ser devorados por tiburones, canguros o koalas. Pero no nos adelantemos y vámonos de arriba. 

A Donovan Sacristán Muérdago lo conocí, como ya establecimos, en la escuela primaria, por allá del lejano año de 1994. Con el cambio de siglo, sus jefes se lo llevaron a vivir a #provincia y dejamos de vernos muchos años, hasta que nos reencontramos ya en la carrera, en su pueblo, para un cumpleaños suyo al que fui inexplicablemente requerido. El punto de todo esto, y el mérito principal de este personaje tan elusivo como rimbombante y ridículo, es que se ha dado a la tarea más importante de todas, y tiene, por ende, mi admiración eterna (siempre que lo logre, claro está): probar científicamente la inexistencia de Dios. Investigador de renombre en Harvard (no es choro, neta trabaja en Harvard) que dedica sus días y sus noches tratando de crear un velociráptor a partir de una gallina. ¿Esto cómo prueba la inexistencia del Creador de Todas las Cosas Terrenales, No Terrenales y Etéreas? Fácil. Si las aves provienen de los dinosaurios, el proceso contario sería prueba de ello y, a su vez, evidencia incontrovertible de la evolución; ergo, Dios no es necesario. Venimos del chango, ya supérenlo de una vez, me dan penita. 

Él llegaría directo a Australia desde Boston, pero yo tenía que hacer escala en Sudamérica o, en su defecto, en San Pancho o LA. Hace tiempo decidí que primero me mato antes que hacer escalas en EU. Si de por sí sus aeropuertos son insufribles, tener que padecerlos sólo para volar a otro lado… la peor idea. Además, yo no conocía Chile y era gran pretexto para hacerlo. Increíble lugar Santiago. Ciudad en forma, impecable, fiestera, semi-primermundista, todo bien. Y lo mejor es que tiene a tiro de piedra los Andes. Hay excursiones diarias que te llevan a las montañas y no hay palabras suficientes para describirlas. Sueño de lugar, no se lo pierdan. (Embalse El Yeso se llama el lugar, por si les interesa). Y, por si fuera poco, el vuelo de Santiago a Melbourne, con todo lo eterno que puede ser, ¡va sobrevolando la Antártida! ¡La maldita Antártida! Quijada al piso.

Melbourne, por otro lado, no vale un peso. Es una ciudadcita mona, limpia, hay dos o tres cosas rescatables, pero, para estar hasta el otro lado del mundo, no vale la pena. No le pide nada a Houston, Alburquerque o cualquier ciudad gringa que hayan visto. Le damos por buena que tiene el Abierto de Australia de tenis y carrera de F1 todos los años, pero sólo en sendas temporadas, diría yo. Porque fuera de eso, la verdad es que se queda estancada entre ser una ciudad europea, con historia profunda y cultura arraigada; y ser una ciudad gringa supermoderna, con rascacielos y equipos de americano. Ni una ni otra: todo es hechizo, imitación europeo, wannabe británico, cuando sólo es un país de reos convictos, con menos historia que la Magdalena Contreras; juegan puro deporte apócrifo, sacado de la manga, y no dan chupe en las bodas. (Y ahorita regresamos al tema de las bodas australianas, que son un desastre, agárrense).

Donovan había estudiado la carrera y la maestría en Melbourne y tenía muchos amiguitos y conocidos por allá, uno de los cuales se iba a casar y era el pretexto para regresar a su Alma Máter. Yo sólo iba de colado. Tanto al plan, como a la boda australiana y a todo. Dado lo cual -y ahora me arrepiento de haberlo hecho así- le encomendé la planeación del viaje a él. Supuse que sabría más la logística y geografía de un viaje así, pero sólo me salió el tiro por la culata. Llegamos a Melbourne y este pedazo de asno nos había alojado en casa de sus cuates, como si tuviéramos catorce años. Tanto ahí, como en Perth (el punto de partida del road-trip) y de regreso para el bodorrio. 

Todo lo irrelevante que es Melbourne, manejar la costa oeste vale toda la pena. Y debo reconocer que Donovan por fin se rifó, salvo por un hostal de sexta en que nos fue a meter en Shark Bay, donde de milagro no compartimos cuarto con dos australianos piojosos, pero sí baño con el resto del lugar. Los paisajes más impresionantes del mundo, el buceo más colorido, las carreteras más perfectas, insuperable viaje. 

Hubo incluso, en una de las primeras paradas, un bar/cantina/saloon, tipo gringo del viejo oeste, donde había karaoke aborigen. Y agárrense con los aborígenes: Individuos rojizos, de narices anchas y afros de basquetbolista que, por lo que me dijo mi compañero de viaje, son los nativos australianos -los pocos que quedan- relegados a las afuera de las ciudades, al outback y a la miseria. El gobierno occidental, en “compensación” por siglos de erradicarlos y maltratarlos, ahora los mantiene y, como no tienen nada mejor que hacer, sólo destilan y están hasta el huevo, odiando al mundo todo el día. 

Entonces la dinámica de este tugurio es como sigue: un blanquito, barbado, tipo de motociclista, chamarra de cuero, toca la guitarra y canta los típicos éxitos de “bar de Insurgentes”, con los aborígenes tarareando encima otra melodía -si se le puede llamar así- totalmente diferente y nada que ver. Encima de eso, a cierta hora, las cantineras se despojan de sus prendas y se quedan en tanga, tacones y pezoneras de cinta de aislar, y atienden así a la tuba iracunda que se vuelve eso en putiza. En las mesas de billar, los hillbillys discutiendo con los aborígenes que ni hablan inglés, ni ningún otro idioma pa’l caso. Un wero rastozo, hasta el dedo, en chanclas y sudadera, le quiso meter mano al puré de papas que Donovan había pedido para medio cenar en medio de tanta calamidad. Lugar digno de Sam Bigotes y Bugs Bunny en su mejor época, definitivamente. 

Fuimos y venimos en coche hasta Exmouth (Googleen) y vimos de todo y por su orden. Canguros, koalas, emus y todo lo que esperábamos. Lo más impresionante fue una playa en donde en vez de arena, había conchitas. Trillones de conchitas de todos colores, tamaños y formas hasta donde alcanza la vista. Lugar único en el mundo. Se llama SHELL BEACH, Western Australia, tal cual, por si algún día pueden darse una vuelta. Pero lo que en verdad quiero contarles es la boda australiana. 

La boda de mi nuevo amigo, Chris White fue un eventazo. En México estamos acostumbrados a las bodas enormes, en salones con meseros, destilados para aventar, Payaso de Rodeo, Mayonesa, Cátsup y todos los condimentos. Esta gente lo hace todavía peor: ni siquiera sirven destilados. Esperan que sus invitados se empeden con vino y chelitas. Eso está muy bien la primera media hora, pero ¿y luego? Había que pagar tus tragos en la barra, como a nueve dólares gringos cada uno. Me salió más cara la boda de nuestro amigo que todo el resto del viaje. Casi lloro. 

Sin embargo, y como era de esperarse, lo mejor, o chance único bueno de las bodas, en Australia o cualquier parte del mundo, son las damas de honor. Benditas. Porque sí, claramente soy ese invitado incómodo que, no conforme con estar de colado en la boda, se coge a la dama principal (bueno, técnicamente no fue tan posible, pero ahora regreso a eso). Por otro lado, si ya saben cómo soy, ¿para qué me invitan? Se lo ganan a pulso. 

Llegamos al jardín de la ceremonia, nos acomodamos en nuestros asientos, finjo interés en la plática de los demás invitados, me sirvo una chelita… cuando ponen música y viene entrando el cortejo. Permítanme, que de aquí soy, esto sí me gusta. Entran las damas en sus vestidos matching, azul francés, enseñando buche, nana y nenepil. Cabe destacar que estábamos en invierno en el cono sur y hacía bastante friito. Ellas, de todas formas, estoicas, hermosas, partiendo plaza y tirando pétalos de flores marchitas por todo el jardín, con las altas a todo lo que dan. Pido referencias para saber cuál de ellas -si alguna- es soltera y se me señala a la principal. No se diga más.

Después de la cena, los discursos y el baile con los tíos viejitos y toda esa dinámica odiosa, nos fuimos los puros “chavos” de after a un antrillo aussie a seguirla y, en menos de lo que canta un gallo, esa pobre con mi lengua hasta la garganta. Nunca tuvo oportunidad. Nos fuimos como es natural a mi hotel (ya para esto, yo abandoné a Donovan en casa de sus conocidos y me alojé en un hotel, como adulto civilizado que soy) y venga nuestro reino. Y ¿se acuerdan que les dije que ahorita regresábamos a eso? Bueno, pues aquí estamos. Técnicamente no pasó nada. Nada importante al menos, a falta de gorritos. Fallé como Bond de Telemundo al no tener siempre en el cuarto, lo sé. Llegamos al cuarto a las cuatro de la mañana y no teníamos látex, y como primero muerto que padre de familia, decidimos mejor dejarlo para la mañana.

A la mañana siguiente, muy servicial y diligente, como siempre he sido, me dirijo al Oxxo de la esquina y compro los gorritos, Gatorade para ambos y un cepillo de dientes para ella. Regreso al cuarto a sabiendas de que lo más probable es que no pase nada y le hago al cuento como si no supiera. Y es que sobrio y con gorrito… Hay de pocas a nulas posibilidades de que funcione aquello. Ustedes piensan que las invito a beber para emborracharlas y que me quieran coger. Erróneo. Ya sé que me quieren coger, ¡soy yo! Las invito a beber para yo emborracharme y poder coger. Porque si voy a tener que usar látex, que, salvo relaciones más longevas, es lo único posible, voy a tener que estar hasta el dedo, de lo contrario, tantito sobrio que me agarren por error y nos vamos a quedar con las ganas, se los aseguro. No me malinterpreten, no es que no me gusten, todas me gustan, pero la verdad de las cosas es que no se siente nada con aquello envuelto en plástico y desmotiva sobremanera; no se me vayan a ofender. “No eres tú, soy yo”. 

Nos acicalamos, desayunamos y pedimos su Uber para que fuera a arreglarse para las festividades post-boda australiana. Los novios y el comité principal se reúnen al día siguiente en un club deportivo para jugar una cosa llamada Lawn Bowls. Un juego sedentario bastante exótico y austral, similar a la pétanque, combinado con los bolos, la rayuela y el curling. Que, ya que estamos en eso, si me preguntan a mí, diría que es una bonita costumbre convivir con los participantes de tu boda al día siguiente. Por lo regular uno termina hasta el dedo y seguido no se acuerda de todo, se perdió de anécdotas por andar bailando (o siendo regañado, cof, cof), o simplemente recordar situaciones de la noche anterior. Creo que a mí me hubiera gustado. 

En fin. A lo que iba con todo esto es que anímense a ir a diferentes lugares. Vayan a donde sea que les dé más miedo ir, a donde les saque más de onda, a donde nunca pensaron que pudieran estar, a donde sólo vieron en las películas de acción. No vayan por quinta vez a mamonear a Nueva York en el otoño, vayan a mamonear a Buenos Aires en primavera. No vayan de despedida de soltera a Miami como todas sus amigas, váyanse a Cartagena, Panamá o Varadero. No vayan a Epcot a ver “otras culturas”, vayan y métanse en esas otras culturas. Coman ahí, pidan lo más raro del menú, ni siquiera pidan el menú en español o en inglés, pidan sin ver; váyanse de antro en Moscú o Cairo, métanse al tugurio más turbio que encuentren y pidan el licor local, la chela artesanal local; háganse amigos del taxista o del guía o de la mesera, díganle que ponga su música en el viaje; líguense una aldeana, líguense una Torontina, una Medellina, una Caipirinha; jueguen de visitante y vayan a su casa, que les prepare de desayunar, que les presente a sus roomies, a sus hermanas o, en su defecto, a sus jefes. 

Los vuelos eternos son insufribles y las escalas más, pero valen la pena. Siempre valen la pena. Meterse a la pirámide de Keops y ver la tumba del faraón fulano, de hace 5000 años; bucear las profundidades del Blue Hole en Belice o el arrecife más grande del mundo en Australia; ver búfalos atravesar la calle como si nada en Wyoming, los Andes Chilenos, las cascadas en Iguazú, los árboles de Avatar en Singapur, el show de luces en Hong Kong, el antro de cinco pisos en Praga… Todo siempre vale la pena, háganme caso. Ahórrenle tantito haciendo menos viajes irrelevantes, usen sus meses sin intereses y dense, aunque no sepan si van a estar vivos para dentro de dos años, aunque no tengan ni con quién. Ya saldrá alguien que se pegue al plan, ya lo resolverán después. Dense. 

#GraciasDonovan

#GraciasAustralina

2 comentarios sobre “QUE TRATA DE LAS MIRIAVENTURAS, CALAMIDADES Y RECOMENDACIONES EN EL CONO SUR, LAS BODAS AUSTRALIANAS Y LA VIDA EN GENERAL”

  1. Completamente de acuerdo en la última parte: VIAJEN, VIAJEN!!! Es lo mejor de la vida, y los recuerdos te quedan para siempre!! En otro de tus viajes ve a Torres del Paine en Chile un espectáculo de la naturaleza y de ahí te vas al Glaciar Perito Moreno en Calafate, Argentina, otra maravilla! Y hablando de estas maravillas de la naturaleza, una aclaración: solo un Ser Superior, Dios o cómo lo quieran llamar es capaz de crear estas maravillas!!! O algún hombrecito por muy chingon que sea lo puede hacer??? Pregúntatelo ??

Los comentarios están cerrados.