A la mañana siguiente abro el ojo al alba de Deus por aquello del drástico cambio de huso horario y aprovecho para salir a turistear desde temprano. Pero antes… desayuno incluido. Normalmente no me levanto ni cerca a tiempo para alcanzar el desayuno de los hoteles y me toca desayunar “lunch”, pero ese día se me hizo temprano y quise aprovechar. Bajo sin ningún tipo de expectativa a buscar el buffet que me había dicho mi Jasmín el día anterior y, para mi entera sorpresa, era un SUEÑO: neta estaba a un puesto de quesadillas/gorditas de ser el de Rosewood. Con eso te digo todo. Frutita con miel de abeja y yogur griego (de plano estaban los panales colgando de una cosa rara en la barra, a dos de que trajeran abejas todavía y todo), selección de mermeladas y jaleas hechas en casa, guisos sabrosos de todo tipo y sazón, panadería y bizcochería surtida, salmón noruego con harto queso crema y alcaparras y… (amárrate bien los chones) estación de huevos al gusto. Tocinito, cebolla, chiles toreados y todo el kit. Yo ya aplaudiendo como la foca Ramona del CiCi. Le di un buen bajón al buffet (tengo que comer bien, si no, no crezco), subí a lavarme los dientes con harta pasta y enjuague y me dispuse a dar la cátedra de turisteo que les había dicho.

Las pirámides, el museo picudo y todo lo más popular lo iba a hacer con mi hermana en el transcurso del viaje, pero ahorita ella estaba muy ocupada dándole cátedra de cosas mucho más serias a los egipcios en el salón principal del hotel y no saldría hasta ya caído el sol (tipo 16:00). Consulté mi mapa de Cairo que había estudiado diligentemente la noche anterior y me dispuse a salir. Como ya establecimos, Uber no es de mucha ayuda allá y los taxis no dan la mejor espina, de modo que aproveché los semi-taxis privados del hotel (que aparte seguían siendo un regalo) para que me llevaran a la Mezquita de Al-Azhar. Una mezquita del Siglo X d.C. con capacidad para veinte mil personas. Na más. La estuve estudiando por fuera un tiempo antes de entrar y, justo antes de hacerlo, me aborda un individuo local de no más de treinta años, vestimenta occidental e inglés semi decente. Primero pensé que me iba a querer cobrar por la explicación o algo, por lo que intenté despacharlo pronto, pero él me aseguró que no, que lo hacía para “practicar su inglés y buena onda general”. Ps va. Y la neta es que se rifó bastante (creo. ahora verán porqué) y no me sacó ni un varo. No nací ayer tampoco. Cuando nos acercamos a la entrada, me dijo que había que quitarnos los zapatos y dejarlos en las repisas de afuera. ¡De haber sabido que me iban a hacer quitar los zapatos, no iba a ningún lado! De entre las mil-ocho-mil cosas que odio con toda mi alma, una de ellas es andar descalzo. Ni en mi casa hago eso. Por algo se inventaron los zapatos, no sean asnos. Pero bueno, ya estaba ahí. Entramos a la explanada principal, a los salones aledaños y todo el tour completo. Mi guía improvisado me iba dando datos curiosos del lugar, sin saber que yo ya había leído acerca del lugar por lo que me sorprendió que sí supiera algunas cosas.

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Salimos de ahí, me puse furioso mis tenis y me despedí de él. Me ofreció continuar el tour por el mercado aledaño y no me pareció mala idea de inicio. Se metió a una casa cercana quesque para “recopilar sus cosas” y salió de vuelta al poco tiempo*. Nos empezamos a adentrar en un mercado callejero gigantesco, no ambulante, una onda tipo La Merced-Metro Indios Verdes-Mercado de Sonora. Hortalizas de todo tipo, especias exóticas, frutos secos, gallinas y demás animales horrendos de granja; conejos, liebres y vermin de similar calaña… Todo cubierto con una nata espesa de mosca panteonera y carroñera. Asco de lugar. Mientras más nos adentrábamos, las calles se hacían cada vez más angostas, había menos y menos gente y más silencio. Mi guía falso seguía platicándome de cosas sin parar y me empezó a dar la sensación de que sólo me estaba distrayendo para al final emboscarme con sus secuaces armados hasta los dientes, noquearme y vender mis órganos -por demás inservibles- en el mismo mercadito al día siguiente. Normalmente soy muy confiado de la gente y de la vida y no me preocupa meterme en la Doctores de noche, atuendito titular, con reloj, cadenas y celular a la vista… pero ese día nadie en el mundo sabía dónde estaba, no hablaba el idioma y no tenía ni datos, ni señal en el celular. Y aunque hubiera tenido, no hubiera sabido llamar ni al hotel. Pésima idea estar ahí. A la fecha me siento súper culpable de haber desconfiado de esa pobre persona… pero más vale. Siento.

Le dije que se me “hacía tarde para ver a alguien en otro lado” y me despedí. Me regresó a la mezquita, me dio la mano muy amablemente y no lo volví a ver. Caminé cinco minutos hasta el Jardín homónimo de la mezquita para hacer el primer “Miller Time” del día y así reagruparme adecuadamente para continuar turisteando duro. Todo lo abrumadoramente tercermundista que es Egipto, dentro del Jardín Al-Azhar te sientes como en Mónaco. Jardines exquisitos, llenos de plantas exóticas y flores de todos colores y sabores hasta donde alcanza la vista, fuentes juguetonas, cascadas y lagos artificiales… Central Park es un hoyo en comparación. Después de recorrerlo con toda calma un tiempo, me decidí sentar en un restaurante a la orilla del lago, con vista a la mezquita principal de la ciudad y todo. Un lugar fuera de control. Me siento, pido una cerveza y un platillo típico. Ya la armé. ¿Estás de acuerdo? Pues siempre no, porque no hay chelas. Eeeeexquiusmi!? ¿Cómo que no hay chelas? ¡¿Eso qué significa, siquiera?! No estoy pidiendo una fila de Perlas flameadas, sólo una chelita pa’ la calor. Por primera vez en el viaje me tocó un lugar donde no me vendieran alcohol. Nefasto. Intenté pedir una Pepsi (no había Coca tampoco) y me la traen sin hielo. Yo ya queriendo matar a alguien. Y no hubo forma de que me lo trajeran. No supe si no había en ese lugar en general, o sólo nadie me entendió lo que quería, porque se lo pedí a cuatro diferentes meseros y al capitán y nadie me lo pudo conseguir. Si en el hotel más internacional de la ciudad, apenas medio te entienden… te encargo.

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Me fui furioso de ahí y me trepé a un taxi para que me llevara a la Mezquita de Muhammad Ali, la principal de todo Cairo. De lo mejor que visto en mi vida. Casi tan impresionante como la Azul de los turcos. Con todo y que me hicieron quitar los zapatos por segunda vez en un día, los desgraciados… Ahora sí súper valió la pena. Un sueño de templo, una vista insuperable, cero turistas, un lugar inmejorable. Me vuelvo a poner los tenis y le doy una última vuelta por fuera antes de irme. Me dirijo a la salida y veo que un grupo como de quince niños locales, que estaban ahí como en visita escolar, se me abalanzan gritando eufóricos y sacando sus teléfonos. Pensé por un momento que me iban a pasar de largo y que sólo estaba yo muy confundido. Pero no. Me rodearon y me empezaron a decir de cosas en árabe, mientras hacían la inconfundible selfie-señal. ¿Por? ¿Quién habrán pensado que era o cómo? Nunca supe. Se tomaron fotos individuales conmigo TODOS los niños. Se fueron rallados y se me acercaron otras niñas, un poco más grandecitas (no del tipo que alcanzaran el timbre ni nada, porque obvio hubiera ido SOBRES y me las llevo a que prueben el desayuno de mi hotel al día siguiente, que era un sueño), y luego de plano ya unas señoras y mucha gente más. ¡Foto con todos, aprovechen, estoy de oferta! A la cuarta vez que pasó eso ese día, les empecé a pedir fotos yo también. Mínimo tener documentación de tan extravagante suceso. Pienso que los primeros niños me confundieron con alguna celebridad del equipo local de soccer o galán de Bollywood, y los demás sólo asumieron que lo era, y aunque no sabían exactamente quién… aprovecharon que estábamos todos ahí o algo. Y antes de que pregunten: no, no me intentaron robar la cartera, ni el cel, ni nada. Estuve muy pendiente de mis pertenencias todo el tiempo. No nací ayer, como ya habíamos establecido. Nunca hay que confiar en los niños, las mujeres demasiado guapas, los mecánicos ni las teiboleras. Nunca. Siempre algo quieren.

 

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Para las 16:00 que salió mi hermana de dar sus cátedras, yo ya había recorrido todo el Cairo de pe a pa, regresado a mi hotel, llevaba dos chelas, tres cubas y podía ser guía de turistas certificado. Nada mal para el primer día completo.

El día siguiente fuimos a las pirámides. LAS PIRÁMIDES. Las típicas que te dijeron que de “Keops, Kefrén y Micerino”. La neta es que nadie de ellos tuvieron nada que ver en la construcción: fueron construidas en su totalidad por alienígenas, sin ningún tipo de participación de ningún ser humano en ningún punto. Sólo no hay forma. Estos humanos se las han de haber encontrado en el desierto, ya hechas y abandonadas y se las apañaron a lo chino. Matanga dijo la changa. Yo mido ciento ochenta y tres centímetros y todos los bloques que las conforman son bastante más altos y anchos que yo y, por ende, pesan miles y miles de toneladas; son miles de bloques cada una, hasta una altura total brutal. A la fecha tendría su chiste hacer algo así. Pero bueno. Ese día salió más temprano mi hermana y nos llevó el chofer de su oficina a las pirámides junto con el guía más a todo dar en años, un egipcio que hablaba perfecto castellano, de nombre Willie. Como Willie Beamen** (Steamin’), o Willie Nelson. Entramos a la pirámide principal, me acalambré por farol, nos subimos a un dromedario de nombre Charlie que se quiso atascar a mi hermana, compramos souvenirs para nuestros familiares y seres queridos***, fuimos a ver a la esfinge y luego a comer a un lugar típico donde por supuesto no había chupe (mátame ya). Saliendo de eso, compramos papiros originales en el museo del papiro y en la noche showcito de luz y sonido en las pirámides. Todo lo impresionante que sí se ven aquellas figuras iluminadas, las verdad es que el frío del desierto hace imposible disfrutarlo. Aún con las cobijitas que te rentan ahí mismo, el frío es miserable. Y si de por sí no me gusta el frío, menos aún cuando es miserable. Tampoco las cobijitas rentadas, claro está, pero no hay de otra más que ponérsela o enfrentar una muerte inminente por hipotermia****.

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Al día siguiente di para no variar otra “Cátedra en turisteo express en territorio desconocido y hostil”.

Continuará. Mismas razones.
*Le pregunté si era su casa y me dijo que no. Y no salió con más cosas de las que ya traía. Creo que aquí fue que me empecé a sacar de onda.

**Any Given Sunday (1999)

***Bueno, yo sólo a mis familiares, no quiero QUIERO a nadie más, ni se apunten.

****Cosas que odio: Estar descalzo, los niños (salvo cuando me confunden con galán de Bollywood), el tráfico, manejar, ir en coche y NO manejar, que se me intenten meter en segunda fila, los peceros, los peatones que no cruzan en la cebra, los franeleros, las aerolíneas, hablar por teléfono, que no haya chupe en un restaurante, los taxis sin taxímetro, tener que agarrar Uber (van más lento que un desfile de cojos), que me intenten emboscar para sacarme los órganos, no poder lavarme los dientes después de comer, dormir con ropa, la moral pueblerina, la mustiés general (desenmústiense), las arrugas en las chichis, que me cuenten mis cubas, que no dejen fumar en un lugar, que no haya hielo o que sea muy chico, que me pongan poco chupe en la cuba, el frío miserable, las cobijitas rentadas o prestadas… Y un sinfín de cosas, pero sólo enumeraré por ahora las que atañen a este bonito relato. O casi.

#GraciasTicumán
#GraciasJasmín
#GraciasWillie
#ThankYouBollywood