Abro el ojo, desayuno, aplaudo como la Foca Ramona, dientes, coqueteo con mi Jasmín, taxi, mezquita. Pero esta vez mi taxista estaba loco de remate. Un individuo de veintimuchos años, local, inglés limitadísimo pero existente, a todísimo dar, de nombre Muhammad*. Me llevó y luego me acompañó a ver tres mezquitas. Nos metimos primero a la mezquita del Sultán Hasan. A él no le cobraron por ser local y a mí me habrán cobrado $25 a lo mucho. Me hicieron quitar los zapatos AGAIN, eso sí. Pero bueno, una locura de lugar también. Olía, como todas las mezquitas, a alberca de pelotas de MacDonald’s por aquello de la gente descalza… pero pues difícil evitarlo. El mero-mero Imam de la mezquita nos dio el tour y Muhammad me iba traduciendo. Nos metieron a ver las tumbas de las esposas de este personaje Hasan, las de su descendencia y la suya de él, donde aparte nos dieron una demostración privada de la extravagante acústica rifándose unos versos del Corán o algo. Mi taxista, el buen Muhammad rallado: Nunca había entrado a ésa, ni a ninguna otra pal caso, más que a la aledaña a su domicilio y siempre con intenciones estrictamente de oración.

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Cruzamos una explanada y nos metimos a otra mezquita diferente, la de al-Rifaii. Por fuera era igual de apantallante, pero por dentro no era gran cosa. Sobre todo porque me hicieron quitar los zapatos por tercera vez en un solo día. Aparte era en su mayoría descubierta, entonces ¿cuál era el maldito punto de hacerme quitar los zapatos? Un desastre. Salimos de ahí y regresamos al hotel en el que, sin duda alguna, es el trayecto en taxi más entretenido que alguien ha hecho en Cairo.

Igual que el día anterior, para cuando mi hermana hubo terminado de dar sus cátedras, yo ya había recorrido lo que me faltaba de la ciudad y estaba tomado. Dado que ya eran más de las 16:00 y todo cierra a esa hora, ella se incorporó a mi destilación e incluso la convencí de salir de antro ese día en la noche. Hubiera ido yo solo el día anterior también, pero me dijeron que los antros allá son “couples only”, así que… pelation. ¡¿Para qué querría ir alguien con pareja al antro?! Justo si vas de antro es para ver qué pescas, engatusar a una incauta desconocida y llevártela a tu cuarto** (o en su defecto, previamente conocida, pero que no recordabas exactamente su nombre ni de dónde la conocías, aunque te haya gustado sobremanera desde la primera vez). Yo digo. Si quisiera sólo emborracharme y dormir solito, mejor bebo en mi casa o en un bar, me cuesta la cuarta parte, me evito el engorroso trámite de la cadena y pues… la música de antro altogether. Pero bueno. Muy decoroso el antro egipcio, hasta eso.

Abro el ojo, desayuno, aplaudo como la Foca Ramona, dientes, coqueteo con mi Jasmín, camino hasta el museo de Egipto. Un museo construido a principios del S. XX para exponer todo lo que no se robaron los ingleses y franceses de las pirámides, del Valle de los Reyes y demás sitios arqueológicos de todo Egipto. Momias, sarcófagos, máscaras y todo tipo de chunches milenarias. Aquí está, por ejemplo, la máscara de Tutankamón (11kg de oro sólido); la super famosa, dorada, con esa especie de gorrito chistoso con serpientes. La realidad del asunto es que el museo es demasiado chico para la cantidad de cosas que pretende exponer, una museografía pal perro y sin audioguías…. pero con una colección FUERA DE CONTROL IMPRESIONANTE. Visita obligada, definitivamente. Salta a la vista también que todo (menos la máscara que les decía, obvio) está protegido con un sistema de vanguardia tecnológica y de seguridad tan avanzado como el de las Joyas de La Corona Británica en la Torre de Londres: candados como de locker. Desde la momia de Ramses II (un wey a todo dar, luego les cuento), hasta los sarcófagos de todo mundo y todos los artilugios y mierda-y-media que se imaginen; de oro, plata o adamantium… todo valientemente custodiado por candados Hermex*** de hace veinte años. Un sueño. Me sorprende que quede algo todavía en el museo.

Ese día en la tarde, mi hermana terminaba su participación en el simposio catedrático super espeso de economía molecular aeroespacial en el que se encontraba y por fin pudimos ir a dar el rol por el resto del país anfitrión… por UN día. Al día siguiente había que regresar a Cairo y luego a nuestro México lindo y querido. Para esto, el día anterior, antes de salir de antro, me encargué de que el conserje nos organizara un tour, en coordinación con la empresa turística de Willie**** para ir a visitar en plan relámpago la antigua ciudad y templo de Luxor. Lo hubiera hecho yo mismo, pero acuérdense***** que todos los movimientos que hagas dentro de la República Árabe de Egipto, tienen que ser coordinados por organizaciones reconocidas por el mismo gobierno, so pena de que te caiga un misil. ¡Un misil! #DatoDuro

De ida al aeropuerto me sorprendió que el taxi tomara una calle elevada, que aparentaba ser un segundo piso, pues eso involucraría educación vial, orden y cierto grado de civilización en Cairo; lo cual es total y completamente aberrante y sin sentido. Cuando regresamos el día siguiente nos dimos cuenta que no era un segundo piso de ningún tipo, sino sólo una calle elevada que se extendía por varios kilómetros. Y dado que abajo no pasaba el río ni nada por el estilo, mi conclusión es que tuvieron que hacerlo así porque el nivel de calle fue tomado por el caos, la inmundicia y muy probablemente momias zombies. Dieron por perdida esa zona de la ciudad y la evitaron por completo construyendo ese segundo piso falso #FuckThisShit. Eso definitivamente sí suena a algo que podría pasar en Egipto.

Llegamos al aeropuerto, pasamos Seguridad, vamos a la sala de espera, pasamos Seguridad OTRA VEZ antes de abordar el avión (hazme el favor ¿Para?), volamos una hora hasta Luxor, nos recogen los socios de Willie (como Willie Mays o Willie Snead) y nos llevan al hotel que nos reservaron. Un hotel como de la Costera Miguel Alemán en 1989, con cabañitas semi monas, de higiene más que cuestionable, bar con “música en vivo” principalmente MIDI (mátame ya), peeeeeero BARRA COMPLETA contra todo pronóstico, bendito sea Anubis. Ya era de noche y no se veía gran cosa, pero en la mañana pudimos ver que estábamos en una isla en medio del río (sigue siendo el Río Nilo, obvio, pongan atención). Teníamos una alberquita que daba al río, aquabar con destilados, servicio de comida en la alberca… El Paraíso Terrenal, sin duda. Para desgracia de todos, no había tiempo de aprovechar ninguna de estas delicias porque teníamos que recorrer cinco sitios arqueológicos en menos de diez horas, comer, rezar, navegar y regresar a Cairo para regresar a NYC, para regresar a CDMX. Cualquier cosa. Nos metimos dos chelas, un negroni, un martini y tres cubas cada quien y nos fuimos a la meme.

Nos recogió el guía, un individuo de cuarenta y pocos años, de nombre Muhammad (surprise, surprise), que hablaba perfecto castellano y fiel seguidor de la Selección Egipcia de Soccer o como se llame allá (ahora regreso a eso, es importante, ya verán porqué), como debe de ser. Tenía como casi todos los guías en el extranjero que recuerdo, una especie de muletilla inolvidable que consistía en preguntarse a sí mismo, en forma como de pregunta retórica falsa, alguna cosa de cierto interés para nosotros y contestándosela él mismo. Algo como:

¿Y en qué año nació fulanito, Muhammad?

E inmediatamente se contestaba él mismo su pregunta. Extraordinario. Pero bueno… nos llevó al Valle de los Reyes, al templo de la Reina Hatshepsut, a ver a unos colosos de -no recuerdo el nombre- y, de camino al templo de Karnak, me dijo que si nos podíamos detener en una mezquita para que él y el chofer hicieran el rezo más importante de la semana. Mientras, mi hermana y yo podíamos visitar el Museo del Alabastro o alguna cosa por el estilo. Le dije que con mucho gusto les esperábamos a rezar todo el tiempo que fuera necesario, pero que POR NINGÚN MOTIVO nos fueran a dejar en ningún museo de ningún material de construcción. ¡¿Eso qué?! Gato encerrado, sin duda. Nos iban a querer enjaretar sus artesanías de quinta y nosotros ya teníamos. ¡Basta! No nacimos ayer. Terminaron sus oraciones, se pusieron sus zapatos de vuelta y proseguimos nuestro camino.

Llegamos al Templo de Karnak, lo recorrimos de pe a pa con las hilarantes explicaciones de Muhammad y terminando compramos un refrigerio y comida chatarra para saciar a la perra (hambre, relájense). Así como practico la higiene bucal inexorablemente, las manos limpias con harta agua y jabón antes de comer y después de ir al baño también es algo que considero pri-mor-dial. Dado lo cual, termino de hacer “del uno” y “del dos”, salgo a lavarme las manos con harta agua y jabón, y veo un jabón en barra. ¡En barra! Había también un dispensador de jabón líquido, pero estaba más vacío que mi alma y más descompuesto que mi sentido de la moral. Algún egipcio en la administración del Templo de Karnak decidió que si no había jabón líquido, fácilmente podía comprar jabón en barra y listo, problema resuelto. Claramente no iba a suceder esto. Aparte, justo en el momento en que iba a salir, entra un individuo local, se quita las chanclas, sube el pie derecho al lavabo, toma el jabón en barra y procede a lavarlo. #ZeroFucksGiven claramente. Atónito, incrédulo y sobre todo asqueado, le pedí a mi hermana gel desinfectante para tener la ilusión de limpieza en lo que llegábamos al lugar donde íbamos a comer; rogándole a Horus, Osiris y toda esa gente a todo dar, que hubiera jabón líquido en el mentado lugar.
Sí había.

Nos dieron de comer sopita de habas, las típicas koftas, arroz tieso y algún postre bastante aceptable. Mientras tomábamos los sagrados alimentos, Muhammad nos contó el proceso eliminatorio de su selección de soccer (¿se acuerdan que les dije que luego regresaba a eso?). Hacía como cinco ediciones mundialistas que los egipcios, a pesar de ganar año con año la Copa Africana de Naciones, no lograban clasificar. Versión resumida: En la penúltima fecha de su eliminatoria tenían que ganarle sí o sí, de locales, a Gabón o algún flan por el estilo… De lo contrario, le tendrían que ir a ganar en la última a Costa de Marfil, o alguien mucho más entendido en esos menesteres. Por alguna razón la calabacean y se les viene la night: minuto noventa y seguían empatados a uno. Todo mundo ya colgándose de la lámpara, incendiando las pirámides, despertando a Imhotep… el fin de los Tiempos. Mohamed Salah, la estrella egipcia de la Premier, anota el del gane sobre la hora y se colapsa el mundo. Muhammad nos puso en su cel el video musicalizado de esos últimos cinco minutos. Música de “Réquiem por un Sueño” y todo. Neta. El pobre, de sólo escuchar la grabación lloraba como quinceañera desamparada. Yo en cuanto lo vi, también berreaba, obvio. Un dramón. Mi hermana ya no sabía ni dónde meterse.

Ya, perdón. Regresando al viaje… Terminamos de comer y fuimos al Templo de Luxor. Sin duda lo mejor y más impresionante que he visto en la vida. Y eso que nos faltó Abu Simbel, el último y más meridional de los templos egipcios, ya casi en la frontera con el Sudán. Aquí nuestra visita fue brevemente interrumpida por un estampida de fans que querían fotos conmigo, a los cuales atendí de sumo agrado por un tiempo, pero después se empezó a hacer tarde y tuve que escabullirme, cual Luismi en el Auditorio.

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Saliendo de ahí, nos llevó mi amigo Muhammad al muelle donde teníamos reservado un velero que nos pasearía por el Nilo para ver el atardecer. Déjenme repetir eso para que lo absorban bien y se den un idea de lo que hicimos. Velero sobre el Nilo para ver el atardecer. ¿Ya? Madre Santa, situación inmejorable. Bajamos del velero y nos fuimos a meter al bar del mejor hotel de la ciudad en lo que daba la hora de tener que regresar a Cairo. Nos metimos cuatro martinis cada quien en cuestión como de hora y media, regresamos a ver el Templo de Luxor de noche, iluminado, lloramos de emoción una hora seguida y nos llevaron de regreso al aeropuerto.

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Dormimos ese día otra vez en el hotel de Cairo. Al día siguiente, al alba de Deus abrimos el ojo, desayunamos, aplaudimos como la Foca Ramona, dientes, coqueteo con mi Jasmín por última vez, le doy mi tarjeta “para que me hable cuando venga al continente americano”, nos atascamos fuerte contra todo protocolo de hotelería; taxi, aeropuerto, Seguridad, sala de espera, Seguridad otra vez, avión. Y agárrate el avión de regreso a la Gran Manzana. Bendito Egyptair. Entramos todos, nos acomodamos en nuestros respectivos y todo en orden. Quesque. Ya entre sueño y sueño, empiezo a escuchar que alguien hace sonidos guturales, tipo orco con diarrea. No es buena señal. Dicho y hecho, una señora como de noventa y ocho años, que había yo visto desde la entrada que de milagro podía mantenerse de pie, ya no digas caminar… wakareando como springbreakera en Cancún a las 4:00am. Los pasajeros a su alrededor (desconozco por qué viajaba sola, o por qué la dejaban viajar en avión en general), llamaron a la sobrecargo, ella a un médico y nos terminamos retrasando más de una hora en lo que lograron incorporar y bajar del avión a la pobre viejecita. Cambiaron su asiento, la alfombra de todo a su alrededor, echaron abundante Glade de manzana-canela y de todas formas el avión siguió apestando a baño de antro tooooodas las doce horas de vuelo. Gracias.

Llegamos a NYC, estuvimos ahí horas y por fin logramos llegar de regreso a la hermosa CDMX.

#GraciasSupermodelo
#GraciasMuhammad
#GraciasMuhammad
#GraciasPaola
#GraciasJasmín
#GraciasWillie
#GraciasEgyptair

*9 de 10 personas con las que interactuamos en el viaje se llamaban Muhammad. De hecho, creo que el único que se llamaba diferente era Willie. Como Willy Wonka o Willie Colón.

**Poca iluminación, todos en sus mejores fachas y todos hasta el moco. La toma de decisiones se ve, por ende, severamente comprometida. Que es el punto. Es básicamente pescar con dinamita. Benditos sean.

***A veces Philips.

****Como Willie González o Willie Brown.

*****Miri-aventuras en el remoto y antiguo Egipto, parte 1.

FIN