Todo lo ridículos que son los gringos y la mayoría de los países primermundistas para con la fiesta, a los españoles les vale tres kilos, les pintan el dedo a sus reglas pendejas (perdonen mi francés, pero eso es lo que son) y fiestean hasta bien entrado el día, como Dios manda. Es más, en España llegar al antro antes de la una de la mañana es una afrenta; probablemente ni siquiera haya alguien que te abra. Mientras en San Francisco, supuesta capital económica, millones de personas, urbe cosmopolita y demás, te prenden las luces a la una y media para que a las dos ya no haya nadie; en Granada (pueblo trespesino, de seiscientas personas que podría desaparecer y nadie ni se entera) la fiesta EMPIEZA a las dos. Puntos para Granada.

Pero antes de la cascada de obscenidades y cochambre que atañen a esta bonita MiriAventura, déjenme contarles tantito de este lugar en España que, aunque podría desaparecer y nadie se entera, ojalá que nunca lo haga porque es un SUEÑO. De entrada, porque hasta el fondo a la derecha del pintoresco pueblucho está la Alhambra, palacio/fortaleza/ciudadela del año del caldo, construida por los musulmanes cuando ocupaban esa parte de la península, y que cuando entras, se te CAEN los chones. Además, como en casi cualquier ciudad española que se respete, la catedral es un sueño, pero la de Granada es especialmente cabrona. Parada obligadísima en un país de por sí lleno de arte y cultura como pocos. Con todo y que me considero la persona más hereje y antirreligiosa del mundo, no hay nada que me guste más que el arte sacro en todas sus presentaciones. Turisteando en Europa, en el país que sea, “nada como el olor a catedral medieval por la mañana para empezar bien el día” (salvo cuando ponen incienso, eso sí no’más no lo tolero. Me siento en el tianguis de Coyoacán, con los pinches hippies y los vagabundos, lo odio). En algunas incluso tienen hasta musiquita para situarte mejor y totalmente te transporta a la época de la Inquisición. Un sueño. Cánticos en latín, órgano de iglesia, evitar las octavas paralelas, las quintas disminuidas (Googleen) y todo ese teatro super estricto de armonía religiosa para no enfurecer a Dios y que te cayera un rayo mientras abusabas del niño de la señora de limpieza. Y, por si fuera poco, una vez al año, por ahí de junio, hacen una Feria de Pueblo: el Corpus Christi. Como del pueblo de San Jerónimo Lídice, tal cual, con juegos mecánicos en estado deplorable, changarros de comida insalubre, perros callejeros zorreando las sobras, cohetiza, canicas y todo lo que vemos siempre en las ferias ambulantes de por acá… con la invaluable añadidura de antrillos improvisados montados dentro de carpas malhechas que se retacan todos los días de españolitas pueblerinas en sus mejores trapos para sorber Gintónics como pordioseras. ¡Agárrate!

Después de un arduo día de turisteo intenso por el pueblo de marras, su muy poco humilde servilleta, tuvo la desmesura de aventurarse a la Feria de Pueblo que organiza el gobierno para que los aldeanos se entretengan toda esa semana de principios de verano. Sin estar muy seguro de a lo que iba, decidí ir preparado para cualquier tipo de eventualidad que me pudiera topar, por lo que decidí ataviarme con jeans y camisa, para no ir demasiado elegante para algo casual, ni demasiado casual para algo elagantioso; recopilé efectivo, la llave del cuarto, mi cepillo de dientes, gorritos suficientes para una noche de fiesta dura y un buen trago de Pepto para preparar al estómago a lo que pudiera venir. Y se vinieron muchas cosas, bendito Pepto.

Llego a la explanada delegacional -o su equivalente español, como quiera que le llamen- y me topo con la típica Rueda de la Fortuna, las tacitas giratorias, el Tiovivo y demás parafernalia pueblerina, y me decepciono ligeramente. “De haber sabido, me quedaba en mi hotel, chupando.” Seguí caminando para por lo menos no haber perdido el tiempo y la lana que costó el taxi y me topé con changarros de comida típica española bastante decente, lugares de mariscos, de comida chatarra y opciones gastronómicas nada despreciables. “Vamos mejorando.” Sigo caminando y ahora siguiendo el inconfundible beat bofo y saturado de graves de fiesta lejana. Cual sabueso siguiendo la pista de un forajido, seguí la música y me topé con los antrillos improvisados de los que les hablaba. Inspeccioné como pude el interior y decidí arriesgarme a pagar el cover desproporcionalmente caro que cobraban. Resultó que fueron los cincuenta euros mejor invertidos en años. Con todo y que eran unas viles carpas de alquiler y mal montadas, el interior estaba impecablemente disfrazado y hasta medio daba el gatazo; tragos bien servidos, en vasos o copas de vidrio, sin pichicatear el chupe; y, más importantemente, las españolitas estaban, como en todos lados, locas de remate. Con todo y que tienen el acento más insufrible del idioma español y mantener una conversación con ellas se vuelve rápidamente intolerable… después de ocho gincitos dobles, con la involucrada enseñando hasta las anginas, sin sujetador y perreando como teibolera coapeña… ¡Que me hable como quiera, en el idioma que quiera, coño!

Después del periodo más breve que ha pasado para que alguien se me aviente en toda mi vida, decidió que ya habíamos “bailado” suficiente y brincó hasta mi cuello, enredó sus piernas en mi torso y me metió la lengua en la boca tan duro, que más que a saliva, ese atasque supo a O Positivo. Al principio me preocupé por no saber si era suya, mía, de ambos o qué carajos… pero tampoco me dieron ningún chance de quitarme y comprobarlo. Cada vez que intentaba moverme, me besaba con más ahínco y tuve que cargarla hasta un sillón para poder alejarla. Literal la aventé. Cabe decir que ella es, por mucho, la persona más pequeña (de tamaño, no edad, ojo) con la que me he involucrado. Esa mujer medía no más de uno cuarenta. Era como una pitufa pecosa, chichona, calenturienta y malhablada. Delicia. Creo recordar que su nombre era Ana, pero no me hagan mucho caso. Y de ella sí no es pseudónimo como siempre, pero tampoco estoy para nada seguro. Ese ligue, por entretenido que hay sido, se perdió en los anales de la historia, bendito sea Deus. Nos caía bien.

Más adentrada la noche, una de sus amigochas se nos perdió un buen rato en el baño y mi date se medio preocupó. La fue a buscar y estaba llore y llore en una esquina. Algo había pasado con un gringo que no entendí muy bien por su acento horrible, pero quería que la ayudáramos a encontrarlo y hacer de traductor. Ninguna de las dos hablaba pizca de inglés, hazme el favor. Encontramos al Afortunado y lo primero que me hizo preguntarle fue que ¿si le había hecho un “blow”? (ella a él, claramente). Lo cual me sacó de onda, por decir lo menos. “Pienso que te acordarías, mujer. ¿Neta quieres que le pregunte eso? No es tan complicado saber.” Sí quería que le preguntara eso. Y no sólo no sabía si le había “hecho un ídem”, pensaba que por haberlo hecho, había quedado embarazada y por eso estaba desconsolada. WTFF!? O me estaba ligando niñas de nueve años o a unas perfectas analfabetas. Claramente lo segundo, bendito sea DEUS. Quiero pensar que, más bien, sólo no tenía idea de lo que involucra un “blow”.

Ya bien entrado el día, decidimos salir del antro. Más porque nos dio hambre que porque nos corrieran y buscamos algo de comer. Los puestillos de comida de la feria ya estaban cerrados, pero como era ya de día, mi nueva galana decidió aprovechar para llevarme al mundialmente famoso “Vis”. Con su acento horrible y nuestra peda infame, yo no entendí a lo que se refería, pero acepté de sumo agrado pensando que me llevaría a un lugar típico granadino que sería una delicia. Pero no, me llevaron a Vips. Tal cual, como el de Plateros y el Peri. Extraordinario. Ya demasiado cansado como para discutir, acepté su invitación y desayunamos molletes con pico de gallo. Siempre sí fue gran idea. Terminamos de desayunar y fuimos a su depa, hasta casa del coño, donde compartía “piso” con una de sus compañeritas del antro, que tampoco cantaba malas rancheras. Ni porque inventaron el idiota idioma saben hablar bien, inaudito. Pero bueno. Llegamos y EVIDENTEMENTE, lo primero que hice fue intentar organizar el pulpo, pero la roomie estaba demasiado bulto como para convivir y no se pudo concretar, maldita sea mi estampa. Según Ana, de no haber estado completamente inerte, hubiera sido posible engatusarla a entrarle. Nunca lo sabremos. De hecho, de no haber llevado yo mis propios gorritos, ni cochambre hubiera podido haber ese día en general. Estoy en todo. (Aunque ya pensándolo bien, en retrospectiva, ya habíamos intercambiado más sangre que si nos hubieran practicado transfusiones en ambos sentidos y el gorrito era lo de menos. Aún así, nunca hay que prescindir de eso, ojo.)

A la mañana siguiente manejamos su Citroën destartaladón hasta Motril, un pueblo de playa (pinchona) a sólo una hora, donde la susodicha asoleábase topless regularmente y pasamos un fin de semana bastante entretenido. Pero ésa es otra historia y para otro momento.

#GraciasGranada

#GraciasAna