Aparte de los landmarks imperdibles, maravillas naturales y demás atracciones turísticas de un lugar, una de las principales razones por las que me gusta viajar es conocer la vida nocturna y, por decirlo de alguna manera, la fauna y flora local. En ese espíritu fue que hace unos meses que estuve en Toronto me aventuré -a recomendación de “la internet”- en un lugar que se llamaba STADIUM, un antro canadiense en forma. O lo que creen los canadienses que es un antro en forma, por lo menos. Mucha farándula, cover, fila y atuenditos de antro para que terminara siendo un tugurio de sexta. Pero bueno, pienso que si alguien ha vivido o vive allá, lo reconocerá, aunque sea de nombre. Era agosto y el festival “Caribana” estaba terminando. Es un festival dedicado a las culturas caribeñas por lo que toda la ciudad se llena de gente de todas estas islas hermosas, pero principalmente Jamaica, RD, Haití y Puerto Rico. La puritita buena onda, evidentemente. Yo no sabía nada de eso y me fui a meter a la fiesta de clausura y a una de las mejores y más folclóricas noches de mi vida. Ahora, si alguien ha estado en esa ciudad, sabe que -como ciudad- no vale ni un peso… salvo por la torre ésa, las cascadas (que ni están en la ciudad, obviamente) y… Las torontinas. No sé si sea la ascendencia inglesa-francesa-gringa-africana y/o combinaciones de las mismas o qué onda, pero… DAMN! A ellas les agregamos cincuenta mil caribeñas alegres y voluptousas y tenemos un sueño de ciudad ahora sí.

De entrada… llego a la fila (ojo: no cadena) y de entre las como cien personas formadas, yo era el la única persona no-negra en todo el lugar. Tanto física como personalidadmente. Trenzas, rastas, afros, cadenas, jerseys de los Raptors, aretes de brillantes, gorras y Air Jordans… y yo con mi camisa fresa, saco de ciertopelo y “zapato de salir” tipo Oxford. Equis. Me hago cuate de las personas detrás y delante mío en la fila porque pues… #LaPeda. Un individuo de acento tipo Pitbull, facha de Pharrell y bling hasta en los dientes me empezó a decir que si le vendía motor. No sé exactamente qué parte de mi atuendito le hizo pensar que yo era dealer. Quiero pensar que el saco vino. Aunque ahora que lo pienso, entre su acento isleño, el mío medio chicano, la peda y el frío, mucho de lo que se dijo no era totalmente comprendido y chance no me estaba pidiendo, sino ofreciendo. Vete tú a saber. Mejores amigos, eso sí. Pero de ahí a que entendiéramos a ciencia cierta lo que el otro decía… Te diré.

Después de una hora a la intemperie, pago una fortuna de cover y entro al tugurio más de sexta que jamás ha existido. Vasos de plástico y todo. Y ni siquiera vaso rojo como de peda en forma; vaso transparente como de fiesta infantil, sólo apto para Sidral Mundet, definitivamente. Y sin hielo porque son medio enclenques y se pandean. Hay un antro en San Pedro, Belice de nombre Jaguar, Lince o algún otro felino (no recuerdo exactamente) que hace que el STADIUM parezca Versalles. VERSALLES. Y no sólo eso, sino que lo único que había para tomar eran chelas o Torres 10. ¿Qué se supone que haga uno con eso? No voy a regresar a chelear después de las nueve cubas que llevaba en mi hotel, evidentemente. ¿Pero Torres 10? Supongo que la mayoría de la banda iba a quemar y por ende el chupe era lo de menos. Pero y ¿uno que no fuma? Torres 10 it is. A regañadientes, pero va. Ya estaba ahí.
Peeeeero por tan de-sexta que haya sido… había un factor que nunca me había tocado en ningún lado del mundo y soy más que fan: NEGRITAS PARA AVENTAR. Y no sólo eso. Negritas latinas: La mejor combinación genética posible, lejos. ¡A ver quién me saca de aquí! Y si de por sí no son tan dadas a implementar sujetador… en el antro MENOS. Benditas. Aparte de eso, el “DJ” puso toda la noche un Rap/Hip-Hop falso, super denso (o algo que sin duda yo no conocía) y la banda neta flipaba y armaba una especie de slam/pasito-perrón/perreo-cachalonero-de-embarazo extremadamente entretenido que yo sólo podía contemplar en éxtasis. Intenté a ratos ser partícipe del bailongo, pero sólo lograba derramar mi horrendo chupe, por lo que mejor lo dejé por la paz (el baile, no el trago, obvio), la economía y la hueva de conseguir otro. El slam era muy intenso y se tornaba inconvivible si pretendías conservar tu trago.

Cerca del final, un turbo asno con pinta de linebacker, afro de un metro y más pacheco que Snoop en Navidad empezó a aventar su Brandy al piso directo de la botella empapando a toda la concurrencia aledaña que, lejos de enfurecerse, se colocaba debajo del vidrio para ser empapada del licor de quinta. Ésa fue mi señal para poner pies. Eso y la falta de alcohol. Bueno, más la falta de alcohol, la neta. Lo que me lleva a lo único malo de toda la noche. Lo único malo, o más bien fatal, es lo mismo que en todos los lugares en el gabacho y equivalentes: te corren a las tres. Hazme el favor. A pesar de mi impecable técnica (aprendida del Chuy en el Bull) de pedir doble trago en cada viaje a la barra, el corto tiempo de estancia sólo permite el consumo de cuatro o seis tragos, tamaño infantil además, con lo que OBVIAMENTE no se consigue nada de nada. Es más, justo cuando por fin estás ya medio contentito, te sacan a gritos, insultos y empujones. En México te prenden la luz gradualmente, te ofrecen un último trago, te ponen el que tienes en un vaso de plástico… Una belleza. Allá te quitan tu trago, lo tiran y te amenazan con llamar al SWAT, la policía montada y hasta a la migra; todo a gritos, obvio. Hasta la peda se te baja inmediatamente, sales paniqueado, llorando y mentando madres.

Pero bueno, una GRAN noche all and all.
#ThankYouCanada