Prólogo (choro panbolero medio denso, se lo pueden saltar si no son tan clavados):

Hace unas semanas fue la última fecha de las eliminatorias mundialistas con lo que, a reserva de las repescas, las inscripciones ya se cerraron para Europa, América, Asia y Oceanía. Faltan los africanos, pero pues… equis. Se dieron algunas sorpresas -unas más amenas que otras- y algunas potencias firmaron por fin su boleto a Rusia. La más amena evidentemente fue la eliminación de Holanda. Justicia divina, sin duda. Por gatos. En cambio los franceses, portugueses y argentinos -eternos semi favoritos al campeonato- pudieron por fin amarrar lugar. La eliminatoria en Conmebol (Sudamérica, salvo las Guyanas y Surinam. Que, por cierto, nunca he entendido por qué no los invitan a nada a esos pobres. Entiendo que sean semi colonias todavía y pues… nadie los quiere, obvio; pero hay algunas otras semi colonias que sí concursan en competencias internacionales, no sólo de soccer, como Gibraltar, Montserratt y Nueva Caledonia (lugares reales, si no me creen, Googleen). Pero bueno, así es. Y ellos no se quejan, aparte.) estuvo más que cardíaca y todo se decidió en el último minuto; menos el Scratch que pues… es el Scratch y estaba calificado desde hace meses. Messi (no Argentina) le puso un baile DE TERROR a Ecuador a domicilio y con eso se metió directo; Uruguay hizo lo mismo con Bolivia con el mismo resultado; Venezuela y Paraguay… ni me acuerdo, pero daba lo mismo, estaban básicamente fuera ambos; Colombia empató de milagro en Lima con lo que se clasificó también; ¿y el Scratch?… destrozó a Chile en Sao Paulo y los dejó fuera del repechaje, siquiera. Por otro lado, en Concacaf (América del Norte y el Caribe) Honduras nos ganó con un gol en falta y otro en fuera de lugar, con lo que se metieron de panzazo a la repesca (que la neta se les perdona porque donaron parte de las entradas de ese partido a las víctimas del #19S); los gringos perdieron en Puerto España y quedaron rotundamente fuera de la competencia (causando una pérdida de más de $200 MDD en puros derechos de transmisión en su país) y… PANAMÁ LE GANÓ A LOS TICOS con lo que se metió a su primera Copa del Mundo de la historia. Todo este choro súper clavado viene a esto: Panamá va a su primer Mundial. Bueno, no a esa situación tan particular, obvio; pero sí a lo que significa y ES el soccer. Sobre todo en los países latinos; y más específicamente aún en Sudamérica. (Al pie el link para escuchar la narración del comentarista panameño cuando meten el gol de la victoria y pase directo al Mundial). Minuto 87, el todo o nada, drama absoluto. La persona no podía ni hablar por más que intentaba. Sólo gritaba “¡Gol!” una y otra y otra vez, cada vez con más emoción y menos voz. “¡Gol de Panamá, gol de mi país!” De las narraciones más emocionantes que puede haber en la vida. Porque los deportes son mucho más que “sólo un juego”. Porque quien piense que son “sólo un juego” no sabe NADA de la vida. No sabe NADA del mundo. No sabe lo que es cantar el himno de su país junto a otros cien mil aficionados al unísono, o el Cielito Lindo, o el “Olé”. O gritar un gol como si su vida dependiera de ello. No sabe lo que es sentir el estadio temblar bajo sus pies con la porra local (y temer un poco que se vaya a colapsar, la neta). Yo no veo las ligas locales (ni de México, ni de ningún otro lado) y no me importa quién gane ni quién pierda, pero cuando juega mi país… ¡Agárrenme, que mato a alguien!

Hace cuatro años, en la eliminatoria para el Mundial de Brasil, vi en el Chili’s de Gran Sur (ahí chambeaba, no me juzguen. (En Gran Sur, no en Chili’s, no me jodan)) el partido de Mi Selección contra Panamá en que mi gallo, Jiménez, clava EL gol de chilena que nos mantuvo con vida para luego clasificar con ayuda del buen Zusi. Estaba con mis socios los gadget-eros, un cuate argentino y mi mujer. Yo estaba ya de un humor VERDE con toda la situación de la eliminatoria cuando cae el pedazo de gol. Agarré a golpes la barra (barra) del lugar con toda mi alma unas ochenta veces, gritando como coco enajenado. Los pobres de mis socios que no me conocían tanto casi lloran de terror y se van. Mi mujer y mi cuate como quiera ya sabían; pero los otros dos incautos… neta la sufrieron. Bueno, ¿cómo te explico que si no se rompió esa pendeja barra es porque neta estaba hecha de adamantium reforzado? Justo por esa razón a la Selección nunca se le puede ver en lugares públicos. El mobiliario aledaño y desventurada concurrencia siempre corren el riesgo de ser pulverizados. Muy de preferencia se le tiene que ver en la comodidad del hogar y en compañía de los más cercanos, únicamente. Por cualquier cosa.

En México los estadios se medio llenan todos los partidos y por ende siempre es folclórico y entretenido ir, pero en Sudamérica… Te encargo. En México pueden ir las mujeres, los niños, los viejitos, los extranjeros y quien sea sin tanta bronca; salvo incidentes aislados en ésta o aquella barra, pero en Sudamérica… Te encargo. En México puedes llegar al estadio (literal), entrar civilizadamente, buscar tu lugar asignado, estar sentado, chupar… ¿En Sudamérica? Te en.car.go.

Y ahora sí…

De las Miri-aventuras en Barranquilla, Atlántico para ver a Los Cafeteros VS La Verdeamarelha en partido oficial, eliminatorio para Rusia 2018

Septiembre 5, 2017. Fecha 16 de 18 de la eliminatoria de Conmebol.

De entre todos los lugares a los que he ido -que ya son algunos- nunca me había tocado estar al sur de Panamá y ya era más que necesario. Medellín fue la primera parada y un gran lugar definitivamente, pero ésa es otra historia y para otro momento. De cualquier manera, la mayoría del tiempo estuve excesivamente crudo como para deambular demasiado por la ciudad. Lo único que diré es que el aeropuerto está ridículamente lejos de la ciudad y es una lata infinita llegar a ella: una carretera hecha con las patas y obvio taxistas ratas que te quieren cobrar una fortuna por llevarte, adicional al vuelo de por sí larguito, hacen que sea un mini suplicio llegar al centro. Afortunadamente yo iba ya medio coacheado y sabía que lo máximo que hay que pagar son sesenta y cinco mil pesos colombianos. ¿Cuánto es eso? Ni idea, pero no tantísimo como suena: Por cada dólar te dan chingo mil pesos colombianos. Lo que sí nos incumbe es mi decisión a media estancia de ir a Barranquilla porque jugaban los locales contra Brasil en lo que debía ser (y fue) el partido del año en Colombia; y además fecha decisiva para ellos. Perder ese partido significaba poner un pie y medio fuera de la contienda. Después de mucho buscar vuelos sin éxito, decidí volar a Cartagena y de ahí manejar a Barranquilla porque los vuelos eran considerablemente más baratos Y… que todo indicaba que Barranquilla es un hoyo. Y lo es. Contra que, por supuesto, Cartagena venía con altísimas recomendaciones.

Desde el avión a la playa, la mitad de los viajeros tenían ya facha de ir al estadio en el mismo plan que su servilleta por lo que me dio buena espina. Llegando a Cartagena, me lleva el taxi al hotel que había reservado la noche anterior y ¡Santo Cristo el hotel! Por relativamente pocos pesos colombianos tenía yo un hotel de veinte mil estrellas: Rooftop con barra completa y alberca, vista al mar, a la parte moderna de la ciudad, al fuerte, restaurante ultra gourmet con catorce estrellas Michelin… Un asunto fuera de control. Cartagena en general un sueño, definitivamente. Al día siguiente, en lugar de ir a un tour a la Isla Barú que me recomendó mi conserje (sí, tenía conserje, evidentemente) que sonaba paradisíaco, me atavié con mi jersey verde del Mundial de Alemania (a mi gusto el mejor que hemos tenido) del Tri de mi corazón, y fui de vuelta al aeropuerto (no, éste no estaba lejos, ése era el de Medellín, ¡pon atención!) a rentar un coche según yo para ir a Barranquilla manejando y así poder asistir al partido. Ya en el taxi, éste me dijo que él me podía llevar hasta allá y obviamente le tomé la palabra ahí mismo. No me encantaba la idea de tener que hacer small talk dos horas con un taxista colombiano (que ni entiendo lo que dicen a ratos. En las mujeres suena cachondo y sexy de a madres por lo que da igual no entenderles: a todo hay que decirles que sí y listo, como a TODAS; pero a los hombres sólo no se les entiende y qué hueva), pero pues… iba a poder chupar en el estadio. Y eso mata todo. O eso pensaba yo. Iluso. Y asno.

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El partido era a las tres y media. Llegamos a Barranquilla a eso del mediodía. La ciudad entera era un congal. Primero porque -como me habían advertido- es un hoyo; y segundo porque, como si fuera Santa Úrsula Coapa en día de América – Pumas, los revendedores, franeleros y demás escoria parásita, tercermundista hacen de las suyas cinco kilómetros a la redonda del estadio y colapsan la ciudad completa. Fuimos a la oficina de correos por los boletos (que le había yo comprado a un cuate que vive en Cali y me mandó por mensajería) hasta un rumbo todavía más pinche y regresamos al estadio cerca de la una. Súper buena hora, según yo. ¡Hasta para entrar al Coloso es muy buen tiempo llegar dos horas y media antes! Mi conecte no me quiso vender sólo un boleto por lo que le compré los dos que tenía y el plan era vender el sobrante en la entrada. Tan pronto llegué al estadio, el taxista me hizo de intérprete español-colombiano para que pudiera vender el boleto sobrante (a un colombiano honrado y de a pie, no a un revendedor paria; primero lo tiro al caño que vendérselo a uno de esos delincuentes) y en cuestión de segundos recuperé mi feria, más como cien mil pesos colombianos.

Me deja el taxi tan cerca como fue posible del inmueble y empiezo a caminar hacia donde iba todo mundo. Oigo que me gritan, volteo y el taxista me dice que cuide mis pertenencias. Extraordinario. Pasaporte mexicano, cartera, boleto y cel a los chones. ¡ALV! ¡Si me los quieren quitar, me van a tener que encuerar! Que más tarde unas colombianas sinquehacer, simpatiquísimas y la neta semi monas estuvieron a dos de intentarlo… pero puse pies antes de que me acorralaran e hicieran de las suyas. ¡Esa juventud de ahora!

Veo la puerta Norte del estadio y voy y me formo, como persona decente y ordenada que soy. Un gentío queriendo entrar. Habríamos unas cuatrocientas, quinientas personas repartidas en unos doce torniquetes. Y aunque no estaban dejando entrar, pensé que no podían tardar tanto y decidí esperar. Faltaba todavía más de una hora para que empezara el partido y no pensé que fuera a haber tanta bronca. Entre el calor tercermundista que hace en ese pueblo, los vendedores de agua, chela y demás refrigerio; policía montada y “cuidadoras de cinturones” (eso existe, no pregunten), el ambiente aparte de pegajoso y maloliente, se estaba tornando peligroso. La banda se estaba empezando a desesperar y la policía montada estaba siendo reforzada con la antimotines. Escudo, casco tipo SWAT, plomo serio y todo el kit completo. ¡Qué belleza! Comencé a cuestionarme si buscar otra puerta de entrada o quedarme en la mía, arriesgándome a que estuviera igual y aparte quedara yo hasta atrás de la cochina fila, de por sí larga. Al poco tiempo, la gente de hasta adelante comenzó a emprender la retirada a regañadientes y a anunciar al resto de nosotros que ya no dejarían entrar a nadie, que porque “el estadio ya estaba lleno”. ¿Cómo maldita sea es posible eso? Obviamente en ese momento decidí ir a buscar otra puerta con la esperanza de que fuera diferente la situación por allá. En el camino a la siguiente puerta fue que las colombianas sinquehacer me abordaron y, entre halago y halago, me querían ayudar a encontrar la forma de entrar al estadio. Una patrulla estaba ya anunciando con altavoz mis sospechas pero de todas formas quería ir a verlo personalmente. ¡Ya estaba allá! Llegué a la Puerta Oriente y estaba mucho peor. Había una turba iracunda desbarrancada ya insultando de frente a la policía antimotines en un espectáculo digno de “300”. “¡Esta noche cenamos en el estadio!” y todo. Sin ningún ánimo de terminar en el bote en Barranquilla, Atlántico, decidí mejor emprender la graciosa y, con ayuda de mis groupies colombianas fungiendo de intérpretes, me trepé a un taxi y me pelé. En lo que una de ellas negociaba el transporte, otra me ayudó a intentar vender mi boleto para no perderle todavía más lana a mi viaje pero, dada la situación de la entrada al estadio, nadie me quiso dar ni la cuarta parte del costo del boleto, por lo que mejor lo conservé como souvenir agridulce. Poco antes de salir de la ciudad vi un bar suficientemente civilizado y cordial para ver el partido, por lo que pedí al chofer que mejor me dejara ahí. Mínimo ver el primer tiempo del mentado partido y así no llorar todo el camino de regreso, sino sólo la mitad. Cae el gol de Willian (así, con “N” al final, no me lo estoy inventando, así se llama esa persona) terminando el primer tiempo y el bar era un cementerio. Fondeé mi Club Colombia, pagué chorro mil pesos colombianos y me escabullí silenciosamente del lugar, me trepé a otro taxi y me fui sollozando a mi hotel.

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En el camino de regreso pasamos por varios poblados carreteros y en todos el ambiente era el mismo: familias enteras sufriendo el partido en el porche, en la sala, en la azotea o donde se pudiera. Sudando la gota gorda. Seguido era la única tele en cuadras a la redonda por lo que la gente abría sus puertas y organizaba sillas improvisadas con troncos y llantas para que todos los aldeanos pudieran unirse al avistamiento. Ya fuera con el número de James, del Tigre o del Pibe Valderrama, ni una persona no usando el jersey amarillo, de local. Aldeas enteras vestidas de amarillo, reunidas frente al televisor viejo de la miscelánea para no perder de vista un segundo a la selección de su país. ¡Como debe de pinche ser, carajo! Antes de tomar la autopista, pasamos por otro poblado y cayó por fin el gol de Falcao. El silencio espeso de la selva se transformó en grito de emoción y furia y pasión y orgullo. Si de por sí ya me había dado chorrillo triple del coraje haberme quedado afuera del estadio CON BOLETO EN MANO… ahora que metieron gol, y el del empate además… Casi me regreso al estadio a dar portazo yo solo. En fin. Me dio mucho gusto por mis conocidos colombianos, eso sí. Me dormí todo el resto del camino (o hice como que dormía) para evitar el small talk y el dolor de panza del berrinche. Llegué a mi pueblo ya de noche, obviamente; verde de coraje por no haber ido al tour de la playa NI al dichoso partido. Cual can bi-torta.

Tengo dos teorías acerca de lo que pasó ese día en Barranquilla. Y como me imagino que pasa seguido, pienso que era responsabilidad del asno conserje haberme dicho que me fuera al estadio con seis horas de anticipación. Pero bueno, pasa. Una: sobrevendieron las localidades y se llenó en cinco minutos, dejando a los que llegamos más tarde sin lugar; cual las pinches ratas de Aeroméxico. O bien mucha gente logró meterse con “boletas” falsas. Lo cual apesta más aún. Creo. No sé qué me enferma más. Calamidades tercermundistas, sin duda. Alguna vez en el Azteca me tocó tener que correr -so pena de ajusticiarlo a trompadas- a un malnacido submental que se había apañado mi asiento y el de mi mujer… pero nunca había yo escuchado de un percance de tal magnitud en un evento profesional. Espero que no sea algo recurrente en Colombia, pero podría apostar a que sí. De hecho, me sorprende sobremanera que en México no pase.

Llegué a mi hotel después de desperdiciar toda la mañana y la tarde. Decidido a sacarle provecho a lo que me quedaba de tiempo allá, me duché, me abandoné, me aderecé y salí a cenar a un lugar divino, cruzando la calle, con vista al mar, antes de salir a hacer lo que hago mejor: prenderla hasta que amanezca. En algún punto rumbo a la rumba, un par de colombianos raperos freestyle-eros se me acercaron con un boombox noventerísimo y empezaron a rimar en busca de remuneración económica. Debo decir que se la ganaron a pulso los paisas. Me empezaron a decir que me veía “más fuerte que Van Damme, más galán que Brad Pitt y más millonario que Pablo Escobar”. Y aunque los dos primeros YA QUISIERAN para un “Holiday on Ice”, la intención es lo que cuenta y se ganaron una propinaza, evidentemente. La prendí como Dios manda y al día siguiente me aventé la travesía más sin-sentido en años: Cartagena-Bogotá-Medellín-CDMX en cuestión de como dieciséis horas.

Enorme viaje a Colombia, sin duda. Soy fan. Regresaré sin falta en cuatro años que se arme la eliminatoria para Qatar. Esta vez llegaré al estadio a desayunar y de jeans con bolsas de zíper, definitivamente.

En una nota al margen: Ver el soccer en compañía de sudamericanos es lo mejor en AÑOS, pero si pueden ser argentinos, mejor. No se lo pierdan. Pídanle a su argentino de confianza que los invite a ver a “La Albi” alguna vez. Luego me dan las gracias. Y ahora que se viene el Mundial, BUEEEENO.

#GraciasColombia
#GraciasBonas 😉
#BenditaConcacaf
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