Han pasado ya más de veinte años desde la última vez que vi a Catalina Hermes Morano. Veinte. Dos décadas ya desde ese día en el aeropuerto en que juramos no volver a vernos, no volver a hablarnos, ni escribirnos. Como si fuéramos enemigos. Y lo éramos. Porque tanto yo era ese villano de telenovela que desapareció una semana antes de la boda e hizo un cagadero, como ella era la bruja castrante que me gritoneaba cuando dejaba un calcetín fuera de su lugar. Veinte años de ese día en el aeropuerto en que nos despedimos, maleta en mano, sorbiendo mocos y aguantándonos lágrimas que revelaran sentimientos prohibidos; con sendos Ubers esperándonos en la calle, causando tráfico y desesperanza. Veinte años de ese día parteaguas donde me vi obligado a cambiar para siempre mi vida, mi discurso y mi go-to fantasy para cuando ya quiero y/o tengo que terminar. Aunque eso último llevó más tiempo. Mucho más. 

Después de ese día vinieron una serie de giros, hitos y situaciones importantes que me han traído a este momento en mi vida en que -ahora sí- voy a necesitar los Santos Óleos, que me atestigüen onda Mad Max y me pongan una moneda en la boca para el buen Caronte, por las dudas. Llevo cuatro libros, tres exesposas, dos hijos ilegítimos y, para no variar, una conciencia más negra que Seal. Y eso es a lo que quiero llegar con ésta, mi última carta, para quien quiera que sea. Porque es para todos: Para Catalina Hermes Morano, la primera ex señora Javier Miranda; para Verónica, la segunda; y para Angélica, la tercera. Es para mi hijo con Estefanía, del que, por más, no logro recordar su nombre (maldito Alzheimer), pero que, aunque no estuve para él cuando lo necesitaba, quiero que sepa que es de ascendencia Miranda y eso le da no sólo alcurnia y estilo, sino ojo verde que derrite mausoleos y sonrisa Colgate que mueve montañas. Es para ese hijo más que probable, que nunca conoceré (bendito Dios), mitad ruso, polaco o de quién sabe dónde rayos, de la meserita sospechosamente amable del Kempinski de Moscú; y para todos los demás bastarditos que haya por el mundo. Es para mis jefes, que lo han aguantado todo: mis idas y venidas, mis desfiguros y desvaríos y, más importantemente, tres nueras a las que siempre quisieron como a la primera. Es para mi hermana que siempre estuvo pendiente de que no me metiera en demasiado predicamento y me quiso y rescató aun cuando lo hice. Finalmente, es para ustedes, lectores necios que acusáis a la mujer sin razón. Y que me acusáis a mí también, pero con algo de razón. Para ustedes lectores que me han leído en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, y en el drama y en el cochambre. Espero haberlos entretenido o, aunque sea, haber hecho sus evacuaciones aunque sea un poco menos tortuosas. 

Es en parte una disculpa, un agradecimiento y un reclamo, todo a la vez. A quien le quede el saco. A Catalina por todas esas noches que llegué de madrugada, ahogado y cubierto en brillantina; a Verónica por no rescatarla de esa manada de leonas que, según ella, fue a acariciar en el Serengueti, como si hubieran sido perros callejeros; a Melinda por casarme con su hija, Angélica; y a Angélica por haber abandonado el gimnasio y volverme el bodrio sedentario y mujeriego que siempre debí haber sido. Por otro lado, big shout out para Estefanía por no enjaretarme a la Criatura y por siempre oler a lo que deberían oler la Elegancia y la Lujuria; para Paulina por soportarme (y amarme con locura y pasión desbordante, como yo a ella) aun en mi versión más estrafalaria y menos rimbombante; y para todas las demás que, aunque no las podemos nombrar una por una, so pena de estar aquí toda la mañana, sépanse queridas y extrañadas. El único reclamo será uno general: a mis amigos, los peores amigos que alguien puede tener. Afortunadamente para mí, con el tiempo aprendí a chupar solo (a ratos con la esposita en turno, cuando había) y pude prescindir de ustedes. Porque de lo contrario… ¡Gracias por nada, culeros! 

Estoy viejo y moribundo y quiero que sepan que aquí, en mi lecho de muerte, compuesto de una cama sola, una botella semi vacía y pesadumbre para aventar; he descubierto que no hay maldad más pura y más inexorable que el Tiempo. Así, con mayúscula y todo, que es nombre propio. El Tiempo es el verdadero enemigo de la humanidad. El Tiempo todo lo oxida, corroe y mutila. El Tiempo nos impide viajar, conocer y explorar. Y no estoy hablando de viajar a otros países, estoy hablando viajar VIAJAR; a lugares que realmente cuenten. El Tiempo nos aplasta como los gusanos que somos. Que son ustedes. No hay nada ni nadie que esté exento de su ratonera existencia y manipulación. El Tiempo es el responsable de que éste, su escritor favorito, tan ilustre como fantoche, poseedor de la más espectacular galanura, sabiduría y, sobre todo, sencillez; vaya a perecer el día de hoy, con arrugas en la cara, canas en los huevos (que, aunque siempre rasurados, tendrían hipotéticamente) y piedras en los riñones.  

Viajen, beban y cojan todo lo que puedan mientras puedan, que eso nadie se los quita; y lo demás, aunque sí aporta, no es sino betún. Yo me arrepiento de más cosas de las que les puedo decir ahorita, quiero o puedo acordarme, pero de ésas tres…