Vegas no es para cualquiera. Es un lugar hostil, tanto física, como emocionalmente; sin mencionar el obvio aspecto económico. Es un lugar brillante, de luces que no paran, de gente que no para, de fiesta que no para. Es un lugar amenazante, de altibajos truculentos, subibajas agotadores y vaivenes cochambrosos. Un día puedes ganar una fortuna en el casino, ligar a la primera en el antro y amanecer entero, con la cartera rebosante y una dama hermosa a tu lado; y al siguiente puedes perderlo todo, no ligar ni una morsa y despertarte corriendo a vomitar todo el alcohol del día anterior, implorando una muerte rápida. Ya les he contado de las veces que gané, que conquisté y que desperté como rey. Hoy les voy a contar de las otras veces –las menos – en que perdí, que struck outié y que me quise morir. Porque hasta a mí me pasa. Agárrense.

Son las tres de la tarde y estoy mi cuarto en el Cosmo. La luz entra discretamente por una rendija de cortina mal cerrada, pero me da justo en la cara y me está empezando a encabronar. Afortunadamente, la noche anterior no llegué a dormirme y sólo me desmayé sobre la cama, por lo que, hasta ahora, la luz no había sido tema. Cuando te desmayas el sol no te incumbe, ni tú a él, no existen el uno para el otro, son indiferentes.

En el piso está mi ropa: una camisa verde, de garigoles rojos y amarillos, con los botones desperdigados por todo el cuarto; al parecer me la arranqué, cual Superman ebrio, seguro por no poder desabotonarla en mi estado poco conveniente. Junto a ella están mis pantalones de casimir azul francés, ya sin cinturón, sin cartera, pero con un calcetín todavía adentro. No entiendo bien cómo sucedió eso. El otro calcetín, morado, de rayas azul cielo, está en el lavabo del baño, hecho bola; todo indica que lo aventé maldiciéndolo por no poder zafarme del primero. Mis calzones, trusa tradicional, pegaditos, verde chartreuse para hacer juego con la camisa, no están a la vista; quizá perdidos entre las sábanas deliciosas de la cama vacía en que fui a parar después de ahuyentar uno, dos o hasta tres ligues durante la noche, por borracho de cuarta.

En la mesita de noche está mi cartera, pobrecita. Cero dólares, cero pesos, cero centavos, cero dignidad; en cambio sí contiene varios tickets del casino, cada uno más grave que el anterior, me quiero morir. Ninguno del antro, eso sí, bendito Deus. Siempre no parece que haya ido de antro. Desperté solo y en mi propia cama, así que todo apunta hacia esa conclusión por ahora. Extraordinario. Junto a la tele está mi reloj, el viejo TAG que me regaló mi jefe, ése que compró en Toronto hace cuarenta años, ése que me regaló cuando cumplí veinticinco y que estuve varias veces a punto de perder en Cartagena, el año pasado. Tengo que empezar a salir sin reloj, me muero de preocupación en las mañanas. El pasaporte, por otro lado, no aparece; lo mismo una de las tarjetas del banco. ¿Qué les habré hecho?

Me pongo de pie como resorte, corro al baño, me hinco frente al Dios de Porcelana todavía encuerado y descalzo, y vomito por la nariz una mezcla de chupe, pizza y poca vergüenza. Nunca había vomitado en la Cruda. Nunca lo he vuelto a hacer. La noche anterior, después de perder hasta la risa en algún casino, pasé por pizza al lugar frente al hotel y me embuché tres pedazos en seis minutos antes de subir a mi cuarto y drunk-textear a medio mundo antes de desmayarme. Seguro dejé la tarjeta en el tugurio aquel. O el pasaporte. O ambas. Al rato hablo. Me limpio el vómito de la boca, de la nariz y de las piernas, y voy por agua al lavabo. Bebo como si hubiera pasado dos semanas en el desierto sobreviviendo de mis propios orines. Me meto a bañar y me tiemblan las piernas, apenas puedo estar erguido. Homo erectus de milagro.

Salgo de la regadera y me pongo lo primero que me encuentro en el cajón de la ropa limpia. Antes de salir del cuarto me vuelvo y reviso los tickets que había tirado al piso para ver si hay algún indicio de dónde estuve la noche anterior. Que sirvan de algo todas esas movies de Bradley Cooper. Hay tres casinos diferentes, bares de otros dos y el lugar de la pizza, pero ninguno del teibol de Amber. Creo que no fui tampoco allá, fue pura apuesta, al parecer. Seguimos de gane. Bajo y me formo todavía temblando en la fila para el taxi, hay cinco Celsius afuera, me estoy helando, hubiera traído una chamarra, carajo; se me olvidó que era invierno y estoy en el desierto.

Me subo a un taxi con un chofer negro y acento africano, le pido que me lleve al primero de los casinos en orden geográfico ascendente: el Treasure Island. El taxista insiste en hacerme plática, me cuenta que es de Somalia y se sorprende que me sé su capital, su principal actividad económica y su Producto Interno Bruto. Sé más de su país que él. Se siente mi mejor amigo. Le doy dos dólares de propina, de los que me quedaban en la caja fuerte del cuarto, y lo escucho refunfuñar en somalí. “Lo siento, bro, de milagro me queda lana para destruirme el cerebro hoy y no traigo ya la tarjeta”, pienso en silencio. No me remuerde para nada la consciencia. Voy a preguntar aquí e ir regresando a mi hotel por dentro de los demás, preguntando en cada uno si están mis cosas. Y ruégale a Dios.

Llego al casino del T.I. y, aunque sí me reconoce la niña de Seguridad, no tiene mis cosas ni están en el Lost and Found. Según ella, me senté tambaleándome en una mesa de Three Card Poker a eso de las seis y media de la mañana y me quedé platicando con la dealer hasta que terminó su turno, a las ocho. Al parecer estuve llore y llore, neteando a moco tendido con la tal Tara, una dealer de Denver. Qué oso, pélate. Siguiente hotel. Y siguiente, hasta que aparece el pasaporte en las Cosas Perdidas del Bellagio. ¿En qué maldito momento estuve en el Bellagio? El documento está todo mordisqueado, seguro me agarró la Serpentina. Espero no tener la boca deshecha; me paso la lengua por los cachetes y las encías y no tengo ninguna herida nueva. Seguimos de super gane ahora sí: apareció el pasaporte y no hubo Serpentina. Genio y figura. Chingue su madre la tarjeta, deja hablo a cancelarla. Listo, problema resuelto.

Le escribo a mis amigos y nadie contesta, sólo Mario, que está chupando en el Piano Bar del Bellagio, aquí mero, pues de una vez. Él lleva ya dos horas aquí, solo como perro abandonado porque Carlos, su roomie, sigue con el ligue de anoche en un girlfriend experience super espeso, espero que no le dé anillo. Mario ya no puede ni ver de la peda que trae. Son las cinco. Pide otro martini a la mesera octogenaria y uno para mí. No he comido nada en todo el día y es la peor idea. Ni cómo ayudarme, venga ese martini. Bombay, seco, sin ensuciar, dos aceitunas. Hago gárgaras con la ginebra para quitarme el sabor a vómito. Nos lo terminamos, y antes de levantarse e irse, pide una botella de vino de ochocientos dólares que me enjareta sin remordimiento alguno. Para mi fortuna, Galleta, otro de nuestro comité, viene llegando. Despertó en el Treasure Island, rodeado de mujeres y hombres encuerados todos, y está buscando algo también. Pero lo que Galleta busca no se puede encontrar; o no físicamente, por lo menos. Lo que Galleta busca es paz espiritual, paz mental, paz y tranquilidad. “Pobre iluso, es Vegas”, le digo con la mirada. Él entiende el mensaje y se sienta y pide una copa para compartir el vino. Nos emborrachamos juntos.

Terminamos la botella de sumo agrado y buscamos un lugar donde comer. Pido unos huevos benedictinos y una cuba doble de Havana 7 mientras snapchateo con Paulina, mi eventual novia. Setenta videos de Galleta y míos hasta el dedo, intentando desayunar huevitos con cuba, pizza y helado; la pobre no puede de la risa. Habiendo terminado los sagrados alimentos nos dirigimos cada uno a sus respectivos aposentos para bañarnos, acicalarnos y empezar toda la danza de nuevo. 

La tarjeta —ya cancelada y todo —apareció intacta ese día en la noche, en otro bar diferente. Me dijo la persona que me la devolvió, un chicano con jersey pirata de los Raiders, que yo se la di para que consiguiera chupe y desaparecí antes de que regresara.

A veces se gana, a veces se pierde.