Al día siguiente nos trepamos a la Escape y fuimos al Sótano de las Golondrinas. Como a la hora de manejar por terracería extrema le preguntamos a un incauto peatón que cuánto faltaba para el Sótano:

“Como dos horas. O cuatro”

Silencio…

¿Qué dijiste, pedazo de imbécil!? “Como quince minutos-media hora” es un ETA aceptable. “Como tres horas y media-cuatro” también. ¿Pero “como dos horas O cuatro”? ¿Neta? Entonces o está lejos pero todavía viable, o está en casa del ultra carajo y mejor luego vamos. ¿No? ¡¿Qué clase de asno te da un estimado de dos horas… o el doble?! Llegamos más bien como en una. Pero equis. Ese tipo de calamidades pasaban en un mundo SIN Waze. A la fecha no entiendo cómo llegábamos de un lado a otro. Y peor aún en territorios tan inhóspitos como ésos.

Llegamos por fin al mentado Sótano y encontramos esto: No necesita explicación.

De regreso del Sótano empezaba a oscurecer. Veníamos por la misma terracería INFAME que fue la entrada y como a la mitad del trayecto caemos en un hoyo gigante y -perdonen mi francés- se descaga el cárter del motor. Des.ca.ga. Yo tampoco sabía qué rayos era eso hasta ese día. El cárter del motor es la cosa que contiene el aceite del motor y sin el cual, el coche no sirve para nada. Bueno, esa chunche se pulverizó. No se nos fue saliendo el aceite poco a poco, pasamos de tener CIEN por ciento de aceite, a tener CERO por ciento en un segundo. Apago el coche para no desvielarlo (entonces sí la haces buena) y listo. En medio de la NADA. No pasaban ni burros en ese camino.

Pasaron varios minutos donde no vimos ningún ser humano pasar por ahí. Eventualmente vimos una pick-up que venía en sentido opuesto y le pedimos que le diera aventón al pueblo a uno de nosotros. Se trepa El Enano con los aldeanos y regresa a las dos horas en una pick-up diferente y con una cadena. Amarramos la cadena a la Escape y nos remolcan hasta Aquismón, San Luis Potosí, aldea de una cuadra de largo por una de ancho, que no está ni cerca de ser Territorio Telcel. Como no teníamos señal de celular y no había teléfonos públicos en la calle, nos metimos a una papelería donde se anunciaba un “Teléfono”.

Tal cual, como en los noventa. La señorita que atendía le marcó a la aseguradora para que nos mandaran una grúa y me comunicó a la persona para indicarle el lugar exacto en que nos encontrábamos. “En la esquina del quiosco” fue mi indicación. La persona insistía en que le proporcionara una calle, un número y entrecalles. “No hay más calles, no hay números y no hay nada más en el pueblo, sólo estamos nosotros. ¡Y ya!”, le dije. “No hay forma de no vernos”.

Después de muchísimo tiempo llegó una grúa en forma, trepó la camioneta, nos subimos nosotros y nos dirigimos a Ciudad Valles, San Luis Potosí. Llegamos a este lugar y como era tarde, todos los mecánicos estaban ya cerrados. Estacionamos la camioneta cerca del taller del pueblo, cenamos en la estación camionera (sorprendentemente delicioso, con Corona oscura y todo) y nos fuimos a dormir. Resultó que el mentado cárter no se podía reparar y había que poner uno nuevo, que por supuesto no tenían y había que pedir al DF… y tardaba entre dos y tres semanas. Decidimos entonces rentar una camioneta y pelarnos de ese pueblo. La bronca fue que hubo que esperar a que hubiera una camioneta disponible en la agencia de renta de coches y eso en #provincia puede demorar bastante.

… Y la tercera vez que estuve en Tamasopo, pueblo rascuacho. Ésta última vez fuimos sólo El Enano, otra persona y su servilleta. El otro integrante que debía acompañarnos fue víctima de “Shhhhhpaaa!”, el látigo lleno de púas que tienen (son) las novias/esposas. El mero día que nos íbamos en la madrugada, nos dijo que “le había dado una infección estomacal” y no sé cuánta cosa y no podía venir. Ni un niño de tres años le hubiera comprado ese cuento mal concebido. Pero bueno…

Llegamos allá sin él y visitamos todo lo que nos había faltado la primera (segunda) vez. Empezamos el tour huasteco en las cascadas de Minas Viejas, sueño de lugar. Se nos hizo muy fácil meternos al agua a retozar como si tuviéramos diez años sin sospechar que está a punto de congelación en esa época del año. Llegamos a la conclusión de que los aldeanos, enfurecidos de que los capitalinos mamados y galanes aprovecharan sus bellezas naturales, vertían bolsas y bolsas de hielo en la parte superior de la cascada para que sufriéramos cuando nos metiéramos. #DatoDuro

Visitamos las cascadas de El Meco (así se llaman, no es choro), Xilitla y todas las demás atracciones impresionantes de por allá. Y dejamos lo mejor para el final: El Tamul. A mi gusto las cascadas más impresionantes de México. Basaseachi y El Chiflón concursan, definitivamente, pero éstas ganan. Luego vayan a todas ésas, valen muchísimo la pena. Pero el punto es que llegamos a El Tamul y queríamos cruzar el río para “explorar el otro lado” o alguna ridiculez. Y OTRA VEZ se nos hizo muy fácil cruzar cerca de la caída del agua, donde la corriente es mucho más fuerte. Brillante para variar. Antes de cruzar nos quitamos las botas y las aventamos al otro para que no se mojaran y tenerlas del otro lado de todas formas. Sin bronca. Pero de regreso… Calculo mal la distancia y no llegan. Se las empieza a llevar la corriente y decido ir tras ellas. La caída del agua estaba ya muy cerca y tanto las botas como su servilleta se empezaron a ir con la corriente como plumas. Logro medio nadar hasta la ribera y asirme de una piedra medio salida y llena de picos. ¡Chingue su madre las botas! Me prensé de la piedra POR MI VIDA, literalmente, hasta que llegó un buen samaritano a ayudarme a salir del río todo ensangrentado. Regresé descalzo ese día. Iluso. Y asno. Mis amigos me regañaron por la monserga tan infinita que hubiera sido explicarles a mis jefes y a mi mujer que me petatié intentando rescatar unas botas. Tenían un punto.

Ésa fue la última vez que me aventuré en esos parajes tan inhóspitos. Y la última que lo haré, evidentemente.

#GraciasSLP
#GraciasEnano
#GraciasMéxico
#GraciasHeroldo
#GraciasLEBB
#Desenmústiense