Viajar solo es algo a lo que hay que acostumbrarse si se quiere ser un trotamundos de semi decente para arriba, siendo soltero empedernido. Porque una de dos: o haces tus maletas y te largas a conocer lo que haya que conocer solo como perro y estando allá ves cómo le haces, o le ahorras más y le pichas el viaje a la primera galancita con método anticonceptivo vigente y salud comprobable que levante la mano. Ambas muy respetables, ambas con sus ventajas y desventajas. Mi ventaja favorita de ir solapa es hacer y deshacer lo que me venga en gana todo el día y toda la noche. Nada de ir a museos de sentimientos, nada de escuchar música de microbuseros, nada de bailar, restringir el consumo de alcohol, nada de nada. Y, por supuesto, la ventaja de ir acompañado es tener con quién Remojar tan pronto despiertas. Sólo voltearte, verter lubricante en la zona deseada y compermiso, véngache pa’cá, chaparrita. Porque si bien no es tan difícil convencer a alguien en el primer antrillo que se presente, siempre hay que considerar el tema del globito que, como ya establecimos, se complica sobremanera, ni se siente nada y así qué chiste. Prefiero dormir que aventarme todo ese trámite.

En aras de Remojar como Dios, en su infinita sabiduría quiso, a Brasil, tierra de Oh, Rey, Dinho y Gisele Bündchen, tuve la fortuna de poder pichar a una galancilla medellina, que había yo conocido el año anterior. Y antes de proseguir con la historia que nos atañe, permítanme presentarles a Alejandra Tamara González Távira. Nombre mitad inventado, mitad no tanto, así que ni se molesten. A mi Ale la conocí, como es de esperarse, y como su nombre lo indica en Medellín, hace un par de años, en un viaje que justamente hice solo. De las primeras veces que lo hacía, ahora que me acuerdo.

Después de un día de turisteo intenso por toda la ciudad, turibús, comida típica y todo lo que conlleva, decidí salir a cenar y destilar en uno de los restaurantes más de moda del pueblo, un lugar llamado Bardo, en el mero centro del barrio culinario. Hipstersón, mamalón, de bartenders con barbas y tatuajes, meseras con piercings en la lengua y comida muy quesque orgánica y demás. Ya saben cómo. Como lugar de La Roma, pero en pesos colombianos, que son una gozada. Me senté a cenar en la barra, pedí una cuba con ron local, luego otra con puertorriqueño, luego jamaicano y así con todo el Caribe. Para las once de la noche, ya había yo recorrido todos los rones de Sudamérica, México, las islas y hasta parte de África. ¿Quién hubiera dicho que los pobres africanitos hacían buen destilado de caña? Y no sólo la niña de la barra era ya mi mejor amiga, las meseras, la nana del baño y la doña de la caja también. Recuerdo haberle guiñado el ojo a la mitad del personal femenino del lugar. “Alguna cae, seguro”, pensaba. Y dicho y hecho.

A la hora que me corrieron del tugurio aquel, tipo dos de la mañana, ya habíamos intercambiado números Alejandra y yo para salir de “rumba” tan pronto ella terminara sus labores en el lugar. Al poco tiempo, ella ya perreando mano-tobillo, como sólo las paisas pueden hacerlo, en un antro tan chancloso y chacalonero, que hubiera hecho que el Rico de la Zona Rosa, parezca el L’Arc de París. Mujer voluptuosa, tanto física, como personalidadmente, nada chaparra, entaconada de buró y, para mi entera sorpresa, libre de silicón. En un país donde el estándar de belleza es Sofía Vergara y las niñas se operan hasta los párpados tan pronto pueden, encontrar a alguien que cumpla con los altísimos estándares sin el respectivo procedimiento quirúrgico, es una aguja en un pajar. No que me queje de las partes operadas en quien las tiene, ojo, chichis son chichis siempre, pero sí se siente diferente.

Con todo y que era domingo, el mencionado lugar de cuarta nos hizo favor de cerrar pasadas las cuatro, momento en el cual decidimos pedir un Uber a mi hotel para redondear la noche. Para mala fortuna suya, mía y de todos, o quizás buena, todavía no decido, mi vuelo a Cartagena salía al día siguiente muy temprano y la tuve que correr al alba de Dios, lo cual tomó con sorpresivo temple y profesionalismo. Siempre se agradece. Muy versada en las prácticas civilizadas y adultas de la gente bien a pesar de ser sudamericana y medio pueblerina. Bien ahí, puntos para ella.

Ésa fue la última vez que la vi antes de invitarla a pasar diez días conmigo en Iguazú y Río. Y vaya si funcionó. Agárrate.

Yo nunca compro un solo ticket para nada. Si voy a comprar boletos para un concierto, una exposición o un partido, compro dos, por lo menos. Luego veo a quién se lo vendo, a quién se lo regalo o qué le hago. Si es niña y tengo alguna posibilidad de recetármela algún día, por remoto que sea, le regalo el boleto sobrante de sumo agrado, de lo contrario, lo voy a revender o dejar que se pierda. Primero lo tiro por el escusado que reglárselo a un cuate. Ellos, a pesar de que por años les he pichado pomos enteros, taxis, Ubers, Privados y de todo, nadie de ellos ha sido nunca para invitarme ni una cuba en su rete miserable vida, ¡se van al caño!

Por eso fue que, cuando vi que todavía había boletos para cuartos de final de Copa América en Maracaná, decidí comprar dos y después preocuparme de quién sería mi acompañante. De preferencia mujer, de preferencia de siete para arriba y, de manera indispensable, como ya establecimos, con método anticonceptivo vigente y salud comprobable. El boleto del estadio ya estaba cubierto y los hoteles también, sólo tendría que comprar sus boletos de avión y ¡vámonos!, el mejor deal en años. No pasaron ni dos minutos que Alejandra me dijo que ella se apuntaba. Con todo y que no nos habíamos visto más que una sola noche, hacía dos años y en otro continente. Eso es espíritu deportivo y no pedazos. Puntos para mí, puntos para ella y para todos, somos un sueño.

Ahora, si bien el Cono Sur es lugar de cuidado (y a esas longitudes tan tercermundistas más), ese día y durante ese viaje descubrimos que Brasil, con todo lo inestable y sospechoso que llega a ser a ratos, es, además de un lugar espectacular, bastante seguro y recomendable. Se me había advertido de no deambular demasiado tarde, no andar solo, estar pendiente y demás, pero, por lo que vi y sentí, no pienso que sea mucho peor que el Centro del bonito Distrito Federal, por ejemplo. En ningún momento nos sentimos inseguros ni amenazados. Tampoco es que nos hayamos ido a meter a las favelas ni mucho menos, pero sí estuvimos fuera hasta tarde y hasta el dedo todos los días.

Iguazú es la maravilla natural más espectacular del mundo. Y no lo digo a la ligera, si tienen chance de ir allá algún día, háganlo ya. El vuelo a Brasil es larguito, pero ya estando allá, todo está regalado y bien organizado. Mucho mejor de lo que esperaba, para empezar. Se puede cruzar al lado argentino en taxi sin ningún problema y vale muchísimo la pena. Dedíquenle por lo menos tres nochecitas a las cascadas, que es mucho lo que hay que ver y muy cansado también. Si necesitan hotel, el mío estaba divino y, por lo que era, una ganga: Wish Iguazú.

Río, por otro lado, una ciudad cabrona. Me da la impresión de ser similar al DF en muchos sentidos, pero con la enorme diferencia de tener playa. Y no cualquier playa: Ipanema y Copacabana. Ahí nomás. Nosotros nos quedamos en el JW de Ipanema y teníamos Club de Playa, con chupe, camastros, toallas y todo el kit. Tampoco nos íbamos a ir a asolear sobre la arena, como pordioseros. Y ni qué decir de Maracaná: el estadio más importante del mundo, de cualquier deporte. Llegamos tres horas antes para que no hubiera pierde y aprovechar todo el tiempo posible en el inmueble. Ya estábamos hasta allá, queremos sacarle juguito al boleto. Nos tocó ver a la Albi contra la Vinotinto. Al Messías, pues, que era el punto de todo el viaje. Ganaron los primeros dos a cero, con uno de Martínez y otro de Lo Celso.

Espero que con el tiempo consiga una novia con la que viajar a todos los demás lugares del Bucket List y tener lo mejor de ambos mundos, aunque tenga que fingir que bailo de vez en cuando. Islandia, Japón/Coreas, y Jordania/Israel/Azerbaiyán son los más próximos. Ya les estaré contando.

#GraciasAle

#ObrigadoBrasil