Reciban de mi parte una calurosa bienvenida a la más bonita y más perfecta historia de Amor Falso que van a conocer. De ese amor falso que todo lo puede, todo lo olvida y todo lo perdona. Justo porque es falso. De ese amor falso que se puede pausar, retomar, rescindir y recalibrar tantas y cuales veces sea necesario. Justo porque tiene algo de verdadero, de verídico. Vestigios primigenios aletargados de vetusta lujuria que vociferan epopeyas magistrales a la menor provocación; y, que, aunados a una innegable compatibilidad generalizada, crean la más perfecta pareja. Tan perfecta que es repulsiva, cual polos iguales de imanes diferentes. Perfección inmaculada, perfección corrosiva y, sobre todo, perfección insostenible. Porque, aunque la compatibilidad es algo importante e incluso básico en cualquier relación de pareja, también es sobrevalorada y, en exceso, perjudicadora; como el abuso de cualquier sustancia que valga la pena.

Y si algo se puede decir de Verónica Karolina De Alva McCarthy y su servilleta es justamente eso: somos, en conjunto, una sustancia que, aunque harto vale la pena, fuertemente corrosiva, corrientona (de su parte no’mas, a mí sólo se me pega a ratos, cuando estoy con ella), sedienta, seductora, perfecta e insostenible. Como un “cachorro de San Bernardo y una perrita callejera”, sus palabras, no mías. De ésas que se la saben. Al derecho, al revés, de cabeza y parada de manos.  

Una disculpa por la alta rimbombancia de tan intrigante introducción irrisoria. De ahora en adelante retomaremos el lenguaje simplón y fluido que por lo regular nos atañe para que no se me pierdan y confundan más de lo normal, ya que esta MiriAventura es de especial interés a cualquier persona que pretenda realizar un viaje de índole similar. De cualquier manera, les extiendo la más atenta invitación a hacerme llegar cualquier pregunta o inquietud que pudieran llegar a tener al respecto. 

Después de dos años casi completos de no salir formalmente (ni de ninguna otra manera) Verónica y yo decidimos hacer este viaje utópico al Parque Nacional Yellowstone en Wyoming, que habíamos platicado e idealizado en incontables ocasiones con tragos encima, en Gabriel Mancera 867, PH1, donde se encontraba mi mapamundi (Mercator) de tamaño considerable y podíamos ver con mayor claridad la ruta a seguir, vuelos a tomar y demás parafernalia viajera. Siempre en tono futurista y sin esperanzas reales de concretarlo en ningún plazo razonable de tiempo. Años después, ambos todavía solteros, ávidos de conocer el mundo y con los recursos para hacerlo, pero sin nadie con quien concretarlo, decidimos dejar de esperar a nuestras mejores (y menos atarantadas) mitades (si es que las hay, siquiera) y darle vuelo de una vez. 

Después de comparar tiempos de vuelo, escalas, precios y rutas, encontramos que lo mejor sería volar a Denver y ahí rentar un RV (recreational vehicle) para manejar hasta el parque, donde dormiríamos tres noches y regresaríamos después para devolver el vehículo y volar a México. Seis noches en total, viajando, durmiendo y comiendo en la casita motorizada, que más adelante sería apodada entre sarcásticamente y no, la Casita del Amor (¡derrítanseme ya!). Se me prometió desde antes de comprar vuelos ni nada, desayunos personalizados, preparados con el más sincero cariño falso, que podrían constar de desde huevitos estrellados, sobre English muffins, con hamonchito y queso muenster; hasta pan-cakes y wafles belgas con frutos del bosque y auténtica miel de maple. Muy para mi sorpresa, no sólo fueron siempre así, fueron mejores. Mucho mejores de lo esperado. Y eso que no teníamos agua corriente dentro de la casita, ni el extractor de humo servía para nada; pero luego regresaremos a eso, no desesperen.

Aterrizamos en la ciudad de la milla sobre el nivel del mar, pasamos las insufribles aduanas gringas y tomamos un Uber para que nos llevara a rentar el RV. Afortunadamente no había gente antes de nosotros y nos pudieron atender sin problema, pero tomen nota, que vamos a ir sacando tips de viaje conforme vayan saliendo: 

1. Hablar el día anterior a tu llegada a la agencia para indicar la hora en la que llegas para que, aunque haya gente, te puedan atender ágilmente. De lo contrario, los tiempos de espera pueden ser hasta de tres o cuatro horas. Palabras de la señorita de la agencia.

Nos dieron los formatos a llenar, sacamos nuestras licencias, nuestras tarjetas de crédito y -sorpresa, sorpresa- mi Verónica no traía licencia. Siempre me pasa. No que me queje ni mucho menos, pero siempre me pasa. De todas formas, el plan era manejar yo todo el rato y no dejarla a ella, salvo que se pusiera loca e insistiera en hacerlo, lo cual, afortunadamente, no hizo. Nos preguntaron si habíamos visto el video institucional que nos mandaron hacía meses por mail, donde se mostraba cómo manejar y operar el interior de la máquina, a lo que contestamos de manera negativa. No teníamos ni idea de lo que nos estaban hablando. Con cara de pocos amigos, la señorita nos encerró en un cuarto, cerró las persianas, la puerta y nos puso el mentado video. Sólo no nos arrancamos la ropa con los dientes porque en verdad no teníamos ni idea de a lo que íbamos y era FUNDAMENTAL aprender lo que el video mostraba, de lo contrario… 

Así que, 

2. Es un video de media hora. Véanlo por lo menos un par de veces, unos días antes de hacer el viaje, en el avión o donde sea y se ahorran esa media horita en la agencia, que podrían ocupar manejando (o de plano, remojando en el cuartito oscuro).

Y antes de seguir con esta historia de aventura y romance, permítanme describir lo que habíamos rentado: Es una pick-up/casita que tiene todo lo necesario para albergar cómodamente a cuatro adultos y un niño (o adulto pequeño). Hasta atrás cuenta con una cama matrimonial de tamaño regular y un baño, con su escusadito, regadera y lavabo; luego viene la cocina, con dos hornillas, micro y tarja, además de refrigerador y congelador; después una mini salita ideal para destilar en la noche o, si el clima es adverso, desayunar en la mañana, misma que la mesa se hace cama individual (para niño o enano), y encima de la cabina de manejo hay otra cama matrimonial, de tamaño completo. Todas las ventanas tienen su respectiva cortina para evitar la luz del sol y que alguien más se asome al interior; y las camas también. Eso permite, en caso de que fueran dos parejas, que ambas remojen al mismo tiempo, sin que sea necesariamente una fiesta indecente de perdición y degenere. 

Salimos en compañía de la señorita a revisar el vehículo, todo parecía estar en orden, subimos nuestras chunches y emprendimos el viaje, haciendo una parada previa en el Target más cercano a abastecernos de todo lo que necesitaríamos para los siguientes seis días. Nuestro RV sí incluía los utensilios de cocina, como sartenes, cuchillos, vajilla y demás; pero no sábanas, cobijas, almohadas ni nada de ese lado; eso habría que comprarlo (y luego abandonarlo, ojo, así que compren lo más económico). Monchis, desayuno para seis días, shampoo, jabón de manos, chupe, monchis, la ropa de la cama y más monchis. Más vale que sobre. Y ahora sí: HIGHWAY TUNE (Greta Van Fleet) a todo volumen y cinco horas hasta Rawlins, Wyoming para dilucidar el plan a seguir. Sin tener reservaciones de Camp Sites en ningún lado, hoteles ni mucho menos, el plan era llegar, medir nuestros niveles de hambre, lujuria, paciencia y entusiasmo y de ahí decidir. 

Tomamos una ruta ligeramente incorrecta en algún punto y llegamos tardísimo a aquel pueblo, por lo que ya no había nada abierto y no teníamos dónde pasar la noche. Por fortuna encontramos un Camp Site donde podías registrarte mediante un sobre donde sólo apuntabas tu número de tarjeta de crédito, tipo de RV y listo, te acomodabas en el primer lugar disponible que encontraras. Tal cual. Ahora sólo hay que conectar al monstruo aquél a las instalaciones del campamento. Suena mucho más trabajoso y desagradable de lo que en verdad es. Simplemente se conecta un cable que va del vehículo a la toma de corriente del lugar, una manguera a la del agua y el tubo del desagüe se encamina al hoyo de la fosa séptica. Siendo el hombre diligente y caballeroso que soy, decidí hacerlo prontamente mientras Verónica forjaba las primeras cubas del viaje. Muy necesitadas y mejor merecidas. Una vez todo listo, nos arrancamos (ahora sí) la ropa con los dientes, sacamos el shampoo de la bolsita del Target, preparamos las toallas y abrimos la llave de la regadera. Ni una gota. Ni fría ni caliente. Ni una. Revisamos que todo estuviera en orden, lo que tenía que estar apagado, apagado, y todo lo que tenía estar prendido, prendido. Leímos las partes pertinentes del instructivo y nada nos pudo ayudar: la bomba de agua no servía, punto. Una de la mañana, en Rawlins, Wyoming, sin señal de teléfono, en toalla y a menos nueve Celsius, y el agua no servía. Bendito Deus la calefacción funcionaba de maravilla y adentro no teníamos problema, de lo contrario, nos hubieran encontrado completamente inertes a la mañana siguiente, petateados y cuchareados. Por lo menos, y cabe destacar, había una manada de venados chismoseando nuestro camper, mismos que me dejaron acercarme hasta casi un metro de ellos, lo cual nos hizo la noche. 

3. Revisen no sólo que no tenga abolladuras la carrocería ni nada así, que es lo que se revisa antes de salir normalmente. Prendan también la llave del lavabo, de la regadera, cerciórense que el calentador funciona, que el micro funciona… ese tipo de cosas. Todo antes de irse, porque una vez en la carretera o en pueblos bicicleteros, sin señal del teléfono, se complica enormemente.

A la mañana siguiente muy temprano nos levantamos y buscamos las regaderas del campamento que el video prometía en cada lugar diseñado para eso. Y, en efecto, había baños completos individuales, perfectamente limpios y con agua caliente, donde bañarse, solo o acompañado, es una delicia. Decidimos no desayunar todavía y esperar al siguiente pueblo, por lo que nos desconecté de las instalaciones del lugar y nos pelamos de ahí. En el camino, de repente nos encontramos en tierras indias. Reservas de tierra que los gringos les asignan a los pocos indios nativos que quedan para hacer y deshacer quesque como ellos quieran. ¿Y qué hay en las reservas indias? Casinos, ni más ni menos. El folclor a todo lo que da. A las pocas horas de manejar, nos topamos con el Shoshone Rose Casino and Hotel, donde, por supuesto, nos bajamos chismear y jugar un par de manos, según nosotros. Eran las nueve de la mañana y las mesas estaban cerradas, pero las maquinitas tragamonedas ya estaban bajándole la lana a las veneradas viejecitas indias, a los no tan venerados viejos raboverde de los pueblos aledaños, y a los dos o tres incautos turistas como nosotros que se habían metido ahí sólo para poder decir que conocían un casino indio. Valió cada dólar (dos, para ser exactos). 

Seguimos nuestro camino hasta un acotamiento en la carretera donde se puede uno estacionar y bajarse a hacer rutas de hiking, andar en bici, pasear al perro o lo que sea. Nosotros lo usamos para desayunar por primera vez en la Casita del Amor. Ufff! Como prometido, me hicieron de desayunar huevitos revueltos con salchicha, hot-cakes (olvidamos la miel), juguito de naranja y café sin leche, como Dios manda. Aquí nos dimos cuenta de que, así como la regadera y el agua, el extractor tampoco funcionaba; pero sí la alarma contra incendios. De milagro no desencadenaba sprinklers de agua, porque, de lo contrario, habríamos estropeado un desayuno de primer nivel; sin contar nuestras pertenencias todas mojadas. La pobre mujer salía entonces cada cierto tiempo a orear el sartén a la intemperie, para que no se prendiera otra vez la alarma. Desayunamos en la mesita de picnic de la que viene provista el RV. Situación inmejorable. 

Continuará…

#GraciasVerónica 

#AmorFalso