A Hong Kong llegué todo wakareado. Empezando con el pie izquierdo. Dormir en los aviones es algo que históricamente siempre se me ha dado con facilidad. Subo mis cosas al compartimento superior, me pongo mi cinturón de seguridad (safety first), me recargo en la ventanilla y vámonos: antes de que el aparato despegue llevo veinte minutos babeando. Pero ese día no. Ese día hicimos escala en Londres* y seguro dormí de más en la sala de espera para la conexión o algo salió mal que no hubo manera. Eso me pasa por no beber en lo que salía mi vuelo: por dormir en lugar de tomar. Si te pasas todo ese tiempo empinándote cubas dobles, para cuando te subes a la aeronave, eres un bulto ambulante, que sólo espera volver a sentarse para alcanzar el sueño. Ese día, en cambio, subí completamente sobrio, bien descansado y hasta con sombrero nuevo, hazme el favor, quién hace eso.

*(Pro tip: si van a viajar a Oriente, háganlo hacia el lado contrario. Suena counterintuitive, lo sé, pero si lo hacen al revés van a tener que hacer escala casi ineludible con los gringos. Y te encargo: cuatro horas y media a LAX, siete de fila en migración/aduana donde te tratan como terrorista y luego catorce y media a Hong Kong. Contra que, si lo haces al revés, sólo son diez y media a Londres, dos de escala y doce a Hong Kong. Aparte de que lo haces sin recoger maletas y volver a documentar de cero, que es un ULTRA paro. Hasta da tiempo de echarte una Guinness y dos o tres rumandcokes dobles. Ya se me antojaron.)

Después de ver un par de pelis en mi asiento, cenar unos medallones de filete quesque pimienta, dos micro gintónics y lavarme los dientes con harta pasta y enjuague, me fijé en el mapita interactivo y apenas estábamos sobrevolando Ucrania, alguien máteme. Con la cabina oscura para indicarle a uno que es hora de dormir y no vaya a estar jodiendo y/o consuma las provisiones del viaje, decidí que debía por lo menos intentarlo. Audífonos, tapones para los oídos, cobijita, calcetas de aerolínea y todo, no fueron suficientes para entrar en REM ni un minuto. Merodeé el reino de los sueños como Johnny Manziel la NFL: brevemente y sin ningún tipo de éxito. Cuando me di por vencido seguíamos en Ucrania. Busqué en el repertorio de mi centro de entretenimiento alguna película que pudiera tener chichis para hacer la espera un poco menos insufrible, pero ni eso se logró y me tuve que conformar con jugar Ahorcado y Buscaminas, como si fuera 1998.

Para cuando estábamos por Uzbekistán, mi vecina de asiento, una señora con más primaveras que clase, de profundo acento ruso, cara marcada como por la viruela y prosecco en mano, me hizo la universalísima señal de nasdrovia, acompañada de un ligero movimiento de cabeza, guiño incluido. Levanté el que era ya mi sexto micro whiskeysoda y brindé con ella en perfecto ruso, como del Kremlin, según yo, que había aprendido cuando estuve en tierras de Stalin y Dostoievski, por allá de 2006, cuando Italia se coronó en Alemania. A continuación, y ya medio entrado en tragos (bendito Dios) dije tan rápido y con la mayor confianza que pude todas las palabras en ruso que me sabía, que tampoco eran tantas, como unas quince, entre las cuales había cuatro nombres propios y dos groserías, lo cual ella encontró sumamente gracioso y fondeó su espumoso con otra señal de nasdrovia, movimiento de cabeza, guiño incluido. Muy contenta de que hablara su idioma, se soltó a contarme como quien habla con un amigo de años, que tenía una librería en Sochi, un hijo, dos hijas, algunos nietos, un bisnieto y que había nadado bajo el hielo del Baikal en ochenta y cinco, durante su primera luna de miel; todo lo cual tuvo que repetir después en inglés, al enterarse de que yo no hablaba pito de ruso. Así de peda ha de haber estado esa pobre. Venía sola y no tuvo empacho alguno en contarme la historia de su vida. Dura, sin duda, por lo que pude medio entender entre su inglés atropellado y su estado etílico. Originaria de Rostov-on-Don, lugar donde, por cierto, setenta y algo años más tarde, le ganaríamos a Corea 2-1 con uno de Vela y uno de mi Chícharo, y AUN así NO nos clasificábamos a octavos, con seis puntos de seis posibles. Le había tocado el comunismo con todo, la Guerra Fría y la carrera espacial, de la cual se acordaba con visible cólera. Si me preguntan, diría que incluso más que de la guerra no-guerra con los gringos. Tenía una historia muy peculiar del incidente en Cuba con los misiles y ese teatro, pero ya divagaba más de lo que contaba y no logré comprender la anécdota del todo. Tampoco le puse tanta atención. Estaba, eso sí, MAMADA con el capitalismo. Después de todo lo que había sufrido con los ridículos comunistas, no hay nada que apreciara más que poder ir a una plaza y comprarse unos Adidas, una Chanel, viajar en business y “drink in the company of a handsome young mexican“, guiño incluido.

Ya medio harto de hacerle plática a la soviética (o soportar que ella me la hiciera a mí, más bien), decidí contarle mis problemas para conciliar el sueño, con las esperanzas de que me dijera no hay bronca, chaparrito, ya no te molesto con mis historias de ruca desequilibrada. Dobló su mesita, la guardó en su descansabrazo visiblemente irritada, se quitó el cinturón de seguridad y se incorporó con tanto trabajo que pensé que se me iba a caer encima, por lo que me paré en chinga a vigilar el numerito. Cuando estuvo sana y salva, me pidió que le alcanzara del compartimento superior su maleta; una blanca, rígida de a madres, con el logo de las c’s entrecruzadas del tamaño de todo el armatoste, agarraderas doradas y un moño de peluche amarillo, espantoso, por las dudas, no se fuera a confundir. Me pidió en ruso que se la detuviera en lo que sacaba su neceser, del cual emergió un pastillero retacado de píldoras, cápsulas y hasta supositorios. Escarbó por varios segundos un compartimento etiquetado “sluchaynyy“, sacó una cosa parecida a esas vitaminas en forma de Pedro Picapiedra que nos daban las mamás en los noventa; dura, enorme y de color cuestionable, y me la dio. Take this and in ten minutes you’ll be out, darling, trust me. Me quedé viendo la piedra aquella varios minutos, y como que no me vio tan convencido de tomármela, por lo que sacó otra igualita de un compartimento diferente (probablemente sacrificando ahora sí su stash personal) y me dijo entonces take another, you’re a big man, you’ll probably need two. Muy obediente, me agaché por el micro vodka rocas que tenía ahora en la mesita, le quité las rocas para que no me estorbaran y lo fondeé tragándome la Picapiedra.

Bye.

Audífonos, tapones para los oídos, cobijita, calcetas de aerolínea y el kit completo de vuelta. Al primer indicio de andar cabeceando dije ya la hice, froté mis manos una contra la otra y me acurruqué en mi asiento, volteándome hacia el lado contrario de Irina (perdonen que haya tardado tanto en decirles su nombre). Como a los veinte minutos, en lugar de sumirme más y más en mi mundo onírico divino, sentí como si el avión se empezara a mover de arriba abajo, como en subibajas. Asomo la cara para ver la reacción de los demás pasajeros y nadie parecía estar turbado, como yo. Convencido de que estábamos dando maromas y piruetas, fui al baño a rociarme la cara con agua, a ver si mejoraba. Lejos de mejorar, fue ahora mi estómago el que hizo una maroma y wakareé una hora seguida en el lavabo y en el escusado. El reflejo en el espejo estaba más pálido que Irina, la mujer más blanca del mundo. Más acabado también. Salí trastabillándome y conseguí con Sherly, la sobrecargo que atendía nuestro pasillo, un par de micro vodka rocas “uno para mí y otro para mi nueva amiga” y, a falta de bolillo, unos cacahuates rancios para que se me pasara el susto. Antes de poder regresar al asiento, tuve que dejar los tragos en el piso y correr de regreso a vomitar el resto del chupe y las drogas de la señora. Con el tiempo me hicieron salir del bañito para comenzar el descenso, pero no por eso cesó el vómito. Sherly se peinó el avión entero en busca de bolsas de mareo y no fueron insuficientes; al parecer estaba wakareando hasta las pastillas de Pedro Picapiedra originales que me había dado mi mamá en la primaria. Terminé por sacrificar el sombrero de Indiana Jones que había comprado en Heathrow, llenándolo de alcohol sin procesar, medallones de filete quesque pimienta y helado de vainilla, ésos sí bastante bien procesaditos.

Al llegar a Hong Kong, Irina tuvo el detalle de ofrecerme otros chochos diferentes “para que me sintiera mejor, darling“, pero esta vez ya había sacado todo el chupe a la de a huevo y estaba mucho más sobrio como para saber decirle que no y contárselo a quien más confianza le tengas. Tiré el sombrero de Indiana Jones en el primer basurero de la terminal y me metí al baño para recomponerme un poco antes de pasar la Migra, no fueran a pensar que se me había reventado la bolsa de perico del estómago por ser mula del Cártel Jalisco Nueva Generación. Y dicho y hecho, justo antes de la fila: estación de termómetro para todas las Llegadas. Imaginé que, de reprobar esa pequeña prueba, los chinos no se andarían con cuentos y te deportarían ipso facto, directito ALV (incluso mucho antes de COVID, imagínate, ahora seguro te plomean ahí mismo). Ya una vez reagrupado y acicalado, pasé con absoluta confianza y serenidad el puesto del termómetro y Migración, cual magnate hongkonés. Una vez afuera, volví a doblarme de dolor y vomitar todos mis alrededores, pero ya estaba demasiado lejos de las autoridades como para que me vieran y me detuvieran. Llamé un taxi y al mirarlo noté que decía fresco, yo no sé porqué. No le di importancia y lo abordé, y me dije a mí mismo ¡casi estás en tu hotel! 

Continuará.