La profesión más antigua del mundo es, siempre ha sido y siempre será una de cuidado. Tanto profesarla, como emplearla, vivir de ella, sin ella, o alrededor de ella. Es más inerradicable que las cucarachas, menos respetada que la homeopatía (lo cual es el colmo, ya que por lo menos sirve de algo) y sus participantes, directos o indirectos, van desde el más humilde pepenador de Azcapo, hasta el sultán de Brunéi. No que éste último requiera de sendos servicios sigilosos, considerando el harem que seguro tiene a la mano. Literalmente. Pero el punto es válido de cualquier manera.

En México, las damas de compañía, en su mayoría de a pie, persiguen clientela en las esquinas de Tlalpan, empinando el buche al mejor postor —o cualquiera que aposte lo que sea —; en Vegas hay un 1-800 que te manda a tu habitación de hotel a la susodicha, como si fuera pizza de Domino’s: tiene que llegar caliente y en menos de treinta minutos o es gratis. Bueno, no gratis, tampoco, ya parece. Y como los gringos siempre serán gringos, tienen un catálogo, pronto app disponible para Apple y Android, donde uno puede ver a las candidatas y swipearlas como en Tinder para elegir entre asiática, latina, wera, enana, MILF, pelirroja, negra, marciana. Y tal cual: llegan, cobran, hacen su performance y se pasan a retirar, sin despedirse, y, en una de ésas, si no aprovechas, hasta sin despeinarse.

En Ámsterdam, meca aparente de la perdición europea, para el espectador porco versado en dichos menesteres, para el turista gringo pelmazo, más fácil se trepan en aparadores, cual bolsos o zapatos o relojes, esperando que algún calenturiento se interese en sus atributos y pague los suficientes euros para disfrutar de su compañía. Pero en Alemania, benditos alemanes, fueron un paso más allá. O, mejor dicho, más acá, más hacia el pasado. Porque que yo me acuerde, los burdeles eran cosa del pasado. Chance yo estoy mal. Chance yo vivo en un mundo color de rosa. Rosa medio turbio y lleno de caca y de soberbia carmesí, pero de tintes rosados, a fin de cuentas. Porque el concepto de burdel per se, como que se antoja Victoriano. De esas calles de Londres a finales del XIX, donde Jack, el Destripador, iba de casa en casa destazando banda; donde las calles estaban llenas de ratas, niños muertos y comida echada a perder. O más que Victoriano, a lo mejor anterior, como de los piratas. De San Juan, Puerto Rico; de Antigua y Barbuda o Santiago de Cuba. De algún lugar paradisíaco, de arena fina, mujeres corrientes con las chichis de fuera, ron, ritmo y rumba. De esas cantinas de película, donde siempre había madrazos, pero la gente ajena a los mismos difícilmente se enteraba al respecto. Podían estar reventándole una botella de a litro a alguien en la mesa de al lado y uno ni se inmutaba, simplemente quitaba la chela para que no se la regaran y listo. Nunca hay que desperdiciar una buena ale.

En Alemania, perdida entre la Selva Negra, el chucrut, la salchicha blanca y Mario Götze, hay una ciudad amurallada por el tiempo y por la lana, de nombre Baden Baden. No, no me lo estoy inventando como con los nombres de las galanas, éste sí es así. Aunque me lo marque mal el corrector de Word.  En este lugar, mitad mítico, mitad real; mitad pueblo, mitad ciudadcita, hay, por alguna extraña razón, un burdel hecho y derecho (les debo el nombre, sorry). Sin la mujer neón que mueve el brazo de arriba abajo, sin la corrientez espeluznante de los teiboldance de Europa Oriental, ni el olor a garnacha ensangrentada de los tugurios de mala fe de América Latina. Sólo un burdel high roller para los magnates de la industria metalúrgica, siderúrgica y tecnológica que tienen su casa de verano en aquel pueblo caricaturesco. Del tipo que te recibe en la entrada un individuo vestido de traje negro impecable, sombrero y el típico earpiece para comunicarse con el resto de la mafia de trata de blancas.

Una vez adentro, la cosa se vuelve una experiencia surrealista, digna de película de Bond (de la época de Sean Connery), llena de oro, candelabros, encaje y refinado folclor alemán. Imagínate una mansión de la época de los nazis, cuando creían que eran los amos y señores del universo y no querían copiar nada de nadie, según ellos, y hacían todo como muy germano, muy ario y esa cantaleta ridícula de los cuarenta. Así, pero con el presupuesto de un jeque árabe. Un poco intimidante, si me lo permiten. Y eso que, como bien se podrán imaginar, no soy una persona que se intimide fácilmente. Un poco sacadito de onda, si acaso, pero no intimidado. Porque, sobra decir, las prestadoras de servicios en ese lugar hacían que Margot Robbie parezca del montón.

Después de atravesar una estancia amplia, llena de cuadros de oligarcas bávaros, mesitas de té y sillones alargados, llega uno por fin a la barra. A lo que vinimos, vaya. Bueno, en parte, cof, cof. Una barra apantallante, de cristal cortado, licoreras intrigantes y asientos de terciopelo delicioso, como de piel de foca bebé recién aporreada. Una docena y media de empresarios, tan trajeados como buscones y en estado de intemperancia buscan obtener una muestra gratis de los placeres venideros que, por una módica cantidad extra, se pueden desempeñar ahí mismo, a la vista de todos. Una, dos y hasta tres esclavas eslavas con uno, dos y hasta tres individuos canos, forrados en Brioni. La ventaja para uno, simple mortal, que tiene ligeramente contado el presupuesto diario de viaje, es que todo el licor que se pueda/quiera consumir, es “cortesía” de la casa. Y ojo con las comillas, que, como siempre, no están de adorno. Siempre y cuando, eso sí, se contrate en cualquier punto de la noche las atenciones de alguna de las involucradas. Faltaba menos. Ya estamos ahí, ¿estás de acuerdo? Barra libre, supermodelos en atuenditos, Remojeo garantizado. ¿Qué clase de paraíso es esto?

Champagne, coñac, los single malts más extravagantes y todo el chupe mamador que se te ocurra después… yo ya en una de las alcobas renacentistas de la entrada, hasta el fondo —tanto físico como emocional —de una polaca despampanante, de nombre Anastasia. Ella creció, me contó un rato antes, mientras destilábamos en el bar principal, en un pueblo cerca de Varsovia, Grojec, o algo así. Tenía cinco hermanos y una hermana, y vivía en Baden Baden desde hacía dos años, aflojando de profesión hace uno. No hay palabras en ningún idioma que describan la perfección inmaculada (sí, cómo no) de esa mujer. Casi de mi altura, de buen inglés con profundo acento ruso, wera de nacimiento, sin un solo pelo debajo de las pestañas y cien por ciento natural de pies a cabeza. Estuve a dos de nacionalizarla mexicana. O nacionalizármela polaca. Cualquier de las dos me hubiera resultado.

Al poco rato, Anastasia en cuatro puntos y la cara sumergida en la almohada, cuando entra en nuestro cuarto una señora un poco más entrada en años, pero de impecable ver, vistiendo sólo una tanga amarilla deshilachadona y tacones, a ofrecernos, como si fueran chicles de mora azul, azuquítar “de primera calidad”. Yo ya bien entrado en copas y en la polaca, no dudé en aceptar y, por qué no, en invitar un pase a la dama. Caballerosidad ante todo. Se espolvorea aquélla las ciruelas y se las acerca a mi cita para que no se tenga que trasladar tanto, ésta las esnifa de sumo agrado y se zangolotea como papagayo electrocutado, haciendo un ruido que no imaginaría yo salir ni de un orco, mucho menos de una mujer de veinte años, cincuenta kilos y cara de ángel. Se pone de pie, repite el procedimiento del espolvoreo y me acerca las de silicón para que ahora yo proceda a empanizarme los mocos. Venga nuestro reino. Embestí a esa pobre con tal enjundia, que, si no se descalabró contra la cabecera, fue de milagro.  

Ya para acabar con el cochambre (una disculpa, creo que sí me medio pasé de rosca) y con el numerito, me dijo Anastasia que, si quería, por una cuota extra, podía terminar encima de ella, glaseándole las ciruelas perfectas. “Acuéstate, chaparrita, que ya estamos listos.”

Después del respectivo cigarrito ella, y cubita su servilleta, nos limpiamos con unas toallas pequeñitas que había convenientemente junto al lecho y nos vestimos para salir de vuelta al ruedo. Antes de que nos pudiéramos terminar de cambiar, entró la misma mujer de la tanga amarilla, todavía desvestida como hace rato, quitó las sábanas de la cama y la rehízo con nuevas; lo cual me tranquilizó tanto como me perturbó por la misma razón. La polaca se limpió el sobaco con otra toallita, se perfumó, susurró algo a mi oído en su idioma natal, me dio un beso en el cachete, se acomodó el vestido y salió estoica en busca de un nuevo cliente. RESPECT.

#GraciasAnastasia

#DankeDeutschland