Lejos de dejar algo bueno, el blog sólo me ha costado dos de las relaciones más importantes de mi vida. Les he contado de mis mejores días, de mis peores, me he balconeado, he balconeado a decenas de personas, he hecho pedazos y/o ensalzado –según el caso –empresas, hoteles, lugares, atracciones, películas y cualquier cosa que se me haya atravesado. Los que lo conocen, o lo aman, o lo odian; que es el punto. Me han gritoneado por cosas que he escrito, me han mandado pomos, me han felicitado, me han insultado y dicho de cosas, me han aventado el chon, sujetadores y hasta peluches, pero creo que siempre ha generado polémica, carcajadas, morbo, o de perdida, lástima. 

Hace un par de meses, contra todo pronóstico, por fin dejó algo positivo: me consiguió chamba. Sin estar buscando ni mucho menos, un buen día, de la nada me escribió una fan de las MiriAventuras. Me dijo que había una vacante en una startup, que si me interesaba, que las características eran tales. Después de evaluar cuidadosamente el tiempo que consumiría ir hasta allá y desempeñar hasta la hora de salida, la paga por hacerlo y las repercusiones de tener (por primera vez en la vida) un Nine to Five, decidí que valía la pena y dije que sí. En buena medida porque no tendría que renunciar a nada de lo que ya hacía: La Papería seguirá operando con normalidad, lo mismo que Viuda Negra y todo lo demás que quesque hago, sólo que ahora ganaría sustancialmente más, y, por ende, fiesta más dura, viajes más perros, degenere más holgado. Más espaciado, eso sí, por aquello de las vacaciones limitadas, pero más dura, más perros y más holgado, de todas formas. Dije que sí, pasé un par de filtros, fui a un par de entrevistas y me dieron la posición. 

Me entrevistó primero una mujer como de la edad, mitad boliviana, mitad francesa, mitad mexa, mitad gringa (sí, tiene más de dos mitades. Es mi historia, no me den lata); tiene más nacionalidades que la Antártida y habla más idiomas que Karol Wojtyla. Me preguntó, entre muchas otras cosas, que por qué quería tener una chamba “normal”, horario fijo, jefes y todo lo que involucra, cuando siempre me ha ido bien, he hecho y deshecho, ido y venido lo que he querido sin mover un dedo. O eso fue lo que entendí, por lo menos; seguro ella no lo dijo tan así. Pero lo que sí contesté casi textual fue: “Porque me da puntos”. Seguro fue la respuesta más estúpida que ha escuchado esa mujer en su vida, la más sin sentido y la más ridícula. Pero también la más honesta y la más valiosa. Porque nadie hace nada con más gusto y de más agrado, que cosas que le den puntos para con el sexo opuesto. O con gente del sexo que más le interese, quise decir, no se me vayan a ofender. Ya me dieron de baja una vez por no tener un trabajo “serio”, no voy a permitir que me pase otra vez. Bueno, entre eso y ser un borracho de quinta, pero eso ya sabíamos. Y así se lo intenté explicar a aquélla. Siento que esa sola respuesta, más que todos los anteriores filtros, fue lo que me consiguió la chamba. 

Así que ahora, queridos lectores, heme aquí de nueve a cinco (seis, en realidad) en Havre 77, chambeando arduamente todos los días, con una novia que logré engatusar en parte por haber aceptado esta chamba (y en parte por ser como catnip para mujeres) y me gusta más de lo que creen: mis compañeritos son un sueño, los jefes también, me entretengo bastante y hasta estoy comiendo mejor, por lo que ya casi no me duele la panza entre semana. Ahora, como sé que no tengo que contarles lo que involucra la vida Godín porque ésa ya se la super saben, sólo les voy a contar de la fiesta de fin de año de la empresa, del viernes pasado. Agárrense. Pero antes… comercialazo. Creo que desde el hotel nudista-swinger no teníamos comercial descarado, pero ahora sí que para esto me pagan. Literal. 

YEMA es una startup, en parte marca, en parte tienda, que hace desde productos de higiene personal, comida y cosas para la casa, y los vende en su tienda en línea y un par de islas nuevas, tipo la que teníamos hace mil años en Gran Sur, pero bien. Todo es muy saludable, vegano, responsable, eco-friendly y justo todo lo contrario de La Papería, donde el queso brilla en la oscuridad, la carne y el pollo vienen de animales mutantes transgénicos, con seis patas y sin cabeza, y los empaques son de unicel reforzado para no desintegrarse ni en un milenio. La humanidad se va a acabar, renacer de las cenizas del invierno nuclear y volver a acabar antes de que se reincorporen esos empaques a la naturaleza. #sorrynotsorry, pero son los más bara. Echen ojo en https://yema.mx/ para más info. Hay envío gratis en la compra de $500 o más. Y pueden usar mi código de empleado para más descuento: JAVI<3YEMA

Ahora sí a la fiesta NaviYEMA. De los como cuarenta empleados que somos, treinta no beben —no sé bien si porque son muy saludables y conscientes hasta en la vida real-personal-literal, o porque es gente muy confundida, o qué rayos pasa —, cinco son europeos y pues… en el primer mundo no destilan (ahorita regreso a eso, recuérdenme), y los otros cinco sí tomamos en forma pero estuvimos de mustios con los patrones, y más importantemente, con las patronas. Porque imagínense ustedes a Javier Miranda, versión serpentina, guarda, camisa de garigol y bota lila lamiendo las lámparas hasta dejarlas impecables, trepado del techo, gritando y chaparriteando a todo mundo… “Pasa el lunes por tu liquidación, muchas gracias por tu participación, sácate ALV”. Que, a propósito de Javier Miranda, versión tal y tal, siento que ya nos tardamos en bautizar a esa persona. ¿Se acuerdan de mi Verónica? Bueno, ella, por ejemplo, tenía varios aliases super entretenidos para cada ocasión: uno muy esporádico para cuando era más tierna y apapachable, uno para cuando se le deschavetaba y se echaba a correr poseída en la calle, a las cuatro de la mañana; y la normal, que de por sí era medio impredecible. La bronca conmigo es que, Gracias Dios, no tengo segundos nombres embarazosos, sino que sólo soy Javier, a secas; y me niego a referirme a mí mismo por cualquier otro apelativo. Luego pienso en alguno aceptable y se los comparto. No se aceptan sugerencias, ni se molesten. 

Los pocos que sí tomamos estábamos portándonos tan bien como nos era posible para no hacer demasiados desfiguros, so pena de ser llamados a HR el lunes a primera hora; y los que no, tan mal como podían, para sobrellevar el frío miserable, lo cual hacía que fuera entonces la reunión más surrealista del mundo. Hace tiempo que no estaba en un convivio social tan sobrio, no lo vuelvo a hacer. Era como estar en una dimensión paralela, donde no estás seguro si la estás pasando formidable, furibundo, Funky, friki, o sólo folclórico. Dado lo cual, entre el frío fatuo, la farra falsa de los unos y la indisposición para la misma de los otros, tan pronto se armó el Payaso de Rodeo Francés, decidí que era hora de poner pies en polvorosa. Una disculpa por eso, btw, pero me sentía fatal. Acuérdense que yo soy gente del trópico, donde diez Celsius (positivos obvio) ya es inaceptable: se me complica moverme, hablar, convivir, y mucho menos, desenmustiarme. Y, como dije, dadas las circunstancias semi laborales, el desenmustie de alguien como su servilleta hubiera sido la peor de las ideas. Como soltar un toro de lidia borracho en una tienda de Swarovski y darle un garnuchazo en los huevos. Ellos, ingenuos, me invitaron justo porque no saben cómo me pongo, pero como yo sí, mejor me desinvité a mí mismo de tan magno evento. Bueno, no a mí mismo, yo sí estuve ahí; a mi alter ego serpentinoso y lamelámparas que les decía hace rato. Fue por el bien común, créanme.

Y regresando rápido a lo de la gente en el “primer mundo” que no chupa: me da la impresión de que la gente en los países desarrollados se enferma de todo, se escandaliza de todo, se ofende de todo y (casi por ende) ve con malos ojos los destilados, el tabaco, el sexo y a la gente que los consume. Ellos pura chela y vinito, como señora divorciada. Un whisky en las rocas, de a poquito, con un habano chopeado en el mismo licor, y si acaso; más de eso, ya es de alcohólico, degenerado, muertodehambre. Es la gente que prohibió la publicidad de Marlboro en la Fórmula 1, la que dice que no puedes poner gente chupando en los comerciales en la tele, la que veta los pezones en Instagram, ¡la que le quita el poco pinche chiste a la vida! Sólo los gringos ya medio le entran a la fiesta dura, pero sólo porque les hemos presentado poco a poco las ventajas de estar hasta el culo.

Muchas veces me he preguntado si me gustaría vivir en otro lugar del mundo. De los más de doscientos lugares que conozco, en cuarenta y dos países y cinco continentes, Barcelona me gusta mucho, Singapur también, Cairo me encanta, Medellín es un sueño (y las medellinas ni se diga), pero la verdad de las cosas es que el Distrito Federal (nada de CDMX, por piedad, no somos ni seremos provincianos nunca, por más que se esfuercen) es el mejor lugar del mundo para vivir. No sólo tiene el clima perfecto, tiene el balance primermundismo-tercermundismo exacto para poder vivir a gusto y en paz, pero sin sufrir las ridiculeces turbo divas del primero. Los antros en San Francisco (una de las ciudades más perfectas del mundo) son divinos y la concurrencia también, pero a las dos de la mañana te corren a patadas y grito pelado, y si te vas a tu casa con tus cuates a seguirla, llega hasta SWAT a callarte con metralletas; en Australia (lugar por demás hermoso) te agarran manejando con dos chelas encima y vas al bote de por vida, no vuelves a ver la luz del día; en Luxemburgo (la ciudad high roller por excelencia) te mandan a la policía montada si tienes la tele prendida después de las ocho de la noche; en Singapur te cortan el brazo derecho por mascar chicle en la calle. Por otro lado, en Medellín y la buena mayoría de América Latina, la inmundicia está a dos de desbordarse como caca en un escusado tapado y que se hunda la ciudad entera; y ni qué decir de Cairo. En el resto de la República Mexicana, por ejemplo, si das un paso más al norte de Toluca, lo más probable es que te decapiten o te caiga una granada en el kiosquito espantoso del centro del pueblo “mágico”. Chaleco antibalas, plomo y casco son obligatorios para salir por un helado en todo el norte. No vuelvo allá ni amarrado.

El DF, en cambio, tiene la mezcla perfecta entre todas: es medianamente civilizado, tiene los mejores restaurantes de la Tierra, puedes enfiestar veinticuatro horas seguidas cualquier día de la semana y del año; los antros cierran a las seis, en tu casa puedes tener fiesta ininterrumpida por meses, y con la suficiente lana podrías plomear un wey a media calle y no ir ni al torito. Ni por el oro del mundo viviría en otro lado. Creo que sólo Río medio concursa si estuviera dispuesto a dedicarle seis meses a aprender portugués, lo cual no sucederá por ningún motivo.

Ya. Regreso a mi nueva chamba. Como dice el Guasón: “si eres bueno en algo, no lo hagas de a gratis”. Y justo eso. Me cansé de cobrar por Remojar y ahora cobro por escribir, que son las dos cosas que mejor hago en la vida, definitivamente. Vengo, redacto toda la parte escrita de la empresa, pongo nombres a las cosas, apodos a la gente, reviso lo que escriben mis compañeritos para las etiquetas de los productos y demás, y listo. De momento tengo que estar aquí, porque apenas tiene unos meses la empresa y se está asentando, pero me dijeron cuando entré que lo más seguro es que termine haciendo mucho Home Office. Dios mediante, en eso estamos. A veces extraño ver la Champions los martes/miércoles en la tarde, pero mientras el americano se siga jugando en domingo, no tendremos mayor problema. Sigo yendo al gym como siempre. No me veo como me veo saltándome días de gym, ni que fuera un huevón, como ustedes. Sigo jugando póker los miércoles para no matarme, sigo destruyéndome el cerebro los fines y sigo siendo un sueño; sólo ahora me paro más temprano entre semana, paso más tiempo en el tráfico y tengo menos tiempo para escribir su blog favorito, se les suplica paciencia, en eso estamos.

Big shout-out para mis amigos Yemembers, ha sido un placer. 😉