Así como me ven ahora, muy lustrado, medio formal, con novia de planta y algo acabado, no siempre fue así. Hubo una época, hace ya vario año, vario kilo y no poca experiencia, donde tenía el pelo largo, barbas de pordiosero, físico de gimnasta olímpico, y nunca había ni probado una gota de alcohol, ni introducido mi lengua en la boca de nadie, mucho menos mi Autoestima. Imagínate cuántos años estamos hablando. Mi vida entera eran los deportes, la escuela a regañadientes y mis dos o tres amiguitos de la secundaria, igual de tetos e insufribles que yo.

Escalada en roca, tenis, basquet y el gimnasio me tenían hecho un Adonis adolescente cualquiera: cuadritos, triangulitos y todas las figuras geométricas que te imagines, traían a todas las niñas de la escuela vueltas locas. Algunas, las más envalentonadas, hasta me perseguían en el recreo y a la salida. Incluida, por ejemplo, una pobre de la que ya les he contado antes, apodada para gran vergüenza nuestra, La Asquerosa; parte del infame séquito de una tal Elizabeth, mi primera noviecita de la vida. Seguro se acuerdan de Elizabeth, también se las he presumido en más de una ocasión.

Que por cierto de los séquitos de las niñas guapas… ¿Cómo es que su sucede eso? ¿Por qué las niñas guapas siempre se rodean de feas? Y no me refiero sólo a la secundaria, este comportamiento al parecer se extiende hasta la madurez y la muerte; no es algo que ellas outgrow-een. Muy por lo regular sólo hay un ocho o nueve por grupito, escoltada —y seguido imitada —por cinco o seis seises, a lo mucho sietes. Nunca vas a ver dos ochos en un mismo clan. Más bien, lo que terminará pasando es que cada una de ellas, hará su propio clan separado y, con el tiempo, generará cizaña alrededor del primero bajo cualquier pretexto mezquino y gandul. Pienso que ha de ir un poco por el lado de la inseguridad. Ser la más mona de las amigas debe tener su encanto; que sólo te pelen a ti, que te busquen primero la mirada, que te inviten chupe y a tus amigas feítas no… algo por ahí.

Después de haber practicado con rotundo éxito los principales deportes de México, decidí darle una oportunidad al fútbol americano. Un cuate de la escuela había jugado en el equipo de la UNAM y fue tan a amable de pasarme el contacto. Me presenté en el Campo 2 de CU con un tal Coach García a la hora acordada, en shorts y tenis, junto con un amiguito del salón, de nombre Andrés, que también se interesó por jugar aquel deporte.

La temporada ya estaba empezada y el coach refunfuñó largo y tendido para dejarnos incorporar al equipo, aun después de habernos hecho pruebas físicas en las que —yo más que él —desempeñamos muy por encima del promedio. Grandote, rápido y, más que cualquier otra cosa, receptor nato. Donde sea que Jorge, el QB titular del equipo puso la bola ese día (y todos los venideros), era pase completo con su servilleta. Alto, bajo, corto, largo, aireado, raso, como fuera: pase completo, primero y diez, muevan las cadenas. Dadas mis extraordinarias condiciones físico-atléticas y facilidad Randy Moss-esca para recibir pases, se decidió ponerme de ala cerrada. Tight end, para aquellos en el gabacho, poco familiarizados con los términos en español. Y para los que no manejan ni uno ni otro: el ala cerrada o tight end es un jugador con doble función: a ratos es de los gordos que empiezan la jugada en tres puntos y bloquean a los rivales para que no le lleguen al QB, a veces es de los que salen a recibir pases, y a veces ambas. Yo era una especie de Tony Gonzalez, pero más chicano aún.

Con el tiempo, Andrés tiró la toalla y no llegó ni a equiparse siquiera, le ganó la flojera, lo pusilánime, o ambas. Porque jugar americano no es cualquier cosa, no es de contentillo, ni para cualquiera. Incluso a nivel secundaria y prepa, como lo jugué yo, eran entrenamientos todos los días, tres o cuatro horas, llueva truene o relampaguee. Entrenábamos con cuarenta de calentura, con huesos rotos, siempre moreteados, siempre vendados, en época de exámenes de la escuela, en época de vacaciones. En el americano no hay pretextos, no hay excusas, ni joterías, sólo hay que entrenar, sólo hay que ganar. En los partidos no se busca engañar al árbitro, se busca anotar; no se busca la falta ni el penal, se busca anotar; sólo anotar. Es lo único que importa, como debe de ser. “Si te pega en las dos manos, tiene que ser completo”, es la premisa general de ser receptor. Y lo mismo aplica para todas las demás posiciones, equivalentemente. Incluso si te cometen interferencia (falta), tienes que hacer la jugada, por si el árbitro no la ve o la decide no marcar. “No dejes margen de error para que el árbitro te joda el partido”. Los pretextos son para los débiles. Siempre. Ni que fuéramos futbolistas.

Mi equipo, los Tigres CCH Sur, éramos una mezcolanza folclórica y colorida de los personajes más rimbombantes posibles. Chance justo porque éramos CCH, chance porque jugábamos en CU, o chance sólo éramos una bola de rufianes afines a la violencia que acabaron en un mismo equipo de manera azarosa. Pero una cosa era clara como el agua del Río Magdalena: éramos un sueño. Con decirles que había un cabrón cuyo sobrenombre era el Comeconchas. Y no sólo eso, durante los partidos, su mamá, o su novia, o su hermana, o alguien, le gritaba a todo pulmón: “¡Venga, Comeconchaaaaaaaaaaaas!”. El grito más distintivo que he escuchado en mi vida. Si no mal recuerdo, el susodicho era corner. Pero no me hagan mucho caso. El Pato, Sónico, La Gorda, Enorme, Ñáñaras y Monstruo Verde completaban el paisaje de engendros malvestidos y andrajosos. Este último fue el que adopté yo tan pronto llegué al equipo. El ojo verde, al parecer no sólo es bueno para mover montañas y encuerar despistadas, lo es también para impresionar coaches, linieros, apoyadores y esquineros.

Que, por cierto, hablando del equipo de coacheo, déjenme hacerles una mini reseña de aquellos personajes. El HC era, como ya establecimos, el Coach García, una institución de por sí sola en el americano de la UNAM. En permanentes muletas, sabio como Gandalf, autoritario como Belichick y de amplio repertorio de dicharachos de abuelita. No temía aplicarte el “si no eres tan wey, lo que pasa es que la cara no te ayuda” o aventarte una gomita para que la cacharas como foca de circo cuando hacías algo bien. Condicionamiento operante, como si fuéramos ratas y él, Skinner. Prohibía de manera rotunda a los familiares y amigos en los entrenamientos. Pensaba (y tenía mucha razón) que si alguien tenía público durante la práctica, iba a estar de lucidito. “El público es para los partidos”, decía. Tenía la bonita costumbre de pasar lista todos los días, como en la escuela y te cagoteaba cuando faltabas. El pobre se ha de haber sentido como tomando lista a changuitos en la selva africana.

Debajo de él estaba Pulido, coordinador ofensivo y coach de línea ofensiva. Dada mi posición camaleónica, él era mi entrenador la mitad del tiempo. Individuo cano, serio, implacable. Todavía lo puedo escuchar en las noches gritando como desamparado para que empujáramos los dummies de bloqueo de un lado a otro del campo. Te sorprendería toda la técnica y perfeccionamiento que hay alrededor de empujar tres yardas hacia atrás a una persona. Pero tenía un buen punto: “si le ganas tres yardas cada jugada al wey de enfrente, después de tres oportunidades, vas a tener cuarta y una, en el peor de los casos”.

Aledaño estaba Meirán, coordinador defensivo y coach de equipos especiales, donde yo también era partícipe. Persona de poca estatura y mucho carácter. Tener poco carácter y jugar americano es mutuamente excluyente. La gente débil, la gente gris y timorata no es bienvenida, sale sobrando, no tiene cabida. Como en la vida, pinches losers. Meirán era también el regañón del equipo, sabía insultar como nadie, casi como argentino. Te podía hacer sentir cucaracha aun cuando hubieras completado la jugada, si no había sido como él te había dicho. Pero todos sabíamos que era pura actitud y desempeño. Fuera de la cancha, era tan bonachón como Jon Bonachon, el papá de Garfield.

De los demás coaches no recuerdo los nombres, pero sí recuerdo a “Perú”, el de acondicionamiento físico. Ese pobre de milagro hablaba español, sólo no rebuznaba porque no alcanzaba el tono. El típico mamado de gimnasio que nos ponía las rutinas de los lunes y martes, cuando era más gym que entrenamiento de cancha tal cual. El año que lo corrieron —seguro por inyectarse anabólicos —, nos asignaron a una mujer como de la edad, poco más grande, habrá tenido unos diecinueve, contra nuestros dieciséis. Con pinta de reggaetonera de Iztapalapa, semi mona, pecas, acento provinciano y risueña cuando estaba de buenas. Según yo, me tiraba la onda cuando no me daba cuenta, o sea, la mayoría del tiempo. Me hubiera podido guiñar el ojo en el baño en tanga, que no me hubiera dado cuenta. Tetazo sin control en aquella época.

De las tres temporadas que jugué por allá, dos fuimos campeones y una nos quedamos en la semi. Sin duda una de las experiencias que más me han marcado en la vida. Todavía de vez en cuando sueño que regreso al equipo, a mi antiguo uniforme de los Tigres, con el logo pirateado de los Tigres de Missouri, del Colegial gabacho. Debo reconocer que yo nunca me identifiqué con toda la parafernalia Universitaria, ni mucho menos con el “Goya Goya” y esa cantaleta mugrosona, pero sí —y harto —con mi equipo y mis compañeros. Disciplina, seriedad y espíritu deportivo, el mejor deporte de la Tierra.

Big shout-out para toda esa banda.

#GraciasTigres

#QEPDCoachGarcía