Queridos y estimados lectores: creo que ha habido un grave malentendido. En el pasado he venido contándoles de mi tercera, última, más agobiada y menos longeva novia, Paulina. En las últimas semanas se me ha hecho notar que, si bien le hemos estado tirando flores como si fuera la tumba de Michael Jackson, también he dado a entender que nunca tuvo una oportunidad real de trascender en mi vida amorosa, real, ficticia, ni virtual; y, por tanto, no fue (es) alguien relevante para mí. Y para desmentir dicha interpretación, me voy a tener que remontar a tiempos inmemoriales: allá por el año de 2003, cuando tuve mi primera noviecita de secundaria. Agárrense y concéntrense, que nos vamos a ir por partes. Muchas. 

Noviecita #1. Elizabeth Carolina Escobedo Leiva

A Elizabeth la conocí, o, mejor dicho, ella me conoció cuando íbamos en cuarto y quinto de primaria, respetivamente, en el Moderno Americano: reconocido templo laico de sabiduría hereje y disciplina inquebrantable, al sur de la Ciudad de México. Lugar donde, por cierto, aprendí todo lo que a la fecha sé. Porque, por el contrario, la prepa la hice en el Inhumyc: reconocido centro vacacional de convivencia ridícula y disciplina inexistente. Con decirles que mi promedio general de toda la Educación Preparatoria es de 10 cerrado, sin haber presenciado ni una sola clase en estado de vigilia. Sólo no me pusieron 11 porque la boleta no lo permite. Pero bueno, me desvío. Cuenta Elizabeth (y pregúntenle si no me creen) que la primera vez que me vio casi se desmaya. Algo en mi vestimenta estrafalaria, brackets y peinado de “corona picudita”, al mero estilo de los vocales nu metaleros de los noventa la cautivó. Yo no era para nada el niño más cool del recreo, tampoco el más simpático, ni el de las mejores calificaciones. Era, si acaso, “poste” en el equipo de basquet, relajiento en el salón y excesivamente torpe para con las niñas. Y eso no se me quitó hasta como ocho años después, ya en la prepa y ya habiendo cortado con ella. 

En ese entonces yo ni pensaba en dirigirle la palabra a una niña fuera del ámbito escolar y, a decir verdad, no había ni notado su existencia. En parte, por ser más chica, quiero pensar. (Sólo tenía ojos para mis compañeritas del salón, muy monas todas. Sobre todo, para una con apellido de alguna conífera pinácea, que no recuerdo su nombre de momento. Avión de mujer a la fecha, por cierto. Con todo y descendencia, que siempre tiende a estropearles el changarro.) Pasaron de esa manera cinco larguísimos años, hasta el último día de clases de tercero de secundaria en que me animé a hablar con ella e invitarla a salir. Siendo sincero, sólo lo hice porque la vi -por primera vez en tres años- separada de la manada que acostumbraba sombrearla en todo momento, frente al boletín de Extraordinarios, calculando todas las artimañas, horas nalga y tejes y manejes que tendría que llevar a cabo para pasar todas sus materias. Sudando frío esa pobre. 

Y antes de continuar con tan profundo relato, me voy a tomar un minuto para pedirle una disculpa pública, desde el fondo de mi corazón a una de sus amigas, parte de la manada, a la que le apodábamos La Asquerosa. No recuerdo su nombre de pila, su apellido o su cara siquiera. Pero recuerdo que los culeros de mis amigos y yo así la apodábamos. Si alguien sabe a quién me refiero y está en contacto con ella, dígale que, en nombre de todos nosotros le pedimos una sincera disculpa. Bueno, sólo si se enteró; si no, mejor ya ni le muevan, creo.

Después de varias salidas al cine, paseos manita-sudada a alguna plaza o lo que sea que hayan hecho los niños de quince años a principios de siglo, un buen día, en la que fue mi primera boy-girl party, decidí pedirle que fuera mi novia. Y déjenme contarles de las fiestecitas de la secundaria en mis épocas, que eran un sueño. Hotel Royal del Pedregal, salón de fiestas, alcohol para aventar, DJ, niñas en minifaldas, niños en pantalón y camisa desabrochada hasta el ombligo, todos ridículamente aderezados y bien perfumados, sección de “Padres de familia”, choferes, vómito, llanto y besuqueo. Esto último, todo en cuestión de segundos: Del besuqueo al llanto, del llanto al vómito, del vómito al besuqueo, de regreso al vómito y de regreso al llanto. Nada nuevo. Heme ahí, abstemio como era, con una camisa azul de manga corta, con una sirena dibujada en la parte de atrás, pantalón negro y “bota de salir” … pero eso sí, con una rosa roja en la mano, misma que oculté cuidadosamente en el baño para sacarla en el momento adecuado de hacerle la pregunta. Cuando se empezó a hacer tarde, se le empezó a subir el vodka con arándano y decidí que era hora de sacar el as bajo la manga. De modo que al son de Jenny from the block de fondo, pregunté y dijo que sí. Me dio mi primer beso oficial, llegaron sus papás por ella, la acompañé a su coche y llamé a los míos para que fueran por mí. 

Así fue que Elizabeth Carolina Escobedo Leiva se hizo mi primera novia oficial. De tres. Ella era diametralmente diferente a mí, pero, para empezar, era la primera niña que me pelaba en mi vida, lo cual le daba una ventaja enorme; y segundo, a esa edad escogemos a alguien (básicamente al azar) y nos moldeamos a lo que la otra persona quiere/espera, a niveles insospechados. A esta mujer, por ejemplo, le traumaba mi falta de creencia en su -muy particular- amigo imaginario y me pretendía enseñar, “aunque sea”, el Padre Nuestro. ¡El Padre Nuestro! Todos los días, después de comer viendo Atínale al Precio con su mamá y su hermana, salíamos a caminar al jardín con el perro y me hacía repetirlo. Hazme el favor. Uno que es gente civilizada y de ciencia. Incluso renuncié a mi equipo de americano y mi entrenamiento de escalada en roca por ella. ¡Lo que hace uno por las novias en la secundaria! A la fecha, por el contrario, el amor se acaba en el Viaducto. Y háganle como quieran.

En fin… Duramos poco más de dos años hasta que, como ya habíamos mencionado en alguna otra MiriAventura, remojó su Autoestima en la de un Marine gringo en un crucero por Alaska. Equis. 

Noviecita #2 y Esposita #1. Catalina Hermes Morano. 

Siento que ya hemos escrito de ella antes, por lo que nos saltaremos esa parte hasta Noviecita #3, que es a lo que quería llegar. 

Noviecita #3. Paulina Dorantes Dalmases

Pero ésa es otra historia y para otro momento.