Mi jefe siempre fue muy tempranero. Muy. Del tipo que, desde que me acuerdo, su primera alarma la ponía para que sonara 4:22 am. No 4:20, no 4:30, 4:22 en punto.

Y de ahí, cada ocho minutos sonaba una nueva. Snoozeaba la primera, de un reloj digital de ésos noventeros espantosos con dígitos enormes, azul neón, y a los ocho minutos exactos sonaba la segunda en otro reloj diferente, situado junto al primero, a los ocho minutos otro y así sucesivamente hasta las 5:02 en que apagaba la última, situada en un librero, como a unos cuatro metros de su cama. Después de detener ésa, dado que ya estaba parado, ya por fin apagaba de manera definitiva el ejército de alarmas digitales noventeras espantosas y se metía a bañar. Cuando de repente tenía que levantarse todavía más temprano y era más importante la situación, casi siempre vuelos de chamba, encima de los sesenta despertadores noventeros espantosos, llamaba por teléfono a algún lado (que nunca supe a dónde) y pedía que le “regalaran una llamada” despertadora a la tal hora infrahumana. ¿Eso existirá a la fecha? ¿En qué consistía ese servicio? ¿Habrá sido algo que contrataba a la carta para la casa, tipo el identificador de llamadas en sus inicios, o era del gobierno, como el 03 que marcabas para que te dijeran la hora exacta? A la chaviza de ahora (y sí, dije “chaviza”, consecuénsienme) seguro ni les suena esa precariedad tecnológica, casi ni a mí, imagínense. Pero sí, mis niños, marcabas un número y sonaba una grabadora que te decía: “la hora exacta es cero dos a eme”, y ya, eso era todo, colgabas. Servía para ponerle la hora a tu reloj de manecillas, a ver si eso sí les suena. A todo esto, y regresando a mi bonita historia, no entiendo cómo mi jefa no se quería matar de escuchar las decenas de alarmas multicolor que ponía el marido. Yo me hubiera ido a dormir a otro cuarto y sanseacabó. Saliendo de bañar, se ponía un chingo de talco (¿por?), traje y corbata, loción y, ya muy perfumado, subía a desayunar. Dos panes tostados con I can’t believe it’s not butter y mermelada de zarzamora, un vaso de Coca de dieta por aquello de cuidar la línea, y uno o dos Marlboro Light mientras leía la sección de deportes del Reforma. Regresaba a su cuarto, se lavaba los dientes con harta pasta y enjuague, apagaba todas las luces del cuarto sin hacer el menor ruido, le daba un beso de despedida a la señora Miranda y se iba a chambear impecable. Pero antes de llegar a la oficina hacía una parada técnica en el Vips de Toreo donde citaba a todo su equipo de trabajo para discutir los temas pertinentes del día, revisar los resultados del anterior y desayunar por segunda vez en tres horas. Todos los días de todas las semanas era el primer cliente, a veces ni las meseras habían llegado. Señor Miranda, ¿lo de siempre?, y le traían sus huevos al gusto, fruta con yoghurt, miel y nueces, café, pancito dulce y otros tres o cuatro Marlboro Light, mientras leía el resto de su Reforma en lo que llegaban los distritales. Todos los días lo mismo. Cuarenta años de pretty much la mismita rutina al pie de la letra. 

Creo que verlo a él, sufriendo en silencio por su familia todos los días, fue lo que me llevó a querer hacer lo exacto opuesto y estudiar música y ser quesque emprendedor, quesque escritor, quesque muchas cosas, ninguna particularmente útil, aunque no del todo mal remuneradas. 

Siempre dijo que el día que cumpliera sesenta se iba a jubilar, mudar a Puerto Vallarta a una casa con vista al mar y chupar todo el día viendo ESPN, el líder mundial en deportes. Y dicho y hecho, a pesar de que su jefe (ahora sí laboral) y el jefe de su jefe le suplicaron en numerosas ocasiones que se quedara un añito más, que le subían el sueldo, que las perlas de la virgen y 18 ídems en el paraíso terrenal, dos meses después de su sexagésimo cumpleaños le hicieron una despedida digna de Alejandro Magno en el auditorio de la empresa, colgó su gafete en la entrada, vació su oficina y nunca más se ha vuelto a parar antes de las once a eme. Nadie nunca lo ha tenido más merecido. Y mientras sí se fue a Vallarta a chupar todo el día, lo hizo como Dios manda: en el aqua bar de un hotel cinco estrellas y sólo por seis noches, porque pues #provincia y qué pitos iba a hacer allá después de tantos días. Pero quitando eso, la aplicó de jefe de jefes. Como debe ser. Como es. 

Feliz Día del Padre, chief, ¡qué bueno que no se fueron!