Los niños en los noventa fuimos los últimos en crecer sin smartphones, tablets y demás parafernalia “inteligente”. Fuimos los últimos en jugar escondidillas en la cuadra, andar en bici en círculos como idiotas en un espacio de veinte metros cuadrados, jugar soccer en superficies disparejas, perseguirnos unos a otros, aventarnos de balonazos y tener lo que bien podía ser considerado un sistema de jerarquías basado en edad y/o mérito físico, donde el más “grande” de la vecindad/cuadra/grupito social decidía por todos la dinámica a seguir. Podía, incluso, poner las reglas o sacárselas de la manga y todos debían acatar esa situación, so pena de un par de zapes, o bien, la segregación temporal del grupo.

En mi caso muy particular, viviendo en un “condominio horizontal” (concepto que, por cierto, me parece aborrecible y para nada refleja lo que en verdad era; siento que me estoy refiriendo a una vecindad tipo Chavo del Ocho en provincia o algo), cerrada o como le quieran llamar. Dado lo cual, en adelante, mejor nos referiremos a dicho lugar como “La Privada”, como los adultos del lugar nos inculcaron a llamarle. Cerradita de once casas, al sur del entonces Distrito Federal, donde hicimos y deshicimos a nuestras anchas hasta que crecimos y nos pelamos de casa de nuestros jefes. Además de ser un lugar seguro para salir a jugar “outdoors”, tuvimos la suerte de tener vecinitos de la edad que además iban a la misma escuela y hacíamos la famosa “ronda” con ellos, compartíamos tareas, traumas y chismes. Porque si bien no me tocó crecer con iPads, memes y porno en el celular, tampoco me tocó poder salir a la calle CALLE a jugar, tampoco soy tan ruco, no jodan. Es más, la avenida justo afuera de La Privada era (y es a la fecha) un peligro de muerte: los peceros bajan vueltos madre, echando carreritas y saltándose los topes. Es más, ni a banquetas llega esa cochina calle. Pero bueno, me desvío.

La dinámica era, y corríjanme si me equivoco, un poco como sigue. Quiero pensar que todos en mi generación, en menor o mayor medida, hacíamos más o menos lo mismo, así que ahí les va: Saliendo de la escuela, pasaba por nosotros alguna de las mamás, regateaba con nosotros respecto de comprarnos o no comida chatarra en los puestos de la calle, recopilaba a todos los de la ronda, nos subíamos al coche y trataba sin tanto éxito que no nos matáramos en el camino. Recuerdo que, independientemente de si nos recogía mi mamá o cualquier otra del grupo, siempre ponían las noticias en el radio y fingían interés. Ahora pienso que sólo era para hacernos reducir el griterío al mínimo soportable, pero igual, hizo que a la fecha no tolere las noticias; siento que siempre se conectan con gente al teléfono y ni se entiende nada, sólo es un zumbido lejano y ambiguo. ¿No pueden decirle la noticia al locutor en el estudio y que éste la transmita al aire? ¿Cuál es la necesidad de dar las noticias por teléfono? Sí les creemos que se las dio de primera mano la persona en el lugar, no la tenemos que escuchar directo de él, no pasa nada. Me desvío otra vez. A la fecha, lo que entiendo que hacen las mamás modernas es ponerle un iPad a cada uno en la mano para que se entretengan así, ¿no? Unas por otras, supongo.

Llegando a La Privada, cada quien a comer a su casa y después comenzar la batalla por las tareas. Mi hermana siempre fue muy diligente con las suyas, puro diez y “tarjetas doradas” —un sistema de recompensas que había en la escuela en que íbamos, donde a los alumnos con tal promedio mínimo, les entregaban una tarjetita de color dorado para que les presumieran a sus papás —. Yo en cambio tardaba horas en hacer las tareas, las hacía al aventón y me hacían repetirlas una y otra vez. Cuando por fin terminaba y me dejaban salir a retozar con mis amiguitos, tenía que llamarles por teléfono y ver quién ya había terminado con las propias. Cabe destacar que sabíamos de memoria el número de todos y cada uno de nuestros cuates, es más, a la fecha los recuerdo. Una vez afuera, dependiendo el número de gente disponible, se armaba la cáscara, el básquet, Quemados o lo que fuera. Por lo regular los niños jugábamos por nuestro lado y las niñas por el suyo. Nosotros éramos “muy salvajes” para ellas y preferían jugar otra cosa.

Mi favorito de entre los juegos de las niñas era cuando jugaban a la natación en el sótano de mi casa. Una de las niñas de la casa once estaba empezando a nadar semi serio y, siendo la grande del grupito, ponía a mi hermana y a las otras a “practicar”. Pero como obviamente no teníamos alberca, literal se tiraban a la alfombra y braceaban y todo. Pecho, espalda, mariposa y estilo libre. Incluso se tiraban desde la mesita de juegos que teníamos para simular la salida en competencias oficiales. Muy profesionales ellas. Nosotros en cambio, seguido terminábamos bulleando al pobre incauto de la casa dos: lo metíamos al tambo de la basura y lo azotábamos con varas sacadas de las escobas ésas de barrendero de la calle. Le quitábamos las ramitas aledañas, las lijábamos con cuchillos de cocina y las usábamos de látigo. Según nosotros lo estábamos educando por decir groserías y cada que decía alguna mala palabra, le dábamos diez azotes. Cual Sancho Panza.

Ahora, ya que estamos aquí, déjenme desviarme tantito otra vez para decirles que si bien estamos todos de acuerdo en que el bullying es malo… relájense un chingo. Y no lo digo por yo haber sido el bulleador y no el bulleado; en algunos grupos en la escuela, con niños más grandes, a veces yo también lo era. Y está bien serlo: sólo así se aprende uno a defender. A veces hay que huir para pelear otro día, a veces hay que quedarse y repartir fregadazos, así es la vida. Luego por qué lloriquean de todo. Así crearon las mamás de ahora niños alérgicos al gluten y al mango manila. No sean ridículos. Son esos niños que nunca fueron bulleados los que ahora se ofenden de FRIENDS o de Apu, de LOS SIMPSONS.

Una mamá con la que salgo ahora me dijo que en las escuelas ya no venden papitas, refrescos ni comida chatarra, hazme el favor. Lo único que me motivaba de ir a la escuela era salir a recreo y atascarme de Rancheritos y Coca Cola. Y en época de tazos o hielocos, ¡bueeeeno! Nos hubieran querido vender ensaladas de quinoa y arúgula y la que se les arma, les quemábamos la escuela en ese momento. Seis años de primaria, tres de secundaria y tres de prepa, siempre mi lunch fue el mismo: Sabritas y Coca de lata. A la fecha tengo 17% de grasa corporal, i.e. 5% más que un atleta de alto rendimiento y peso noventa kilos de puro músculo. La culpa de la obesidad de nadie en el mundo es culpa de Marinela, Pepsi o McDonald’s. La culpa de la obesidad de cada uno es siempre culpa de la persona. Siempre. No sean huevones. ¿Quieren echarse su heladote con Hersey´s viendo series? ¡Dense! Pero vayan al gym. ¿Quieren sus palomitas con mantequilla extra en el cine? ¡Échensela! Pero no falten a su crossfit. ¿Quieren sus cubas con pura coca? ¡Van! Pero salgan a correr el lunes después de la chamba.

Ya, sorry.

Ahora, no por no haber smartphones, quiere decir que no nos enajenáramos con videojuegos. A mí me tocó desde el NES para acá y por supuesto que me encerraba tardes enteras a jugar Mario Bros o Castlevania. Una vez, incluso nos metimos un vecino y yo a la casa de otro (allanamiento de morada y todo) a recuperar un videojuego que le habíamos prestado y queríamos jugar a la de ahuevo. Y si bien no había juegos tan violentos como los de ahora, sólo no eran así porque no se podía. Si hubiera habido la tecnología para que tu monito atropellara putas en la calle y esnifara coca de sus nalgas muertas como ahora, por supuesto que lo hubieran hecho desde entonces. Y desde entonces hay balaceras y tiroteos en escuelas, tampoco me le quieran echar la culpa a Nintendo de la violencia en el gabacho.

En tiempo de vacaciones, por ejemplo, las mamás nos organizaban alberquita en el patio, sacaban su sombrilla y organizaban el bien conocido “Acapulco en la azotea”. Nosotros, los niños, en nuestros trajes de baño de Batman o La Sirenita, según fuera el caso, todos flacuchos, chancleando y llenos de mocos; y ellos, los adultos, con sus mostachos noventeros, bermudas cortitas y Ray Bans los unos, y flecos y hombreras las otras, todos cheleando Carta Blanca mientras nosotros nos peleábamos por el flotador o lo que fuera. Seguro mis jefes se acuerdan mejor de esa época. El sol a plomo, ni una sola nube a la vista, el estéreo de la casa más cercana a máximo volumen para que se escuche en el patio, tocando Luis Miguel en su buena época. Mejor infancia no se puede pedir.

Al día de hoy, mi vecino de la dos, el bulleado, tiene un exitoso negocio de fibra óptica o algo así y una hija en camino. Otro es abogángster highroller de Santa Fe y tiene una hija también. Otro más es productor de porno mexicano, embajador de la ONU y tiene tres hijas, no pregunten. Un tercero es corredor de bolsa en Chicago y tiene dos hijas, hasta donde yo sé. De las niñas de La Privada no sé tanto, pero me consta que a todas les va de semi bien para arriba.

Todo esto en aras de eximir a mis jefes y mi infancia de mi entre comillotas libertinaje, alcoholismo, afición por las mujeres y estilo de vida cuestionable, por decir lo menos. En todo caso, si hubiera que asignar culpas (cosa que no haremos, cof cof), se la podríamos achacar a Elizabeth, mi primera noviecita, por enmustiárseme a mitad de camino; a Chuy, mi primer baterista, por inducirme al rock ‘n roll; a Melinda, mi primera galancita bebedora, por mostrarme las ventajas de destilar; y last but not least, a Catalina Hermes Morano por poner la barra demasiado alta para todas las venideras y dejarme, por ende, siempre en búsqueda de alguien que tome sus funciones de Diosa entre las sábanas sin nunca llegarle a los talones.