Toda mi vida me he jactado de gozar de perfecta salud. Desde vista 20/20, que me permite leer un libro Porrúa a cinco metros de distancia; hasta un metabolismo envidiable que me permite descomer “like clockwork” a los quince minutos de haber hecho cualquiera de las tres comidas reglamentarias que hago durante el día; hasta nunca haberme roto ningún hueso, ni operado de nada. Lo más drástico a lo que me tuve que someter fueron cinco o seis puntadas en la rodilla un día que me partí la crisma jugando americano en la “unidad” de un cuate, donde la anotación era una pared llena de tubos salidos y oxidados. Brillante lugar para jugar, sin duda. Pero era lo que había. Todos lo hemos hecho. En ese lugar, alguna vez, otro cuate se frenó (literalmente) con la mollera. Atrapó un pase largo, midió mal la pared y, en lugar de frenarse a tiempo, se le dejó ir a la pared de cabeza y estuvo a dos de atravesarla como La Mole. Un sueño de día.

Pero bueno, mi salud perfecta falsa se ha venido deteriorando de un tiempo para acá. Creo que el primer indicio fue cuando a los veinte años (y todavía no tomaba, así que ni empiecen) me sangraba la nariz tres o cuatro veces al día, por varios minutos. Había veces que salía de la regadera y ésta parecía escena del crimen, tipo SAW. Con el tiempo se quitó y listo, pero pasaron varios meses así. Aparte de eso, desde hace ya varios años (por lo menos unos siete) me duele la panza todos los días, sobre todo en la mañana. Independientemente de lo que desayune, a la hora que lo haga, si tomé el día anterior o no, o cualquier otro factor que se les pueda ocurrir… todos los días me mata el dolor de panza, hasta por lo menos la hora de la comida. He visto a varios especialistas que me mandan fármacos rimbombantes; dietas mamadoras, incluyentes, feministas y veganas, y nada sirve. Lo único que medio mejora mi malestar es el Pepto. Ya nunca salgo de mi casa sin él. Me quiero casar con Pepto. Aparte de eso, la espalda me duele sin control cuando estoy crudo o cuando estoy mucho tiempo parado. Después de una noche de fiesta dura, me duele la espalda como si me estuvieran clavando un machete en la columna vertebral; independientemente de los remedios que digan y manden: cosas picosas, cosas dulces, sueros, agua de coco, ejercicio, sexo, nada. Y last, but not least… Supongo que hay que mencionar la visita al proctólogo cada dos o tres años a que me liguen un par de venitas incómodas -por decir lo menos- para no llorar cada vez que me siento, me paro o… hago lo que sea, en realidad.

El único defecto de fábrica que yo recuerde tener es la incapacidad ABSOLUTA de respirar por ambas fosas nasales, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia. Toda mi vida he sobrevivido con una sola. A veces ésta, a veces aquella, pero siempre sólo una de las dos. En las noches tengo que voltearme a dormir hacia el lado que esté despejado, porque si me volteo hacia el contrario, me asfixio. “No es que te quiera dar la espalda, chaparrita, es que me TENGO que voltear hacia el lado que me permita respirar, una disculpa. Puedes aprovechar para cucharearme”. Rara vez lo fraseo de esa manera, obvio, pero siempre termina pasando.

Ya viendo plasmada en papel esta bonita y nada vergonzosa lista de achaques físicos, me doy cuenta de que mi salud definitivamente ha dejado bastante qué desear. La buena parte supongo que podrían fácilmente ser atribuidos a la manera en que he abusado de… LA VIDA en casi todos sentidos, los últimos diez, doce años. Pero no de a gratis. O por lo menos no de a gratis recientemente. Porque apenas llevamos enumerados los físicos. Agárrate. Que falta lo bueno.

Alguna vez, hace no tanto como quisiera, desperté (todavía medio zumbado) en casa de una mujer de greña azul, cuerpazo, loca como una cabra pacheca y con el “brazilian” más perfecto que puede existir. Un “brazilian” tan brilloso que daban ganas de frotarlo como lámpara mágica, tan acogedor que podías acampar ahí sin linterna un mes y hacer espeleología avanzada, tan reluciente que invitaba a lamerlo desde más-allá-del-NIES hasta el ombligo, tan lustrado que hubiera valido la pena ir por ella diario a Toluca, Coapa o a donde ella quisiera en el MUNDO. Y eso que como regla general “El amor se acaba en el Viaducto”. Me empezó a contar todo el numerito que nos habíamos aventado la noche anterior en la fiesta de su cuate, de lo cual yo recordaba, si acaso, el cincuenta por ciento. Lo que sí recordaba con frustrada claridad era que, a falta de globos, tuvimos que postergar la fiesta para la mañana. Una CÁTEDRA en “ser adultos responsables”, definitivamente. Súper orgullosos de nosotros mismos, obvio. Empezamos a platicar de esto y aquello y la plática se fue yendo hacia la fiesta y el chupe. Y si bien esta mujer obvio bebía (si no, no estaríamos en tan elegante situación), claramente no al ritmo de uno. Con cara de asombro y cierto rastro de preocupación fue que me preguntó la naturaleza de mi afición por el estado etílico. Me llevó un tiempo encontrar una respuesta que fuera medianamente creíble y al mismo tiempo tuviera algo de sentido, por lo que me intenté hacer rosca y no contestar nada para cambiar de tema. Ella se dio cuenta de mi treta e insistió. No sé si fue la peda todavía latente, la cruda que ya empezaba a creptar sobre mí, o el cinismo y descaro que seguido ya no me importa… pero el punto es que mi respuesta fue (¡y pongan atención, que no lo voy a repetir!):

Es que sólo cuando chupo no estoy triste.

Fack. No sé si pensó que era choro, que era el chupe hablando o qué rayos, pero en lugar de meterme tres patadas y correrme de su casa a zapes, sacó uno de los gorritos que acababan de llegar a domicilio y empezó la fiesta dura. Ahí acabó esa conversación. Nunca se retomó. Ósculos negros, rojos y de todos colores y sabores con esa mujer siempre. #FlameOn!

Y eso, damas y caballeros, es lo que pasa cuando la solución y el problema SON LA MISMA COSA. Bien ahí.

Ésta es la razón por la que sólo bebo dos días a la semana. Pero también es la razón por la que no bebo de día. Lo primero es para evitar beber tres, tal cual. Y lo segundo para evitar beber demasiadas horas. Porque yo no soy alguien que, una vez encarrerado, deje de beber y se vaya a dormir. Si voy a beber, lo voy a hacer hasta que una de tres cosas pase, en orden de preferencia:

  1. Anote, i.e. “Get Lucky”*.
  2. Me desmaye.
  3. Salga el sol (el “vampirazo” es algo que evito como la peste bubónica).

Es bajo esta bonita y cursi premisa que procuro nunca beber de día: porque si empiezo de día, no voy a acabar más temprano, voy a acabar igual de tarde, pero habiendo consumido el triple de alcohol y me va a doler el triple la espalda al día siguiente. Mínimo hay que darle chance al wero de que se oculte en el horizonte para empezar de destilar.

Irónica y afortunadamente, el último y más grave de mis problemas de salud no tuvo gran cosa que ver con mi manera de destilar: Piedras en los riñones. Piedras grandes en los riñones. Dos gigantes en el izquierdo y seis pequeñas en el derecho, para ser más específico. Hazme el favor.

Un buen día me desperté y me dolía la espalda baja. No como siempre, no como en la cruda, ni como cuando estoy parado mucho tiempo. Un dolor diferente, como de lado. La primera vez se lo adjudiqué a la edad, al chupe o lo de siempre; la segunda a lo mejor también, pero la tercera ya me sacó de onda. Le hablé a un cuate médico y le expliqué mis dolencias. Me mandó hacer unos estudios y algunos rubros salieron “fuera de los parámetros”. Me mandó hacer otros diferentes, incluyendo un ultrasonido y fue ahí que descubrimos que tenía yo piedras en los riñones. Varias.

Pero antes de proseguir con mi historia clínica, les voy a contar un poco el procedimiento para los exámenes físicos, por si nunca los han tenido que padecer. El análisis general de orina es súper simple y directo: consiste básicamente en apuntar y disparar a un vasito. Ninguna ciencia. Por otro lado, el coprocultivo… es más engañoso: te dan un vasito y un abatelenguas. And then? Atinarle a un vasito de cinco centímetros de diámetro sentado en el trono es totalmente otra historia. Para empezar porque ¿cómo rayos sostienes el mentado vasito? Habría que hacer de aguilita manca, o algo bastante incómodo. Y aunque lo lograras, tendrías luego que quitar el amplio sobrante del vasito para no llevar algo desbordante y que pudiera cobrar vida en cualquier momento y morderte una mano. Dado lo cual, lo que procede es lo siguiente: hacer sí de aguilita… pero sobre un plato desechable (o por lo menos, ése fue mi proceder), posteriormente recoger una pequeña muestra con el abatelenguas y colocarla en el vasito, taparlo y voilà. Nada placentero de todas formas… pero considerablemente menos acrobático y riesgoso.

El ultrasonido no es ninguna ciencia, sólo vas, te acuestas en una cama dura, te ungen cual señora embarazada y te pasan el artefacto por la panza, los costados y la zona afectada, donde quiera que ésta sea. Una vez terminado, te limpian el exceso de lubricante con un kleenex y vámonos. En mi caso parecía que la listilla me quería dar un baño de esponja de cuerpo completo, nunca entendí porqué.

Ahí ni tengo nada, mujer, pero gracias de todas formas. Creo.

Pero bueno, chance así es ella con todos sus pacientes. Me dejó reluciente de limpio, eso sí. Muy amable señorita.

Fui con los resultados de los miles de exámenes con mi urólogo de cabecera (no pregunten) y me mandó a hacer todavía más pinches exámenes. Esta vez más fancys y caros, eso sí, pero igual de inocuos. Un estudio de creatinina (ni idea qué con eso) donde sólo te sacan sangre y listo; pero de tantas veces que me habían sacado sangre en las últimas semanas, ya parecía que me arponeaba regularmente. Tuve que empezar a usar mangas largas. Y el estudio principal para ver las cochinas piedras: un UROTAC. El bonito procedimiento en donde te meten en la máquina esa que parece un tubo/portal a otra dimensión. Te acuestan en una plancha y te meten y sacan del aparatejo. Ninguna ciencia tampoco. Me dijeron antes de empezar que me iban a inyectar solución y luego el tinte de contraste. Se suponía que lo primero se iba a sentir frío y lo segundo caliente, “sobre todo en genitales y garganta”. ¡Ps va! Tan interesante como sonaba eso, la verdad de las cosas es que no se siente nada, ni en uno, ni en otro lugar. Todo normal, hasta que la instrucción que sonó en el altavoz del aparato fue:

Puje, señor Miranda.

… Silencio…

Puje, señor Miranda.

Exquiusmiiiii?!

“Te escuché la primera vez, imbécil, sólo estaba pensando en qué quieres que haga”, pensé hacia mí mismo. Sí, había que pujar. ¿Cómo rayos se hace eso estando acostado? Apreté las nalgas como en el gym y, como no me corrigieron, pienso que estuvo bien. Repetimos la toma un par de veces y listo, me dieron las gracias y me pelé. WTF?!

Regreso con mi urólogo, revisa los exámenes y me agenda para dentro de dos semanas una Litotripsia extracorpórea de ondas de choque. Todo ese nombre tan rebuscado y elegante para decir que me van a romper las piedras a madrazos y esperar que salgan… ya se imaginarán por dónde. Extraordinario. Y no sólo tienen que salir así como así. ¡Nooooooo! Tienen que hacerlo a través de un catéter. Adivina por dónde entra dicho catéter. Sip, correcto. Por dónde nada nunca debería entrar. Anestesia general para todo eso, obvio. Lo cual, sobra decir, me da TERROR.

Llego en ayunas al hospital el día pactado, papeleo, papeleo, me suben a mi cuarto, me dan mi batita enseña-nalgas, me bajan al cuartito pre-operatorio, me dan mi gorrito de cocina y me tienen ahí un rato. Algunas preguntas de rutina, tipo: “¿Te han operado antes? ¿Alérgico a algo?” Todas ésas. Todas negativas. Bajan a una mujer de edad muy similar a la mía y le hacen la misma bola de preguntas, pero ella contesta afirmativamente a todas. Estuvo veinte minutos enumerando todas sus operaciones previas. ¿Por? ¿¡Qué hiciste con tu vida, mujer!? Se le llevaron al quirófano y seguía explicando procedimientos anteriores. Siempre no lo he hecho tan mal, al parecer. #Winning

Después una enfermera osó preguntarme si me había bañado antes de venir al hospital. Tal cual. ¿¡De qué me vio cara, insolente vieja!? “Claro que me bañé” le dije. Y encima de eso me dio un vasito desechable con enjuague bucal, y me dijo que lo escupiera ahí mismo, que no me lo tragara. Ahora sí ya ofendido le dije: “Y también me lavé los dientes con harta pasta y enjuague”. Claramente esa mujer nunca me ha conocido. “Mucho gusto, Javier Miranda”, tuve que ajusticiarla. Se presentó después conmigo la enfermera que iba a asistir durante mi operación y le hice prometer que me iba a cuidar, que no me iba a pasar nada malo y que me iban a despertar en tiempo y forma. Me dijo que sí y le di un “high five” para cerrar el trato. Importante.

Cuando empezaron a empujar mi camilla, escuché a una de las enfermeras pedirle a alguien una rasuradora y, justo cuando iba a decirle que ni se molestara, que no era necesario (dando y dando, obvio), noté que no era para mí. Menos mal. Me llevaron al cuarto donde tienen el equipo para agarrarme a palos, me chulearon los tattoos y me distrajeron con plática aledaña para doparme.

Despierto todavía ZUMBADO en el mismo cuarto de antes, pero con otras personas y unas ganas de ir al baño INFAMES. Expresé mis intenciones a la enfermera en turno y me dijo que no había sanitarios en ese piso. ¿De qué rayos hablas, mujer? “¿Y qué se supone que haga?” Me dio un thermo transparente y “Vas, date”. Me acosté de ladito, abrí la bata enseña-nalgas y traté de hacer del uno. Ninguna posibilidad. “Me tengo que incorporar” pensé. Saco los pies de la camilla y me acuerdo que estoy descalzo. No soy fan de estar descalzo, como se acordarán. Mi brillante solución fue entonces hincarme en la camilla, lo cual resultó también demasiado complicado y decidí pararme SOBRE la camilla. ¿Porque por qué no? Fácil. Me paro en la estúpida camilla, abro la batita enseña-nalgas en medio de un cuarto con doce enfermeras y cinco pacientes de diferentes edades, géneros y demás. Intento hacer pipí y lo único que consigo es llenar medio thermo falso de sangre, a punta de dolor enmudecedor. DE MILAGRO no me desmayé del terror. La enfermera principal me dijo que era normal, pero igual, yo ya encomendándome a Cristo Rey, Alá, Anubis y cuanta deidad se me ocurrió en ese momento. Una de esas situaciones, tipo examen final en la carrera, en que se hace uno politeísta. “Al que conteste primero, le regalo mi alma y la de mi primogénito, pero conteste alguien a la de YA.”

Ya un poco más tranquilo, estuve cotorreando a todo dar con mis vecinitos de cuarto post-operatorio, con las enfermeras y con cualquier persona que entraba en el cuarto. Una fiesta eso ya. Justo cuando estábamos a dos de mandar pedir pizza y chelas, me subieron a mi cuarto de vuelta y listo. Yo pensé (y tenía la esperanza de) que iba a estar zumbado de anestesia todo el resto de la tarde y que, mínimo-mínimo-mínimo, no me iba a doler la panza ese día. ¡Pero no! La anestesia se me bajó a la hora de que me subieron y estuve agonizando física y personalidadmente todo el resto del día. Estaban mis jefes y mi hermana, y estuvieron ahí todo el tiempo, evidentemente… y para siempre voy a estar agradecido con ellos (por eso y por todo en la vida) pero de todas formas me sentía más solo que un perro en la carretera. Nunca me había sentido tan solo, miserable y desolado. Escena siguiente: Yo solo en mi cuarto, cortando el guiso sabroso que me subieron de comer, sin poder ni ver lo que hacía de los lagrimones que se me acumulaban en los ojos antes de escurrirme por la mejilla. Sollozo desgarrador y en forma. Un drama de la vida real. Estoy seguro de que hay cientos de personas que hubieran ido a verme si se los hubiera pedido (gracias también a todos ustedes), pero no era el punto; no quería a cualquier persona.**

Poco después de comer subió el doc a ver cómo estaba. Le hice las preguntas de rutina, tipo: ¿Puedo comer de todo? ¿Cuándo puedo regresar al gym? ¿Cuándo puedo volver a coger, chupar y demás sustancia de vida? Todo me dijo que en cuanto me sintiera apto, menos el gym. Respecto de eso, me preguntó:

Doc – “¿Qué pasa si no vas esta semana? Creo que sería lo mejor”.

Yo – “Pues de pasar, no pasa nada. Pero tampoco me veo como me veo saltándome semanas de gym por cualquier rasponcito. Ni que fuera futbolista”.

Poco después de eso me dieron de alta y me pelé tan pronto pude. Llegando a mi casa, ya me estaban esperando mis amigos para hacerme compañía y, más importantemente, sopita. Se rifaron fuera de control, debo admitir. Con todo y que AÚN CONVALECIENTE me hicieron padecer su pinche música de microbusero… Me quito el sombrero: Sopa es sopa. Big shout-out para ellos.

 

*Get Lucky – Daft Punk (2013) Porque todos los hombres somos esta rola: Todos nos desvelamos con tal de anotar. Si no, ¡¿para qué rayos lo haríamos?! Todos aguantamos su música horrible, vamos a lugares que ni nos gustan, convivimos con sus amigos que ni nos caen bien y hacemos todo el teatro completo, para lo mismo: GET LUCKY. Todos. Y el que les diga lo contrario, está mintiendo. Y de hecho, está mintiendo con el mismo propósito. Evidentemente.

**Para más información: Segundo párrafo de Bio.

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