Artemisa me sigue a todos lados. Me la encontré debajo de un Tsuru rojo que tiene pinta de haber sido taxi en alguna época, por allá en los dosmiles, cuando les dio por pintarlos de ese color ladrillo espantoso. Estaba muerta de miedo porque, asumo, no era callejerita, más bien se le veía la raza a leguas. Nunca he sabido nada de gatos, pero hasta yo sé que era un espécimen fino. Me llevó un rato convencerla de que no le haría daño y, es más, hasta le daría de comer. Tuve que recurrir a mi stash personal de atún que venía reservando para cuando en verdad no hubiera de otra. Se ve que le daban atunchito en su casa seguido, porque tan pronto abrí la lata, la cochina gata casi me ataca ahora ella a mí. Nos terminamos esa lata a punta de salmas, ésas sí las últimas, y como que me agarró confianza. Se subió a mi vehículo olfateando cada rincón y, una vez reconocido todo el terreno, decidió que estaba a salvo, cruzó las patas delanteras como hacen los gatitos cuando se aburren y se quedó dormida. No se me ha separado desde entonces. Eso fue en febrero, justo después de que dejé la ciudad en ruinas que es ahora el DF.

La gasolina se terminó hace meses y es inútil intentar ir en coche. Al principio, en la negación y la hueva, todavía verificaba uno por uno, gasolinera por gasolinera, con la esperanza de no tener que caminar. Dado lo cual, desde hace doce, trece días, venimos (vengo, más bien, maldito gato huevón) pedaleando una bici de tamalero que alguien abandonó cerca del Walmart de Plateros. ¿O eran semanas?, ya ni sé, parece una eternidad. Seguro lo es. ¿Quién iba a decir que yo, de entre todas las personas fuera a ser el último sobreviviente del apocalipsis más pendejo de la historia? Yo y no Will Smith. Yo y no un humano que pudiera hacer algo al respecto de una pandemia/extinción masiva como la que nos atañe. Aunque creo que ya es demasiado tarde de todas formas, no es como que pudiera hacer tanto aunque fuera médico, genetista o astronauta pa’l caso. Ya no queda nadie para experimentar, salvar o procrear. Sólo yo, un “músico” venido a menos, venido a PYME, venido a escritor, venido a Mad Max en bici de tamalero intentando llegar a quién sabe dónde, como si en aquel quién sabe donde fuera a haber algo más. O alguien más que lo salve de la muerte inexorable. Y Artemisa y no un pastor alemán divino, mamado y veloz, que pudiera cazar un conejito o algo así, hacerse útil. ¿Quién hubiera dicho? Esa pobre gata tan elegante, como de villano de Bond, con su nariz chata y pelo largo, hermoso. Probablemente el ser menos adaptado para sobrevivir una situación como la nuestra. Después de yours trully, por supuesto.

En Querétaro está lloviendo, carajo. De esa lluvia de película de terror: gotas gruesas como orugas y pesadas como un remordimiento. Yo, como quiera, traigo una chamarra choncha y no tengo tanto frío, pero el pobre animal viene empapado y furioso, siento que me juzga desde acá. Por lo menos no se echó a correr con las primeras gotas. Su melena de salón decayó en peluca de piruja de la Merced que le agarró la lluvia a media chamba, y me está dando risa y angustia en igual medida. Tengo que buscar refugio antes de que caiga un rayo que la espante y no la vuelva a ver. Creo que aquella lavandería tiene la cortina medio abierta y es buen lugar para buscar algo con qué taparnos. Estaciono la bici con trabajos y la estrello sin querer contra el vidrio del mostrador; todavía no logro dominar sendo maquinón. Me bajo y pregunto en voz alta si no hay nadie, y, al no encontrar respuesta, me interno en la mercancía abandonada para buscar cobijas y algo donde dormir. Aunque se ve que lleva varios meses abandonada, no parece que haya sido vandalizada y todo sigue en más o menos buen estado. Trajes azules, negros y grises; incluso uno que otro café, hazme el favor. ¿De quién habrá sido el café? ¿Qué es esto, 1991? Maldita #provincia. Varios vestidos de noche, camisas, pantalones, abrigos y faldas. Hasta el fondo por fin unas toallas y un cobertor de esos de leones y tigres, espantoso. Pero el frío no perdona y doy gracias al Mismísimo. Tomo las toallas y me seco como puedo y seco a la gata que me sigue juzgando con la mirada, pero permanece quieta como estatua para que la seque. Ya más tranquilos y a gusto, organizo una cama de ropa en una esquina y me tapo con el cobertor. Llamo a Artemisa para que se resguarde bajo los leones y tigres junto conmigo, pero ni me pela y sigue lamiéndose las patas y el agua de lluvia, refunfuñando. Abro una lata de atún haciendo tanto ruido como puedo y ahora sí no se resiste. Le voy agarrando el truco a esto, pero también tengo que pichicatear las latas porque tampoco traemos tantas que digamos; las estoy guardando para después, para cuando se venga el hambre en serio. Más en serio. Nos terminamos la cena y reitero mi oferta. Se hace del rogar unos minutos, pero después se acomoda en mis piernas y siento que todavía tirita de frío. Con el paso de los minutos la temblorina se le pasa y se queda dormida. ¡Es la primera vez que duerme en mis piernas! Me derrito de ternura. 

Nos acercamos poco a poco a otro pueblo aniquilado. Hace ya como dos horas que dejamos el Oxxo ese, donde pude rescatar una pizza apenas caduca de uno de los estantes. Artemisa tampoco se ve tan mal, si no, le hubiera dado. Sólo maúlla en las mañanas cuando ya de plano ladra de hambre y se le pasa con apenas un puñito de croquetas. Mientras le duren, unas dos semanitas más, si se las sigo racionando como hasta ahora, creo que vamos bien, después, a ver qué hacemos. Perdóname, Art, es por tu propio bien. Siento que me odia. Yo me odiaría. Hemos de estar ya cerca de la frontera con los gringos: hace tiempo que pasamos el letrero de “Ahúa, Chihuahua” con grafitis que indicaban al visitante que ya no queda nadie en ese pueblo de por sí pestilente. De todas formas, adelante hay un asentamiento, no creo la capital, pero es posible que haya algo útil. Posible, aunque no probable. A estas alturas me conformo con un libro más o menos decente. Si tengo que volver a leer las copias roiditas de Harry Potter y la Orden de su Rete Puta Madre que traía el tamalero al que le confisqué el carrito, me voy a matar. Maldito niño mago, pusilánime y bruto, que nunca se pudo ni dar a la maguita que le tiraba el chon a cada rato, me caga. Hasta un pelirrojo le bajó el mandado. ¡Un pelirrojo!

Voy a ir a buscar algo de comer, Art, no tardo. La gata parece que me entiende y se esconde entre las cobijas que venimos cargando desde Querétaro. De todas formas, encuentra una pequeña ventana en las telas y se asoma para seguirme con la mirada. Sus bigotes permanecen atrás como no queriendo arriesgarse de más. Entro a la primera miscelánea del lugar, Doña Esme, para encontrarla completamente saqueada. Ni un Gansito, ni unos Trident, ni una memoria USB. Un periódico de hace seis meses es lo único que queda. “Quinto y último intento de vacuna contra Coronavirus fracasa en Boston y la humanidad pierde la esperanza”. Díganme algo que no sepa. Tantas cosas que comer y los pendejos chinos comiendo murciélagos, tantos científicos en el mundo, nadie pudo encontrar la cura; tanto se nos dijo “quédense en sus casas”, nadie hizo caso, y el presidente más incompetente del que se tiene memoria diciendo que nos abrazáramos. Ergo el Apocalipsis más Pendejo de la Historia. Miles de oportunidades de hacerlo bien y la cagamos. No que me sorprenda ni mucho menos. Me sorprende más bien que nos hayamos tardado tanto en extinguirnos. Porque sí, eso es lo que está sucediendo ahora: nos estamos extinguiendo, cual los pinches dinosaurios. Mínimo ellos tenían el pretexto de que les cayó una bola de fuego del cielo y los acribilló a todos. A nosotros nos mató un catarro en esteroides.

Recorro sin éxito cuatro, cinco, seis misceláneas. Ni un méndigo LonchiBon. Echo ojo a la calle para cerciorarme de que Artemisa y el carrito sigan donde los dejé y decido ir ahora casa por casa. Hace ya varios pueblos que no hago esto pero el hambre y la pinche aburrición están a dos de sacarme de mis casillas. Seguido sus habitantes están muertos. De hambre, sed, ahorcados o electrocutados en la tina. Más seguido que no, es contraproducente: gusanos, moscas y pestilencia es lo único que queda en la mayoría de las casas. De todas formas, decido echar ojo en dos o tres y probar suerte. 

Los habitantes de ésta se pelaron a tiempo, al parecer, muy bien hecho. A tiempo para no tener que suicidarse unos a otros. ¿Habrá un verbo para el acto de otorgar la Eutanasia? Eutanasiar, chance. No me suena. Bueno, a eso es a lo que llegó mucha gente, muchas familias, muchas parejas y ex parejas. Morir de sed es mucho menos eficiente que tirarse de un sexto piso o meterse una bala en la sien. No más limpio, sin duda, pero sí más fin-del-mundioso y dramático. Yo también hubiera optado por algo así. Ya si te vas a petatear, mejor hacerlo en grande, darte bien en la madre y no sufrir por días. Mínimo la caída sería entretenida. Breve, pero entretenida.

Me meto a la cocina y encuentro un paquete de galletas. Caducaron hace unas semanas, pero qué más da. Es lo mejorcito que he encontrado en un buen rato. Artemisa va a estar rallada, le maman las galletas, en particular las Marías. Le mama cualquier cosa a estas alturas, then again. Y a mí, ni se diga. Me como una sin que me vea, como si me pudiera ver desde su escondite allá afuera y me arrepiento y las guardo para compartirlas con ella. Me asomo a la alacena sólo por no dejar y encuentro una botella empolvada de Ron Abuelo 12 casi vacía. Le soplo para limpiarla un poco, la pongo contra la luz que llega desde la ventana y calculo que le podría haber sacado unas tres cubeibis medio pichicatas o dos bien servidas, como me gustan, si tuviera unas cocas y tantito hielo. Ufff, hielo. Mataría por una rejita de hielo. A Art no le gusta el ron, así que… qué suerte, pedita naca hoy en la noche. La destapo con cuidado, me la acerco a la nariz y casi puedo oler los doce años de añejamiento en barriles de roble blanco americano, seguro dos o tres en tienda y, mínimo, y por como se ve la botella, más de cinco en esta casa de abstemios. ¿Dónde la habrán comprado? No creo que en este pueblo trespesino vendan estos manjares. Gracias a ustedes, señores fulanitos de tal, donde quiera que se encuentren, que Dios los tenga en su Santa Gloria. Guardo la botella y las galletas en la bolsa negra del City Market que traigo desde que salí de mi casa justo para estos menesteres y me dirijo a la puerta. Antes de salir, veo en el reflejo de un espejo de esos de casa de abuelita, con garigoles espantosos, que se ve ya entradísimo en años, un librero en el otro cuarto, junto al baño. En cuestión de segundos considero si tomarme el tiempo de ir a husmear el mueble o regresar con Artemisa y el resto de mis provisiones. Aunque es por demás improbable que alguien me las vaya a chakalear, no me encanta demorar de más: las pocas provisiones que me quedan son ahora invaluables. Y el gato más. Abro la puerta de la entrada cuidando no hacer demasiado ruido, echo un rápido ojo y me regreso a checar si hay un libro que valga la pena. El que sea, en realidad. De Dan Brown pa’rriba me doy por bien servido. Hasta revistas de chismes se agradecerían. Muevo dos sillas en mi camino arrastrándolas por la alfombra beige de la sala y llego hasta el armatoste. En el momento en que voy a tomar el mango de la puerta de la izquierda, escucho a Artemisa pegarle de gritos a algo y salgo corriendo despavorido. Afuera, la gata paradita en dos patas, tirándole zarpazos amenazadores a una serpiente como de un metro, café oscuro, buscando pleito. Saco la botella de Abuelo de mi bolso negro y se la aviento al bicho, con lo cual se espanta y se arrastra de vuelta a los arbustos junto a la carretera, de donde asumo había salido. Una vez seguro de que no va a regresar, intento tranquilizar al felino con caricias y palabras suaves, y a penas logro convencerla de que se suba de vuelta al carrito. Las siguientes dos cuadras esa pobre en guardia y alerta máxima. Hasta yo siento su taquicardia, por lo que, a falta de bolillo, le abro un paquetito de Marías recién requisadas. Yo también me doy el gustito de un par. En ese momento me cae el veinte de que usé de arma doce años de añejamiento panameño cuidadosamente destilado por artesanos expertos y quiero llorar. Les pido una disculpa, señores fulanitos de tal, donde quiera que se encuentren.

Al cabo de tres cuadras a paso lento, un balón de soccer despintado y a medio gas me recuerda que hace no tanto, por estas calles de terracería y changarros pueblerinos, decenas de niños salían a jugar en las tardes de viernes, como la de hoy. ¿Hoy qué día es, por cierto? Según yo, viernes, pero bien podría estar equivocado. El don de los elotes tendría tres o cuatro personas esperando ser despachadas con chilito del que pica y una o dos del que no; habría gente saliendo de la iglesia, recién comulgados y ungidos en interminables mentiras que a duras penas escucharon por andar cabeceando; gente de todas edades, incluyendo algunos turistas despistados que acabaron en este pueblo horrendo, quesque “mágico”, sentados en el quiosquito, comiendo helado de agua de la llave y esperando un amor que nunca llegaría para unos y menos para otros; parejas de viejecitos caminarían de arriba abajo una misma cuadra como parte de su rutina diaria de acondicionamiento físico, antes de irse a su casa a leer, echarse un cigarrito y recordar mejores tiempos, que, por una vez, sí serían mejores.     

El viento hace que el balón ruede colina abajo hasta pasar cerca de nosotros, por lo que me bajo de nuestra carroza tamalera, y casi como reflejo/instinto/loqueustedesquieran de hombre adicto a los deportes, lo levanto con el empeine, intento hacer unas dominadas y antes de lograr siquiera una cuarta, se me aleja más de lo planeado, por lo que lo pateo tan fuerte como puedo y veo cómo entra por la ventana de una casa aledaña, haciendo añicos el vidrio. El público se levanta de sus asientos y festeja quitándose la playera con mi apellido: Miranda #4: defensa central de la Selección Mexicana, ganando así la Copa del Mundo de Catar 2022 en tiempo de compensación, contra la Albi, ni más ni menos que el viejo archienemigo, Messías incluido. Vuelta al ruedo en hombros, levantamiento de copa, entrevista con el presidente, misma que rechazo y le pinto el dedo en televisión abierta. Héroe Nacional. Se quita por decisión unánime a la pendeja de la Diana de Reforma y me ponen a mí en su lugar. 

Artemisa se asusta al verme corriendo por la plaza del pueblo sin playera, agitándola por los aires, gritando ¡GOL, puta madre, GOL, ganamos!, como en loop, hasta que se harta y me barre con la mirada y se echa sobre mi sombrero de #provincia, su lugar favorito para dormirse desde hace ya un par de meses. Pobre diablo, la escucho pensar hasta el otro lado del quiosco, donde el señor de los esquites. Corro hasta ella y la levanto como si fuera la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA. El felino coopera a regañadientes, sabe que es fair play


En la frontera con los gringos no parece haber nadie que nos detenga, que nos pregunte nada, que nos haga evaluación de salud. Esto es serio. Hasta el felino, con sus bigotes, sus orejas peludas y su altanería característica, sabe que si los gringos abandonaron su frontera es porque ya no hay nadie que la vigile, o nadie a quien le importe. Y cualquiera de las dos es terrorífica. Incrédulo, desembarco desde muchos metros antes de la línea fronteriza y levanto los brazos en señal de paz, no vaya ser que haya un maldito redneck y me plomee; pobre gato, ¿qué va a hacer sin mí? Pregunto en voz medio alta, medio no, no sabiendo si quiero que me contesten o mejor nel, que si hay alguien ahí que nos atienda, que tengo un gatuchito, tres latas de atún en aceite, unas cuantas cobijas y un termo purificador de agua. Sólo eso. Empujo el vehículo hasta la caseta y vuelvo a preguntar, esta vez con más enjundia. Al no recibir respuesta, decido que no hay moros en la costa y sigo mi camino. Ya más entrado en la carretera acelero el paso y hasta volteo a cada rato, como espejeando, hasta que me encuentro lo bastante lejos como para darnos por victoriosos. 

Pasan las semanas y seguimos empujando la carroza tamalera en busca de truck stops que chance no hayan sido saqueados todavía, o no del todo. San Antonio, Austin, Houston. Logramos hacer una buena requisición a las afueras de Beaumont, Texas. Un diner que debe haber sido bastante acogedor tenía unos cuantos veinticuatros de Pepsi de vidrio, y suficientes latas de frijoles dulces como para tres semanitas, ya contando lo que le toca a Artemisa, espero que le gusten los sweet beans a la criatura. La única bronca es que ahora es más pesado mover nuestra humilde morada móvil, pero equis: que sirvan de algo tantos años de gym, ¿no? Baton Rouge, Nueva Orleans, Montgomery, un pueblo espantoso tras otro, todavía no hemos visto señales de gente viva. Sólo restos de pancartas contra el gobierno de Trump o a su favor. Mientras más nos adentramos en Alabama, más a su favor. Un chingo más. Señales de balaceras cada vez más grandes, incendios más recios, crímenes de odio, huesos, olor a putrefacto. Llegando a un lugar llamado Greenville, Alabama, nos tocó por primera vez una fosa común. De ésas que vimos en la tele y pensamos que eran choro. Grúas que vaciaban toneladas de cadáveres en huecos inmensos para su incineración a punta de lanzallamas. Vimos por lo menos otras dos en las siguientes semanas. Nada los salvó de ésta. Nada NOS salvó de ésta. Se nos pinches dijo y no hicimos caso. Auburn, La Grange, Peachtree City y Atlanta. Al fin Atlanta. 

¿Hueles eso Arti?, ¡es el dulce olor a gloria, mami! Del DF a Atlanta en una bici tamalera. ¡¿Quién se hubiera imaginado?! ¡Ni el mamón de Will Smith en una puta Hummer se hubiera rifado así, carajo! Ahora sólo es cuestión de encontrar el maldito CDC. Agárrate, que estamos a nada. 

Bajo al idiota gato que traía otra vez de trofeo de la FIFA, la pongo en el piso y se le viene encima un águila, un halcón o sabrá Dios qué estúpida ave a cuatro mil kilómetros por segundo y se la lleva en menos de lo que me abría una Pepsi tibia para celebrar. Un abrir y cerrar de ojos bastaron, la Naturaleza es perra. Pobre Artemisa. Sobrevivir el Apocalipsis más Pendejo de la Historia, hambre, sed, tormentas eléctricas, serpientes, la frontera gringa, pantanos y rednecks, sólo para ser devorada por un ave y sus crías a la entrada de Atlanta, Georgia, tan pero tan cerca de nuestro cometido. A dos de salvar a la humanidad, si es que todavía queda algo que salvar. Lo único que no se llevó el pájaro fue su collarcito. Se le ha de haber caído cuando se la llevó. El collarcito verde que tanto le gustaba usar y se paseaba lisonjera cuando lo traía puesto, como presumiéndolo. Se lo hice camino a Querétaro, todavía en las primeras semanas que estuvimos juntos, con tela de mi playera consentida de la Selección. 

Devastado, abandono la Carroza y camino ya sin ganas entre las calles desiertas de la ciudad de nuestra última esperanza. No sé dónde estoy ni mucho menos dónde esté el mentado CDC, pinche Atlanta, es más grande de lo que pensé. Ahora sí no tengo comida, agua, Pepsi, sweet beans, Ron Abuelo ni nada. Se van al pito, a ver quién los salva. 

Después de varios días de no encontrar comida ni agua, me siento en la banqueta a unas cuadras del Mercedes-Benz Stadium y me doy por vencido. Siempre no soy tan valiente para aventarme de un barranco. Aviento el collar de Artemisa que cae pesado, como en cámara lenta a media calle. A dos de quedarme fatalmente dormido, alcanzo a ver una mano enfundada en un grueso guante blanco que recoge el collarcito de Artemisa y me desmayo. 


Despierto y estoy en una cama de sábanas blancas, en un cuarto con mucha luz. Me percato de que estoy entubado y en bata, no huelo a podrido y no creo tener hambre o sed, como hasta donde me acuerdo. Me saco las agujas del brazo, me quito la sábana y me pongo de pie como puedo, sin tanto éxito, lo cual dispara una especie de alarma. A los pocos segundos, aparece una mujer de edad avanzada y acento británico. 

–Calm down, sweetheart, you’re in no condition to be dancing around like this, you’ve been out for three weeks straight. 

–Claro que sí, mujer, ¿de qué me hablas? ¿y dónde rayos estoy?– le contesto en mi perfecto español. 

–Ven, siéntate, tómatelo con calma. Estás en el CDC, deja llamo al doc.– Responde ella también en perfecto castellano. 

Entra al cuarto un individuo negro, alto y canoso, con el collarcito de Aremisa y lo primero que hace es devolvérmelo. Ten, se te cayó esto, campeón. Y parece que le tienes mucho cariño. Le arrebato el pedazo de tela todo roído y lo aprieto con todas mis fuerzas, con una lágrima colgada de mi párpado, como quien se sostiene de las uñas sobre un precipicio. 

–Cuando te encontramos estabas anémico, deshidratado y a dos de estirar la pata. Para tu fortuna y la nuestra… y la de toda la humanidad, en realidad, si es que queda alguien aparte de nosotros en algún lugar del mundo, nuestras cámaras te captaron llegando a la ciudad con tu bici esa especial y el gato gris. 

Sí, Artemisa. Se la llevó un pájaro.– Cae al precipicio. 

–Vimos. Era un halcón Cooper, animal velocísimo. I’m so sorry for your loss. El punto es que te vimos en nuestras cámaras y pensamos que era imposible que estuvieras ahí, eres la primera persona que vemos en, ¿cuántos meses, doctora?, muchísimos, ya hasta perdimos la cuenta. No pensamos que hubiera nadie más vivo. Te buscamos por días hasta que te encontramos en la esquina del estadio. Te trajimos aquí, y después de varios días en que no despertabas, empezamos a pensar que no lo harías. Entonces… y déjame disculparme de antemano, te hicimos todos los exámenes conocidos por el hombre hasta dar con la razón de que hayas sobrevivido tanto tiempo allá afuera sin traje hazmat, con la esperanza de desarrollar una cura a partir de eso. MRI, CAT, EKG, todo el abecedario de pruebas rimbombantes. 

–¿Yyyyyyyy? ¡Suelta la sopa, papá, que para eso vine hasta acá desde Mexico City!

–Bottom line, la encontramos. Dado lo cual, permíteme, en nombre del CDC, la ciencia, el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica y la humanidad, darte las gracias y estrechar tu mano.