Anteriormente en Irina Morózova:

“Irina Morózova, la nueva guitarrista mitad rusa, mitad polaca, de Subterrannia, está poniéndose cómoda en el estudio para grabar lo que se rumora será su último álbum y gira mundial, y estoy más nervioso de lo que me gustaría admitir.” … “Había nacido en Łódź en 1996” … “Viene rapada a coco, jeans negros, cangurera, tenis de diferente color, reloj de oro (“un Omega retro”) y una blusa deslavada amarillo canario, sin bra.” … “su padre la metió al conservatorio Tchaikovsky de Música de Moscú para estudiar teoría musical, y al terminar emigró a Nueva York para estudiar guitarra eléctrica en Julliard… ‘Couldn’t wait to get out of there, so I secretly worked night shifts, as bartender at nightclub in Moscow to get money to travel to USA’” … “Después de grabar, cuando mi socio salió por algo, me volví hacia ella y la vi sacar apresurada una plumilla de la bolsa trasera de sus jeans y me la dio, como cerciorándose de que nadie la viera. ‘Guárdala bien, luego te digo bien what to do with it’”.

Пропаганда (Propaganda)

Irina Morózova se levantaba todos los días a las siete para salir a correr. El aire frío, tajante, de Moscú, le lavaba las fosas nasales y la hacía medio revivir, según ella. Era su momento favorito del día porque podía extrañar su país, su casa y su tenis. Le daba tiempo de acordarse de su mamá, que le daba la bendición antes de irse a la escuela aunque ella ni creyera en esas cosas, del parque Ocalałych que durante el verano era su parte favorita de la ciudad porque se llenaba de perritos que se dejaban acariciar; y de su entrenador, Marek, siempre intachablemente vestido, ojo azul y cabellera perfecta a la McDreamy, de Grey’s Anatomy, misma que no se perdía ni por error, aunque sus compañeros de la prepa, “anti-yanquis”, capitalistas closeteros, la bullearan por verla. Faltaba más: la mujer entrenaba dos horas antes de ir a la escuela, dos en la tarde y otras tres en la noche, lo único que quería los domingos, el único día que no entrenaba, era retacarse entre cinco y nueve pierogis rellenos de mermelada de fresa que compraba en el lugar de Józef, el bizco que le tiraba el pedo. Aunque no eran los mejores del rumbo, ya no digas de la ciudad, el pobre bizcochito la hacía reír y siempre le daba 50% off; que en su época de estudiante –aunque luego podría haber comprado el lugar de Józef y todos los changarros de pierogis de Polonia y del mundo– le hacía buena falta. 

Moscú era muy diferente. Moscú no le inspiraba nada. Gris, inclemente, tedioso, aletargado, funesto. Pasaba sus días en un sopor que la agobiaba hasta la locura, y que por las noches intentaba desconocer a punta de una azuquítar de sospechosísima calidad, que conectaba en el antro de mala muerte donde su maestro de Contrapunto II le había conseguido chamba, en segundo semestre. Aunque en el Conservatorio la traían como perico a trapazos, sepultada bajo pentagramas, claves de sol y de fa, sostenidos, bemoles y becuadros, la música en realidad siempre se le dio sin mayor dificultad. Manejaba puro diez sin despeinarse, con sólo medio estudiar las lecciones antes de entrar a la siguiente clase. –De no haber desperdiciado todos esos años haciéndole al pinche tenis, mijita, ya serías directora de la Filarmónica de Varsovia, ¿ya ves? –le repetía su papá siempre que podía. Irina sólo le barría los ojos y le decía –Tak, ojciec, ya ni me digas–. El viejo le hablaba por teléfono todas las tardes desde Polonia para repasar las lecciones del día y verificar que estuviera yendo a sus clases sin falta. Tenía que esperar a que su padre colgara, convencido de su progreso académico, para que pudiera escabullirse a Пропаганда (Propaganda), donde despachaba tragos de diez a cuatro, y eso cuando el jefe estaba de buenas y la dejaba irse a su hora; los demás días, se iba casi en vivo a correr y de ahí al Conservatorio. 

En general era un lugar de clientela no recurrente, y que además en su horario estaba poco iluminado, por lo que distinguir a un individuo en particular era improbable. En su mayoría locales, desabridones, cheleros monógamos que no salían más allá de la típica Baltika No.3, y que una noche sí y otra también, a partir de la cuarta ronda pretendían hacerle plática. Ella se zafaba alegando falta de tiempo –lo cual era aparte cierto– para no enemistarse con posibles propinas que para empezar no eran tan cuantiosas. Los techos altos y las paredes de ladrillo del lugar le recordaban su antigua escuela ex-soviética, en Łódź, que todavía en los primeros años de los dosmiles permitía entrever, como sin-querer-queriendo, vestigios de las originales pinturas rojas, con martillos y hoces, casi recordándole a los papás de las criaturas de lo que se estaban perdiendo/salvando. Aunque por mucho no había sido la mejor época de su vida, Irina recordaba esa escuela y a esos compañeritos con especial cariño; como que le daban un sentido de pertenencia. Incómoda y todo, pero pertenencia a fin de cuentas.   

Uno de los pocos clientes del Пропаганда que le dejaba más del mísero 5%, era un sujeto de ligero aspecto árabe (pero no como de Egipto ni de Catar, más como de Turquía o Azerbaiyán), de ojos claros, marcado acento fuereño y que vestía siempre de negro, con un Omega retro de oro. Y no era sólo la oscuridad que lo hacía parecer siempre vestido así; alguna vez, durante un evento privado, Irina lo había visto salir de un cubículo del baño de mujeres, metiéndose la camisa al pantalón, mientras ella se recomponía frente al espejo antes de regresar a la chamba, después de un sigiloso llavazo revividor. De inmediato pensó que el tipo no tenía la cara de alguien que se acababa de venir en la boca de una desconocida, por lo que tocó a la puerta del cubículo del que había salido, y lo abrió sin preguntar. En el interior, una güera más ruca que ella o incluso que él, toda deschongada, se acomodaba el bra al son de litros y litros de Baltika No. 3 cayendo violentamente en el agua del retrete. 

Are you ok, honey? Was that guy hurting you?

–Are you kidding me? He might’ve just given me the best fuck of my LIFE

Volvió a cerrar el cubículo y se disponía a retirarse cuando escuchó que la gringa le gritaba todavía desde el trono: “Hey, honey… wipe your nose before going back out, you look like Tony Montana! Hahaha!” Irina, sin entender el chiste de Tony Montana, se limpió la nariz con el pulgar y el índice, mismos que se restregó en las encías, no fuera a ser algo de provecho, y salió del baño en busca del hombre de los ojos claros. Aunque sí había estado haciendo lo que fingió al verla, a ella le dio mala espina. Se veía demasiado sobrio y demasiado bien vestido como para estarse cogiendo a una ruca espantosa como la del baño. Preguntó entre sus cuates bartenders, al gerente y hasta al cadenero que le cagaba, si habían visto una persona de sendas características, pero nadie parecía recordarlo. 

En las semanas que siguieron, el individuo se apareció en repetidas ocasiones, mas siempre intentando pasar tan desapercibido como podía. Era como si sólo Irina lo pudiera ver. Una o dos veces por noche, cuando Irina estaba sola en la barra, se acercaba y pedía un Macallan 12 derecho, dejaba el 100% de propina, y desaparecía como por arte de magia cuando sus compañeros regresaban de su break. Durante el resto de la noche, cada vez que sus miradas se cruzaban, parecía estarla viendo fijamente, sin bailar, sin hablar con nadie a su alrededor, como si estuviera solo, como si sólo ella existiera. Cuando él la miraba, en efecto, nada más existía. Seguido, su amigocha Ania la tenía que despertar con un ligero codazo, pellizco de nalga o grito pelado, del trance en que entraba. En más de una ocasión estuvo a dos de pedirle a Seguridad que lo sacaran del lugar, pero nunca podía encontrarlo cuando regresaba la mirada. Para cuando se lo volvía a topar, estaba otra vez frente a ella, pidiéndole un refill de Macallan 12, tan tranquilo como siempre. Impecable como siempre. Tenerlo ahí, tan cerca, al otro lado de la barra, con su acento insufrible y a la vez delicioso, la hacía paralizarse y entrar en autopilot; de milagro lograba verter el whisky en el vaso de vidrio, sin poder pronunciar palabra en ruso, polaco ni ni madres. Simplemente se acomodaba el fleco como en automático y le extendía la terminal para que pagara, le dejara su propela y se esfumara entre la muchedumbre. Una ilusión óptica que la aterraba en igual medida que la hacía salivar. 

Una noche, recién empezado el turno del DJ residente, serían no más de las once, Ania regresó antes de su break llore y llore y mentando madres. El novio, un colombiano escuálido, con tatuajes hasta en la cara, la perseguía y quiso meterse hasta la barra, donde fue parado en seco, con un grito furibundo, en perfecto ruso, de Irina Morózova. Discutieron algunos segundos, cada uno en su idioma, valiéndole pito lo que el otro dijera, hasta que al final el sudamericano desistió y se retiró haciendo corte de manga hacia las dos bartenders y el bonche de clientes que lo veían extrañados y metidos en el chisme. Entretanto, para distraerse del altercado, Ania despachaba a la turba iracunda que se acumulaba de un segundo a otro, esperando ser atendidos. 

Cuando hubo pasado la tormenta, las dos bartenders rieron aliviadas ante la calamidad en que se habían metido una vez más. Entre una Baltika No.3 que destapaban y la siguiente, se permitían unos segundos para intercambiar perspectivas y uno o dos traguitos de vodka cuando el gerente no las veía. Al principio todavía furiosas, pero conforme pasaban los minutos y el licor hacía su efecto, cada vez más animaditas. 

–Ah, ¿y qué crees, Iri? En lo que te agarrabas del chongo con el pendejo de Fermín, se me acercó un wey a la barra y preguntó por ti. Me dio su cel, por si le quieres hablar. 

–¿Cuál wey? Le hubieras dicho que estaba loco, no le voy a hablar a nadie, bastante tengo que hacer. 

–Estaba chulísimo, deberías tomarle la palabra. Hazme caso. Si tú no le hablas, neta le hablo yo, eh.  

–¿Cómo era o qué?

–Tenía ojos claros y venía todo de negro. Creo que puede haber sido medio árabe. Pero no como de Egipto ni de Catar, más como de Turquía o Azerbaiyán.