Cuando sacó la PRS Custom 24 del estuche casi se me cae la baba y de paso la chela. Negra, con rayas doradas, impecable, casi parecía que la había terminado de pulir. La mismísima guitarra con que soñé de chavo y nunca me atreví a comprar, entre por codo y que la neta ya no tocaba tanto; medio sentía que no la merecía. Pero ella sí. O está por verse. Viene recomendadísma. Si toca la mitad de bien de lo que se ve… Irina Morózova, la nueva guitarrista mitad rusa, mitad polaca, de Subterrannia, está poniéndose cómoda en el estudio para grabar lo que se rumora será su último álbum y gira mundial, y estoy más nervioso de lo que me gustaría admitir. No sé si es porque estamos a punto de grabar el álbum más esperado del continente en más de dos décadas, porque no conozco el trabajo de esta mujer –y no suelo chambear con músicos que no conozco en proyectos importantes–, o de plano sólo porque su look me distrae. Viene rapada a coco, jeans negros, cangurera, tenis de diferente color, reloj de oro y una blusa deslavada amarillo canario, sin bra, que permite vislumbrar unos pezones perforados que no pueden evitar endurecerse con el frío del estudio. Si Raúl la escogió es porque debe tocar la puta madre, me consuelo. 

Advertí a la tal Irina ponerse de pie, guitarra en mano y rasgar como sin querer queriendo un mí cinco, de primaria, con una plumilla que se alcanzaba a ver desgastada desde mi silla en el control room. Pensé Chale, ¿de plano de a power chords?, al mismo tiempo que vi a mi socio de reojo. Él me hizo una seña con las cejas como de tú tranqui, dale chance. Volteamos los dos a verla, cuando le daba un trago a su Corona haciéndonos señal de Nasdrovia, misma que devolvimos, mustios, entre expectantes y medio incrédulos. La dejó sobre el piano a su lado y se dirigió hasta el fondo del estudio, donde se encontraba el ampli que elegimos para hoy. Conectó el cable TS que trajo ella misma al coco Fender con ampli Mesa/Boogie California que tenemos ahí de batalla: hoy sólo vamos a maquetear. Subió los switches tanto de uno como de otro aparato, que se escucharon hasta donde estábamos. El mejor sonido del mundo. Los bulbos del Fender se empezaron a calentar cual tostadores de voltaje/hornos de guitarrazos. En lo que llegaban a la temperatura ideal, ella aprovechó para afinar la PRS. Prensó el afinador a la cabeza de la guitarra, agudizó ligeramente el sí, agravó el re y decidió que estaba lista para desatar a la bestia. En eso, subió la mirada y nosotros fingimos no estar intentando verle el escote. Nos guiñó el ojo sin ver directo a ninguno de los dos, haciendo difícil distinguir para quién era, y como diciendo No son los primeros ni serán los últimos y nos dio un thumbs up que nos sacó del apuro. 

–Creo que ya está lista, ¿no?, ¿cómo ves?

Mau, mi socio, asintió con la cabeza y una ligera mueca de la boca. Me asomé por última vez al live room y le dije –ésos son tus audios, ya están conectados, sólo muévele el volúmen con la perilla de hasta la izquierda. Si necesitas más, me dices y le subimos de acá, pero ya deberían estar. Aquí te dejo la partitura también, cuando estés lista–. Se quitó el reloj, un Omega retro, divino, y lo colocó en el atril dispuesto más para instrumentos que para joyería, pero quehagaloquequiera, y me dirigió una mirada de siempre lista, otets, veme, siempre lista

Irina Morózova, leí después en una revista especializada en guitarras y guitarristas de la cual había sido la portada en 2015, había nacido en Łódź, la tercera ciudad más importante de Polonia, en 1996. De padre ruso y madre polaca, había tenido una educación firme, casi soviética en la que no había tregua. Aficionada desde chica al tenis, quiso seguir los pasos de Agnieszka Radwańska, finalista de Wimbledon 2012 e ídolo nacional de su natal Polonia. Siendo “demasiado flaca” para jugar tenis (léase: le valió verga), su padre la metió al conservatorio Tchaikovsky de Música de Moscú –donde él se había doctorado años atrás–, para estudiar teoría musical, y al terminar emigró a Nueva York para estudiar guitarra eléctrica en Julliard; más para alejarse del yugo comunistoide de su familia, que porque realmente la apasionara; pero sobre todo, porque PODÍA. “Couldn’t wait to get out of there, so I secretly worked night shifts, as bartender at nightclub in Moscow to get money to travel to USA” citaba la revista. Se había graduado segunda de su clase y a sus escasos veintidós años ya había grabado con artistas de renombre internacional en Estados Unidos, México y Canadá. 

Se colocó los audífonos una oreja sí, la otra no, y le dio (o le quitó, vete tú a saber) watts a la perilla de la PRS y me encerré de vuelta en el control room para huir del ruidero que se avecinaba. 

–¿Quieres que le demos unas cuantas vueltas para que le vayas agarrando? 

–Sí, por favour–. En un acento entre ruso, gringo y gachupín. 

–¿Ahí escuchas bien? ¿A nosotros también?

–Sí, vamos–. Y se acomodó el fleco inexistente, como por reflejo de cuando solía tener pelo largo. 

Tomamos asiento frente a ella, detrás del vidrio y le dimos PLAY. Ella sólo movía los dedos a través del mástil, sin volumen, como infiriendo los sonidos que saldrían del ampli, si le diera poder. Parecía calentar nomás. Terminando la segunda estrofa, sacó un lápiz de la cangurera que había dejado en el piso e hizo anotaciones en la partitura de cuando en cuando. –Una vez más, por favour–. Nos pidió por el talkback. Esta vez sólo anotaba, tachoneaba y contaba las vueltas del último coro, antes del fade out, que eran un chingo; a Raúl le gustaba mamarse con las codas. Mau y yo, sin saber si aquélla estaba literal sacando la rola ahí mismo o sólo recordando lo que había pasado semanas machacando, decidimos tomarlo con calma y bebimos nuestra chela disimulando el estrés. Y es que, en los casi quince años que llevamos haciendo esto, pocos son los que han sabido leer, no se diga a primera vista, y menos guitarristas. Lo digo por experiencia: la primera rola que compuse, por allá de los catorce cuando empecé a tocar, se llamaba “Empirismo” por una muy buena y literal razón: porque no tenía ni idea ni de cómo se llamaban las notas, y la rola, con todo y todo, era bastante pegajosa. Por eso nunca me dediqué a tocar: entre que me ganaban, como a la buena mayoría de los principiantes, las ganas de tocar antes de aprender a leer, y la obvia falta de disciplina… decidí más o menos a tiempo que no era lo mío. Mau por otro lado sí es un guitarrista de primera calidad. Si esta mujer no la arma, creo que él podría entrar al quite, y ya que Raúl se pelee con ella a la hora de los toquines. Pero no nos adelantemos.

–Listou, Javi, let’s record–. Nos dijo la rusa acomodándose el tahalí, enseñando side-boob y marcando el cuerno del Diablo con la mano izquierda.  

–¿Segura, mujer? ¡Venga! Va de arriba.

Sentada en un Line6 que tenemos para usar justo de banquito, marcaba el tiempo con el pie derecho y la cabeza, hasta que fue el turno de la guitarra. De técnica bizarra y (si no fuera ella) no del todo estética, barrió la mano en un dive bomb de libro de texto y se arrancó a devorar notas como si fueran picafresas. Con todo y que Subterrannia no era precisamente Liquid Tension, la mujer la sacó a la primera, como si hubiera sido el círculo de do. Segunda vuelta para guitarras adicionales, una tercera para el solo principal, y una cuarta para el de la despedida; todas intercaladas con tragos largos a la chela y sin preguntarnos ni voltear a vernos. En el transcurso de como media hora se semi fondeó tres Coronas que abrió con el filo mismo de la guitarra. Se ve que se la sabe. Suerte que le dejamos varias en el minibar del live room. Esto es eficiencia. Con razón le están pagando la fortuna que le están pagando. 

–¿Quieres venir a escucharlas? Quedaron chingonas. Ya con eso tenemos ahorita. 

–Sí, voy. Pero antes, may I use your restroom?

Down the hall to the left– le digo en mi inglés espantoso, acompañado de un movimiento de mano. 

Depositó la PRS en el atril, se puso de pie tan larga como era y se acomodó el fleco inexistente antes de salir por la puerta y que tuviéramos que recoger nuestras quijadas del piso. Mau aprovechó también para salir a quemar un cigarro y traer Coronas extras: al paso que íbamos, seguro las requeriríamos más tarde. Instantes más tarde regresó Irina, celular en mano, tecleando desenfrenada, mentando madres en ruso y se dirigió al minibar para sacar otra chela, ofreciéndome una que acepté de sumo agrado. Subí el volumen de los monitores y me apresuré a hacer una mezclita exprés para que se diera una mejor idea de cómo quedaría el arreglo final. 

–Esta fue la sesión más productiva que he tenido en la vida–, pensé en voz alta.

–Sí, piece of cake– contestó ella poniéndose el reloj de regreso en la zurda–. Eso son las canciones de Subterrannia, son muy fáciles pero muy chiras, por eso acepté la chamba cuando Raúl me dijo tocar con ellos–. Escucharla decir “chidas” en su acento campechano, look estrafalario y actitud confianzuda, era casi más excitante que el monumento de rola que acababa de grabar como si hubiera sido hacer enchiladas. –¿A dónde fue Mau? Is he still here?– Preguntó algo extrañada y ahora inexplicablemente nerviosa, después de voltear a uno y otro lado en busca de mi socio. 

–Bajó a echarse un cigarrito, no tarda, ¿por?– Dije intentando no ilusionarme de más. –¿Quieres que lo esperemos para escuchar esto? No creo que le importe si empezamos–. Me paré y me dirigí hacia la puerta fingiendo que lo buscaba. 

–No, no es eso– balbuceó como para sí. Me volví hacia ella y la vi sacar apresurada una plumilla de la bolsa trasera de sus jeans y me la dio, como cerciorándose de que nadie la viera. –Guárdala bien, luego te digo bien what to do with it–. 

Una plumilla de apariencia convencional, negra, de 1 mm, como para shreddearle a agusto. No me dio espina que necesitara una cosa así para lo que acabábamos de grabar, pero viéndola de cerca, tenía un cierto brillo interno extraño que, en lo que me dispuse a preguntarle al respecto, entró Mau y ella me hizo un gesto de guárdala, que no la vea. Muy obediente, metí el plástico en la bolsa de mi pantalón e hice como que no pasaba nada.