Anteriormente en Irina Morózova:

“Irina Morózova, la nueva guitarrista mitad rusa, mitad polaca, de Subterrannia, está poniéndose cómoda en el estudio para grabar lo que se rumora será su último álbum y gira mundial, y estoy más nervioso de lo que me gustaría admitir.” … “–Esta fue la sesión más productiva que he tenido en la vida–, pensé en voz alta.” …  “Me volví hacia ella y la vi sacar apresurada una plumilla de la bolsa trasera de sus jeans y me la dio, como cerciorándose de que nadie la viera. ‘Guárdala bien, luego te digo bien what to do with it’”.

Аша (Asha)

Irina sabía que su trabajo había sido perfecto y no quiso ni escucharlo, sólo estaba haciendo tiempo para agarrarme solo en el estudio. Pero tampoco parecía que quisiera tirarme el chon ni mucho menos; en ningún momento se sintió tensión sexual entre ella y yo. Derrochaba estilo naturalmente y no podía no tener ese aura furibundo de sex appeal conforme se movía, pero era sólo por existir y por ser como era, por ser ella, no porque lo hubiera estado dirigiendo a alguien en específico. Dios guarde a quien sí se lo dirija. 

Recogió su equipo en cosa de un minuto en lo que Mau y yo detallábamos la mini mezcla, y fue a despedirse de nosotros al control room, guitarra al hombro, ya muy puesta para salir, lo cual nos tomó por sorpresa. “¿No quieres escuchar cómo está quedando?” le dijo Mau con algo de decepción en la voz. No supe si se debía a que la fulana se iba y se llevaba sus pezones perforados a otro lado y chance él sí quería sacarle plática y que siguiera metiéndose Coronas junto con nosotros, o porque quería que escuchara el progreso de la maqueta, que prometía bastante. Cuando ella terminara, ya sólo faltaría Raúl de grabar las voces, por lo que estaba tomando forma; o más que forma, estaba materializándose la obra maestra que todos sabíamos que iba a ser, y que medio mundo (literal) estaba esperando que fuera. 

“Me encantaría quedarme pero tengo salir corriendo, tengo una cita en Santa Fe a las cinco y ya voy tarde. ¿Cómo quedó? ¿Les gustó?” Se despidió de doble beso a cada quien, estilo europeo, sin darnos tiempo a responder y bajó las escaleras para salir del estudio. Escuchamos a lo lejos la puerta azotarse y a ella discutir con alguien por teléfono en idioma extranjero, no me consta que haya sido ruso. Según yo, aunque no hablo ni seis palabras en ese idioma espantoso, sí medio lo puedo distinguir, y esto era otra cosa. Poco a poco sus vociferaciones se fueron alejando y Mau y yo nos quedamos congelados como en el tiempo. A los pocos segundos nos dimos cuenta de que su perfume, algo que se antojaba sanguinolento y lleno de feromonas, seguía presente en donde estábamos y suspiramos tanto como pudimos. 

–Nada mal. 

–Nada mal.

La plumilla en mi pierna me quemaba de curiosidad como si fuera de hierro caliente. ¿Tendría algo escrito en diminuto que no alcancé a ver? ¿Por qué se habrá sacado de onda cuando me la dio? ¿Qué más le daba que Mau la viera? ¿De plano me regaló una plumilla suya, equis, como de “aquí grabó Irina Morózova, bitch”? ¿Se la enseñaré a Mau? Él sabe más de esto, chance es de algún material especial, híper cabrón, del espacio exterior, y que de la nada te hace tocar como Gary Clark. Buena falta me hacía. Decidí mejor hacer caso a las órdenes de la fulana y esperé a que mi socio se fuera para sacarla y verla más de cerca. 

Pero antes, ya con el tiempo más holgado, pasamos la tarde futureándole a la maqueta: siempre nos gustó, por ejemplo, pannear los elementos de la bataca conforme el punto de vista del espectador, es decir, los high hats y el crash ligeramente hacia la derecha, la tarola casi en el centro y el ride y el floor tom más a la izquierda; el bombo, como debe ser, bien centradito y rechoncho. Después, nomás por no dejar, le invertimos una media horita a comprimir algunas cosas y así poder hacer un máster exprés para que sonara más acá. Así, cuando vengan la semana que viene, podremos enseñarle a Raúl y el resto de la banda, avances significativos. Creo que van a flipar. 

Cuando por fin estuve solo, saqué la plumilla de mi bolsa y la analicé con calma. Más de cerca tampoco se le veía nada especial. Quitando el color, o más bien brillo, era completamente normal. Emanaba una especie como de resplandor interno que sólo se veía a contraluz. Y ya fijándome bien, la cosa pesaba bastantito más que una común y corriente, podría decir que el triple. Al principio no me di cuenta porque la verdad es que hace años que no toco ni la puerta. Pero ya comparándola, me di cuenta del peso absurdo. Para comprobarlo –maldita curiosidad– me tomé el tiempo de pesarla en una báscula digital de cocina que tiene mi mujer para cuando hace sus postres: poco más de ocho gramos. 

De cualquier manera, fueron semanas para que supiera más de Irina. No llegó a la listening session de la maqueta y tampoco me escribió al respecto. Raúl dijo que le mandó un mensaje la noche anterior, que estaba ocupada, pero que le contaran cómo les iba. De modo que Mau y yo seguimos trabajando con el resto de la banda, a ratos grabando incluso las partes de la polaca faltante para ligera decepción visual nuestra, pero que al final sí significaba más lana para el estudio por tener que aprendernos sus partes (bueno, Mau se las aprendía y yo le echaba porras desde el control room). 

Fue un jueves, o chance viernes, unos tres meses después, una noche que salí de fiesta con Amber, mi galancilla gringa, que descubrí qué hacer con la famosa plumilla marciana. Por supuesto, para entonces ya había olvidado todo al respecto, por lo que me sorprendió tener noticias. Estábamos en el segundo piso de un antro medio terco en el sur (cof, cof, Asha, mi casha), donde los meseros no sólo son ladronzuelos como en todos, sino cínicos asaltantes hijueputas. Tan pronto se vuelve uno para saludar a alguien, ir al baño o a la barra por shots, los sinvergüenzas te chakalean la chamarra, la bolsa o los anteojos; tampoco falta el gato que cree que tiene oportunidad de bajarte a tu vieja (pobre imbécil) y la sabrosea cuando menos se lo espera; y la hora de pagar, se recomienda estar a las vivas y contar cuba por cuba, perla por perla, todo lo que te metiste, so pena de ensartarte 700% “de propina” por sus huevos. Pero, entre que es de los antros que cierran más tarde, y que tiene un escenario más o menos decente donde Amber siempre saca a su teibolera interna (y no tanto), últimamente es de nuestros lugares consentidos. Según yo, no he salido taaan mal librado estas veces, pero tampoco podría asegurarlo. Sólo un par de veces tuve que caminar a mi casa ya de día porque no tuve cash para pagar el estacionamiento o un taxi, ni teléfono para pedir un coche. 

Habrán sido apenas pasadas las tres de la mañana porque acababa de terminar el numerito de las tipas que coverean los éxitos de los noventa. La gringa se encontraba discutiendo con el gerente, quien no la quería dejar subir al escenario porque la última vez, aunque se había sacado las tetas a la mitad de All the Small Things como siempre –y eso obvio se agradece–, ésa en particular había wakareado la consola del DJ cuando se acercó a embarrarle las de silicón a cambio de chupe. De milagro no le pasó nada al aparato y por eso no nos lo cobraron. De modo que, al verla negociar con el pelafustán aquel, como sabía que eso podía llevar un tiempo, tomé su bolsa para evitar que nos la ultrajaran y bajé al baño –ese estanque de mierda, disfrazado de sanitario, donde las puertas de los escusados son apenas suficientes para cubrirte la testa si te sientas a descomer la cena o el truco (Fufucito me ampare de tener que usarlos alguna vez), y donde el empleado te ofrece desde Tutsi Pops hasta cocaína rebajada con veneno para ratas– para verter las últimas cuatro o cinco cubas que había ingerido desde la vez anterior que tuve que pasar por este suplicio. 

–¿Qué onda, jefe?, ¿cómo vamos?, ¿todo chido?, ¿le puedo ofrecer un cigarrito, un chicle, coca, tachas? –rebuznó el cancerbero de los mingitorios. 

–No, gracias, papá, todo chido –balbuceé sin voltearlo a ver. 

Me acerqué a la pared, me bajé el cierre y me saqué el Autoestima. Miré hacia abajo para direccionar el flujo y no salpicar (más) el baño de por sí asqueroso y me percaté de que, sobre los hielos que ponen a modo de Diana de tiro, había un pequeño papel en el centro del mingitorio. De entrada no logré distinguir bien lo que decía y tampoco puse demasiado esfuerzo en leerlo, pero a medio camino de vaciar el Bacardí procesado, me cayó el veinte de que hasta abajo decía algo que no me pareció en español. Desvié el chorro hacia otro lado para evitar que le cayera directamente al papel y entrecerré un ojo, en un intento patético de divisar lo que decía el resto del mensaje. Sorprendido y hasta el culo como estaba, me tuve que agachar para intentar ver más de cerca y me olvidé por completo de apuntar, por lo que oriné la pared, el piso y los pantalones del cabrón a mi derecha, hasta que pude leer: 

“Mañana a las 22:00 en el Parque México. Trae la plumilla. No llegues tarde y ven solo. 

Ирина”

Para cuando terminé de orinar, el papel se había disuelto por completo y no quedaba ni rastro de que alguna vez hubiera existido.