Ir al médico es de las peores monsergas de la vida. Hay que agendar entre semana, ir hasta el consultorio, pagar una fortuna, esperar entre hora y hora y media para que te atiendan (aun con la cita, por supuesto) y luego pagar una fortuna de estacionamiento. Dado lo cual, muy por lo regular lo evito como la plaga. 

Es hasta que los achaques se vuelven insoportables y estoy a dos de estirar la pata, que me decido a aventarme todo el numerito. La más evidente y drástica de las cuales, es, a saber, la celebérrima MiriAventura de las piedras en los riñones. Y píquenle a las letras subrayadas si no la conocen y se la quieren echar, que para eso están así, btw, creo que no muchos saben eso. De hecho, ahora que me recuerdan, últimamente me han estado doliendo los riñones otra vez, debería ir a checar que todo esté en su lugar. Todavía tengo algunas en el derecho, ¿se acuerdan? Bueno, equis. Fuera a de eso, todo lo he venido solucionando con Pepto y ha salido relativamente bien. Bueno, no, la neta no, sí me duele todo, todo el tiempo, no me sorprendería nada que me tuvieran que enterrar en los próximos meses (espero). Pero el punto es que durante los diez años que estuve con Catalina Hermes Morano, mi médico de cabecera era su mamá, mi suegrita adorada (no es sarcasmo, ojo, neta sí me amaba esa señora): dermatóloga de La Salle, con consultorio privado en su propia casa. Una belleza. Yo de todas formas pasaba la buena mayoría de las tardes allá, cualquier cosa que me achacara, sólo teníamos que bajar cuando terminaba su última consulta y me checaba y recetaba acorde. Incluso cuando los achaques se pusieron… peliagudos, por decirlo de alguna manera, Catalina insistió que tratáramos el padecimiento con su madre. Y así lo hicimos.

Era una de esas tardes calurosas en la impredecible Ciudad de México, donde, por más que hagas, por más que te encueres, por más que bebas, no hay forma de quitarte el bochorno de señora menopáusica en el cine. Estábamos en mi cuarto, con la ventana abierta, ventilador de piso a todo lo que da, bebiendo micheladas escarchadas de Miguelito, desparramados en la cama como Dios nos trajo al mundo, viendo Nip/Tuck, o alguna de esas series de niñas que veíamos por aquellas épocas. Niños corriendo y gritando como enajenados en el patio de al lado nos distraían y obligaban a entrecerrar la ventana a ratos y queríamos llorar de asfixia. No sabíamos qué era peor, si el calor, los gritos o haber olvidado los hielos en la cocina. Porque michelada sin hielo, no es michelada. Para mis amigos de #provincia: Tarro de vidrio (de preferencia helado) bien escarchado, harto hielo y PURO LIMÓN. Sin popote, ahora que estamos muy mamadores y “las tortugas” y todo eso. Siempre que tengo que padecer provincia, me sirven la michelada con una bola de salsas y cosas y me quiere dar algo. Afortunadamente para todos, a Catalina sí le gustaba eso y ella se lo terminaba bebiendo. 

Sudorosos y entrepernados como estábamos, tan pronto le cayó una gota intempestiva de deshielo del tarro en la piel (cuidadosamente teledirigida por mí), se le puso la piel chinita y pues, ni modo, hubo que lamérsela para que no se esparciera dicha condición, y vámonos tendidos. Porque de entre todos los tipos de sexo que ya hemos repasado un par de veces, cualquiera de ellos que se realice durante el día (sol a plomo), mejora en un cien mil por ciento. Y más aún si hace mucho calor. Hay algo en el sudor de una mujer sexy que hace que el cochambre sea más cochambroso, la calentura más calenturienta y el degenere más degenerado. Del tipo que hay que, por lo menos, voltear el colchón para poder dormir en él por la noche, si no quiere amanecer uno pegado a él cual chicle en la banqueta. Más fluidos corporales que un “casting couch” cualquiera de L.A. 

Ya de noche, habiendo dormido la respectiva siesta (desmayo) post remojamiento, con las nalgas y los pies ya helados de la ventana que se quedó abierta en el cerro de San Jerónimo por varias horas que pasamos inconscientes, nos quitamos la baba de los cachetes uno del otro -como si, después de tal faena, eso sí ya nos diera asquito- , recopilamos las almohadas y las cobijas del piso y nos acurrucamos cual cachorros pelones y pegajosos. Y antes de que nos quedáramos dormidos de vuelta, nos dimos cuenta de la hora y vimos que ella ya tenía que estar en su casa de regreso. Recuerden que teníamos veinte años y vivíamos con los respectivos jefes. Dado lo cual, eché el agua de la regadera, puse el Lado Oscuro de la Luna, como seguido hacía para que aprendiera algo esta mujer, y nos duchamos y nos lavamos los dientes con harta pasta y enjuague. 

Estábamos bajo el agua, tallando con suficiente enjundia el cuerpo jabonoso del otro para quitar toda la grasita que se había quedado pegada al sartén, cuando ella baja las manos para zacatearme el Autoestima y siente algo que no debería estar ahí: una bolita. Una bolita como de pelusa, pero sin ser pelusa; como de jabón, pero sin ser jabón. Me enjuaga ligeramente, se inca y me intenta apachurrar la mentada bolita y se lleva un zape desnucador por apachurrar bolitas inapachurrables. Nos enjuagamos en forma, salimos de la regadera y ahora sí con buena luz, revisa aquello y decidimos que, en efecto, no es del tipo que se apachurre y desaparezca. De hecho, había unas tres o cuatro repartidas por aquellos lares. Y antes de que pudiera violentarse y gritonearme, le devuelvo el favor y, como era de esperarse, bolitas sospechosas también en sus lares. 

Resulta que eran unas bolitas completamente inofensivas y se quitan sin tanto alboroto, pero pues sí son contagiosas, y nos las habíamos contagiado mutuamente. Moluscos Contagiosos, para ser exactos. No, no me estoy inventando el término, así se llaman, googleen. Su naturaleza no es necesariamente sexual, por lo que no hubo que asignar culpas, pero sí había que asignar remedios, evidentemente. Y como su mamá era (es) dermatóloga… Pues de una vez. Agárrate. 

Yo, como es natural, estuve en contra de que mi suegra manipulara mi Autoestima, pero mi mujer insistió y ni cómo refutarla y así se hizo. En efecto, remediar esa situación no era tanta bronca, pero sí hay que echarle nitrógeno líquido directamente al problema en repetidas ocasiones para que no vuelvan a emerger. De modo que ahí me tienen: en la cama de inspección del consultorio de mi suegra, con los pantalones en los tobillos, abierto de piernas, con la luz esa como de dentista apuntando directamente a mi depilada entrepierna, con Catalina queriendo ver, pero al mismo tiempo no, casi gritando de la pena y mi suegra con la manguera de acero, echándome esta sustancia que sale a una temperatura cercana al Cero Absoluto directo al glande. Con todo y que siempre me he visto espectacular encuerado… debo reconocer que no fue mi mejor momento y sentí, por primera (y también última) vez, pena desbordante. Porque, no conforme, la última de las bolitas estaba cuidadosamente escondida en lo más recóndito del NIES y accesar a ella era más que truculento. Mi pobre suegra se contorsionaba para poder atacarla con el nitrógeno sin tenerme que tocar, pero pues sólo no había manera. Mi mujer, al ver esta situación tan incómoda tanto como para su mamá, como para su novio, se acercó, me agarró los huevos con la mano, los levantó y le dijo “venga, ma, ¡vas!”.

 A lo largo de las siguientes semanas hubo que repetir el proceso algunas veces más, tanto conmigo, como con ella para estar libres ambos de tal predicamento y con el tiempo se eliminaron por completo y no quedó rastro alguno de las intrusas bolitas inapachurrables. Tan incómodo como fue cada vez, valió la pena el bochorno temporal por la fortuna que me ahorré. Ese mismo procedimiento, por varias semanas como lo fue, con alguien que me lo hubiera cobrado, hubiera terminado pagando miles de pesos. Y aparte, ya para la quinta vez, mi suegra ya se sentía en confiancita y me levantaba el paquete sin pensarla dos veces. Ni cómo decirle que no. 

Desde ese día y a la fecha -sólo para recalcar y que no haya la menor duda- estoy CLEAN AS A WHISTLE y nunca más he tenido problemas de esa índole. De hecho, cada que cambio de modelito, se realizan las pruebas pertinentes y siempre han salido impecables. IMPECABLES.