—Venga, mujer, ya sal, que no se está haciendo más temprano. —Maldigo en voz baja, espiando con no mucho sigilo la ventana de Catalina Hermes Morano desde el arbusto de la casa de enfrente. En este momento debe estar convenciendo a su mamá de convencer a su papá de dejarla salir “con sus amigas”. Versiones diferentes para todo mundo. Sólo la hermana grande, Maribel, sabe la versión más apegada a la realidad. Es más, en una de ésas, si el plan no es tan imprudente, hasta le dice la verdad. A la hermana chica, Ángela, por otro lado y por las dudas, no la vaya a calabacear, hay que inventarle algo diferente. Es muy niña todavía y no cacha cómo está la onda.

Por fin sale, hermosa, turbo hot, cara de diabla, cuerpo de ángel, a dos de incendiar el conjuntito de piel de serpiente que trae embarrado como betún mocachino, chispitas, crema batida y todo. Risa y risa, con los tacones en la derecha, la bolsa en la izquierda y buscando a su novio, furtivo y galán, que la espera a la vuelta de la esquina para que no lo vean sus suegros si se asoman por la ventana a despedir a su primogénito retoño. Voltea a un lado y otro de la calle regordeta de la Del Valle, hasta que aparece el Peugeot blanco convertible de su servilleta. Me saluda a la distancia con la mano, cual contendiente a Miss Universo y me detengo junto a ella a media calle. Son las once de la noche y ya no hay tanta bronca, la calle es nuestra. El mundo también.

Avienta sus cosas a la parte de atrás y, en un intempestivo arranque de euforia, se arremanga la falda y pega un brinco, medio de lado, medio de espaldas, casi como de salto con garrocha, sin la ídem. Pasa una pierna tonificada por encima de la puerta y luego la otra para dejarse caer como si nada en el asiento del pasajero. De libro de texto. Ni en la película noventera más farol, Demi Moore en su buena época se hubiera podido aventar un movimiento tan brutalmente sexy, tan brutal. Me mete la lengua a la boca sin decir “agua va” y nos besuqueamos un rato ahí mismo, a la mitad de aquella callecita furtiva y mustia, con el sonido de la ciudad atrás, enfrente, encima y por todos lados, acurrucándonos más en nosotros mismos.

Una ligera brisa de aire le sacude el pelito recién alaciado para completar el cliché de movie porno light de Cinemax. Después de una breve escena hipotética, donde la melena le repapalotea por las avenidas más emblemáticas de la ciudad, hubiéramos llegado a un hotel cinco estrellas, pedido dos martinis en el bar, pagado la cuenta con un solo billete (que siempre se asume Benjamin), y, sin esperar el cambio, subido a mi cuarto y encuerado para Remojarnos hasta los apellidos. Pero no, hoy no. O bueno, todavía no, por lo menos. Hoy vamos a ir a fiestear duro a un antro nuevo en el sur, por CU, que ella quiere conocer. Un par de hojas de los árboles aledaños caen sobre nosotros para recordarnos que la velada apenas comienza y hay que intentar llegar con el maquillaje —y el vestido —intacto al tugurio, so pena de quedarnos en la cadena, cual mendigos pidiendo hogazas de pan afuera de un castillo donde el velador, por desgracia de Dios y la Virgen María, es un ganapán pedante y cacarizo, prepotente y alzado, de prominente taquera estilo Mel Gibson en Arma Mortal, apodado Popeye.

Llegando me acerco a la entrada y permito que ella descienda del coche en lo que me estaciono en las inmediaciones del Estadio Universitario. Regreso a pie y me topo con la dinámica occidental más nefasta desde el Derecho de pernada: la Cadena. La dichosa Cadena. Práctica mexicana de profundo arraigue en la vida nocturna, ratonera y execrable, que permite, para bien o para mal, que la concurrencia de cada lugar se limite al noctámbulo de mejor ver que el changarro pueda costear, dependiendo su localización y prestigio.

Para fortuna nuestra, vengo portando sin más empacho las Botas de Escenario del fin anterior, cuando tuve show y hubo que emplear el atuendito rockero completo. Botas con doce centímetros de plataforma, lentejuelas plateadas y agujetas de oro falso, que, en mi presente situación, me ofrecen una amplia ventaja visual sobre la competencia. Mis ahora dos metros de altura hacen que el infame Popeye me note más rápido y me ofrezca el paso de inmediato, por sobre los demás concadenautas. Tomo a mi Catalina de la cintura y la jalo entre la muchedumbre hasta donde el pelafustán aquel nos ofrece una mano amiga, quita el listón de terciopelo rojo y nos saluda con una efusión sorprendente, como si nos conociéramos de toda la vida. Procuro devolver el gesto para futuros encontronazos en situaciones semejantes y entramos triunfantes en el recinto.

Fiesta dura. De ésa que me gustan. De ésas que se me dan. Y a Catalina también, btw. Corre el año 2008 y los dos destilamos a la par. Es hasta muchos años después que decide satanizar la fiesta y crucificarme por ella. Pero ésa es otra historia y para otro momento.

A eso de las cuatro y cacho de la mañana, salimos como habíamos entrado: de la mano, enamorados y partiendo plaza. Si acaso, un poco menos bien vestidos y un mucho más borrachos. Todavía en época pre-alcoholímetro, tomo mi coche y manejo de oído hasta mi casa, evitando la muerte y la cárcel de milagro. A medio camino suena su celular, ringtone de su papá. Terror absoluto. De cuándo había esas ridiculeces. Yo recuerdo bien que el tono para casa de mis papás era una rola de Burzum que se llama Han Som Reiste, luego búsquenla para que se les quite el hipo.

Contesta ella:

—Sí, pa. Ya estamos en casa de Fulanita desde hace rato, sólo se me olvidó avisarte.

—Es que está en el baño, te marco en cinco minutos.

—Okok, entonces aguántame en la línea, ahorita que salga, te la paso.

Se vuelve a verme de soslayo y cara de “písale, mi amor”. Meto el acelerador hasta el fondo. Ciento veinte kilómetros por hora en San Jerónimo, hasta el dedo, volando topes, atropellando ardillas, lagartijas y vagabundos. Llegamos a casa de mis papás y nos acordamos de que mi hermana se había ido de fin de semana a #provincia con sus amigas. Subimos corriendo las escaleras, despertamos a la señora de la limpieza y le explicamos cómo está la calabaza.

—Aida, perdón, despierta. Está el papá de Catalina en el teléfono, se supone que está en casa de una de sus amigas. Tienes que contestarle y decirle que te llamas Fulanita y que ya están en tu casa. ¿Va?

Toma el teléfono Aida, toda lampareada:

—Sí, señor, soy Fulanita. Sí, señor. Sí, señor. No, señor. Sí, señor. Bye, señor.

Le devuelve el teléfono a Catalina y le contesta ahora su mamá:

—Hola, ma. No, ésa no era Fulanita, era Perenganita, pero no le digas a mi papá, ¿ok? Porfa. Sí, ma. Hasta mañana. Te debo una.

Nosotros ya ampliando y ahondando una mentira de por sí enredosa y con muchas versiones, estando hasta el dedo. A ver de qué tanto nos acordamos mañana. Bye. Bendito DEUS, el papá no conoce a ninguna de sus amigas. Ni de nombre, ni de nada.

Despertamos medio vestidos todavía, cerca del mediodía y, después de un poco de “shh, my parents are home”, nos disponemos a salir para llevarla a su casa antes de que vuelvan a hablar los suegros. A pesar de que mis papás sabían perfectamente que mi novia se quedaba a dormir seguido, Catalina se rehúsa a bajar tan campante y prefiere pelarse por la ventana. Literal por la ventana. Del segundo piso. Se asoma, la veo dilucidar si no es demasiado alto, lanza sus zapatos al jardín del vecino, avienta una pierna, la otra, y pega el brinco. Y por “pegar el brinco” me refiero a que se desbarrancó encima del medidor del gas, pateando la ventana de la cocina en el camino. No entiendo cómo no se rompió el coxis, la ventana o ambas. La veo correr despavorida y descalza, abandonando los tacones carísimos a su suerte. Me aviento tras ella y mínimo escondo sus gritos de dolor con plática fingida con algún vecino. Sale mi jefe corriendo a ver qué había golpeado la ventana y le cuento alguna mentira improvisada que, por supuesto, no me cree ni de rebote.

Me desentiendo del desayuno familiar sabatino y voy en busca de mi mujer que lleva quince minutos escondida en la caseta del vigilante, en posición fetal y toda ensangrentada. Con no poco trabajo la convenzo de que logré venderle mi versión a su suegro, la saco a rastras de la caseta —el pobre poli asustado —y la llevo de regreso a su casa. De camino a la Del Valle todavía le hablamos a Fulanita y le pedimos que nos acompañara a dejarla para terminar de vender, ahora allá, aquella versión. Sólo por eso nos creyó el señor. De todas formas, pasaron meses para que quisiera regresar a mi casa. Pobre mujer.

#GraciasAida