Hace nueve años que vi (500) DAYS OF SUMMER por primera vez (sí, leíste bien, son ya nueve años) en el cine, con mi mujer, porque ella escogió esa movie de niñas, obvio. Pensé que Summer era una bruja maldita por como se había pasado de rosca con mi Robin.

Ahora que la caché de vuelta en la tele y decidí darle una segunda oportunidad a esa mujer… la neta es que no es taaaan bruja como había pensado originalmente. Sí es una bruja; pero no tanto. Más bien el problema es que él es -aparte de teto- un loser de proporciones bíblicas, que usa pinches corbatas horribles y trajes que ni le quedan por flacucho. Pero bueno, bruja ella o no, el punto es que esta vez la vi desde el otro lado de la moneda. No el de ella, ciertamente; pero sí el de alguien soltero, amargado y (a ratos) tirado a la desgracia. Porque dateear en el siglo XXI es más que ser caballeroso, galán y puntual; es coincidir en tiempo, dinero, esfuerzo, entusiasmo y situación personal-universal con otra persona. Porque todo cuenta. Siempre. Porque es más fácil hacerse la víctima que darte cuenta y reconocer que SE TE DIJO. Porque a veces sólo no le gustas tanto. Porque a veces sólo no NOS gustan tanto. Porque todo mundo está rankeado; i.e. todo mundo tiene una calificación. Porque todo mundo SABE su calificación (no se hagan los que la virgen les habla). Porque dieces no salen con seises. Y sobre todo… porque superar a alguien es mucho más complicado de lo que parece; es más elaborado que desconectarte el cerebro a punta de tequilazos cada que la oportunidad se presenta (y mira que lo he intentado), porque cuando bebes para olvidar, lo único que olvidas son los ratos malos, hasta que sólo los buenos quedan; es más engañoso que dateear a lo loco -porque un clavo no saca nada de nada- y ciertamente mucho más devastador de lo que debería. Con el tiempo no sólo extrañas los ratos buenos, aprendes a extrañar los ratos malos. Les agarras cariño. Extrañas los constantes reclamos y exigencias imposibles, extrañas las ridículas peleas sinsentido y dormir en el sillón, extrañas al perro latoso y sus babas infinitas, las aún más ridículas misas de Navidad (¿eso qué?); hasta extrañas el no poder ver a tus amigos, ni tener invitados en TU PROPIA CASA. Literal. Básicamente todo. El amor es como la Selección: a veces te decepciona de la vida y no quieres saber nada… pero nunca hay que dejar de creer en ella y de tenerle fe.

Y es que el amor no es como lo pintan, es mucho más de lo que pintan, y de lo que podrían pintar, de lo que piensas y de lo que sabes. Es horrible, pero también es un sueño. Es salvaje, pero también es amable. Es sucio, pero también es pulcro. Es desordenado, pero también más desordenado aún. Mucho más. No es algo que puedas controlar, medir, pesar, calcular ni, mucho menos, predecir. Y eso es lo valiente de amar a alguien. Porque aun cuando sabes que te va a doler, aun cuando sabes que te va a apesadumbrar, morder, colgar, vapulear… ¡Amar a alguien es el mejor sentimiento que vas a sentir en tu mugrosa vida! Y también el peor. Porque cuando te patea, te patea con la fuerza de mil mulas biónicas y cocainómanas, hasta que te tumba no sólo los dientes, sino también el pelo, las pestañas, mañas y lagañas. Es como la Santa Inquisición reencarnada todos los días y en todos lados. ¿Que hay que tenerle miedo? ¡Obvio hay que tenerle miedo! ¡Hay que tenerle puto pavor! Húyele como a La Peste y no ames a quien sea. Ama a quien merezca ser amado. Y no confundas amor con enamoramiento, ni dejes que el primero SIEMPRE lleve al segundo. Enamórate todo lo que quieras y de quien quieras… Pero reserva esas veces para alguien que te sepa amar y ser amado de vuelta. Porque hasta eso es una lata: no es fácil ni poca cosa ser amado: involucra una responsabilidad inmensa que nadie está preparado para asumir. Nunca. Déjate llevar por la empalagosa corriente, pero no te vayas de hocico en la cascada hasta que sepas dónde y cómo vas a caer. No tiene que ser en blandito, eso es imposible de saber a priori, pero sí mínimo en acolchonadito, no jodas. Dejarte caer para sólo reventarte la crisma contra las rocas del fondo no rifa nada, créeme. El amor sí se crea y sí se destruye. Y se destruye de putazo. Pero también es infinito e ilimitado. Es más grande que el Universo en ese sentido. Y eso está cabrón.

Porque con todo lo cínico, amargado y mujeriego que soy, también me gusta pensar que soy un romántico empedernido. ¿O serán mutuamente excluyentes? Ojalá que no.

#GraciasPrincesa