No habían pasado ni tres meses de que firmamos el divorcio en aquella oficina panteonera en Avenida Revolución. Por fin había yo logrado dejar de ser refugiado político en casa de mis jefes. Ya no nos soportábamos unos a otros y hui tan pronto me fue posible. ¿Han tratado de volver a vivir con sus padres después de haberse ido de la casa? Es insostenible. Sobre todo, cuando estás ahí porque tu vieja te corrió a patadas por borracho. Nadie la pasa bien. Estábamos en un punto donde ya me gritoneaban si llegaba a su casa después de las diez de la noche, aunque estuviera trabajando. “No estás aquí de vacaciones”, me decían. Y se vale, su casa, sus reglas. Pero tenía que largarme a la brevedad. Me organicé con dos cuates que buscaban escapar de sus jefes y sus novias, respectivamente. Después de rascarle tantito a los anuncios de ocasión, dimos con un Pent House en la mera Del Valle, tres pisos, roof garden privado, dos cajones de estacionamiento, por la módica cantidad de $25K al mes. Acabados rascuachones y medio traqueteado a pesar de ser edificio nuevo, pero por esa lana, ese tamaño y esa ubicación… la decisión más fácil de nuestras vidas. Fue así como llegué a Gabriel Mancera 867, PH1, entre San Borja y Eugenia, el mejor depa de México (lástima que luego uno de ellos se casó y nos tuvimos que ir de ahí. Nunca se lo voy a perdonar. Sobre todo, a la esposa por desintegrar ese arreglo habitacional tan perfecto).

A pesar de tener el Bachelor Pad más picudo del mundo, la tristeza era una aplanadora y no sabía ni dónde meterme para no pensar en ella. Todo me la recordaba constantemente. Y sólo los ratos buenos, por supuesto. Los ratos malos… ¿cuáles ratos malos? ¿De qué me hablan? Me la vivía en el negocio para no pensar en ella ni en ninguna otra cosa. Y eso que odio estar ahí. Procuraba no estar solo para no tener que convivir conmigo mismo. Y eso que soy un sueño. Chance sólo no en esos días. Ayudaba, eso sí, tener dos roomies igualmente borrachos y un desfile de mujeres que se ocuparan del changarro en ausencia de la Dueña de las Quincenas.

Mi terapeuta y todas mis conocidas —acuérdense que no tengo amigas y con mis amigos no hablamos de eso —me decían que no podía seguir evitando mis sentimientos y toda esa habladuría payasa de niñas; que tenía que permitirme estar conmigo mismo y sentir. Sentir la tristeza, el enojo, la pesadumbre, congoja y todo lo que tuviera que sentir. Nunca he sido bueno para eso, los hombres no lloramos. Ahora está muy de moda fomentar ese tipo de cursilerías, pero no se dejen engañar, son patrañas. Pienso que uno puede evitar ese tipo de cosas toda la vida y hacerse de la vista gorda o, en el peor de los casos, sepultar todo eso bajo una montaña implacable de alcohol, drogas duras y mujeres blandas; como era el plan. Al final terminé cediendo. Bueno, a medias, más bien. Agárrate.

Mi brillante plan fue entonces reclutar una amiga —ahora sí amiga —, conseguir cantidades semi letales de LSD y mandarnos a la Luna. Sentir toda la tristeza acumulada y por acumularse en una sola tarde/noche de intensidad y desamor químico. No tenemos tiempo de andar danzando alrededor de esto para siempre. Convenimos en su casa, en el jardincito, con el sol a plomo, chelas bien frías y Radiohead, por si no fuera suficiente drama. Si vamos a hacer estoy, vamos que hacerlo bien; llorar lo que se tenga que llorar, desgarrar lo que se tenga que desgarrar. Y vaya si hubo llanto y desgarre. Que, ahora que lo digo, me estoy acordando de una Playlist que tenía Catalina en su iPod Mini que le regalé de nuestro segundo o tercer aniversario de novios, que se llamaba “Tiradas a la desgracia”. Pienso que en ese momento nos hubiera sido de gran ayuda a mi amiga y a mí. Seguro incluía cosas terroríficas como Ana Gabriel, José José y Yuri, pero ni modo, a eso íbamos. No sé por qué en la peda siempre se me ponía bien retro aquélla, no es como que nada de eso fuera de su época. Ya no hacen música melodramática como antes, o ¿qué es lo que pasa? Bueno, me desvío, para variar.

Eran unos tamborines. Los tradicionales tamborines con truco. Nos metimos medio cada quien porque “nos damos medio ahorita y al rato vemos cómo vamos y si queremos el otro medio”. La típica, vamos. Sobra decir que terminamos metiéndonos dos por piocha, encima todavía M y como doce martinis, y terminamos en el Techo. Pero ésa es otra historia. ¿Por qué somos así, mujer? Pero pregúntame si no sirvió. Al principio todo eran risas y risas. Las flores de colores en el jardín, las nubes blancas y esponjocitas, el viento en la cara, el pasto entre los dedos de los pies, el gin en el paladar, las mariposas revoloteando. Pero poco nos duró el chistecito. A la media hora salieron unos niños, vecinos suyos, a retozar con pelotas que nos parecieron hechas de lava, pistolas de dardos que juramos flechas venenosas y un perro que bien podía haber sido el mismísimo Cancerbero; por lo que decidimos refugiarnos en la seguridad de su casa. Justo coincidió con el inicio de THE BENDS y todo se fue al caño.

A partir de que nos metimos a la sala, el sol se metió, los pajaritos dejaron de cantar, el viento cesó, las nubes ennegrecieron y las paredes se nos vinieron encima. El mundo se nos vino encima. O por lo menos a mí. Para cuando llegamos a KID ‘A’ aquello era un dramón indescriptible. Mi compañera de Viaje no sabía ni qué hacer, qué decir o a dónde irse. Seguro no sabía bien a bien ni dónde estaba tampoco, pero seguro en un lugar mucho menos sombrío. Yo, por mi parte, me sentía en el Reino de Scar. ¿Se acuerdan cuando Simba regresa al reino de su jefe, después de que la leoncita lo convence de reclamar el trono y eso? El pasto se había muerto, los árboles se marchitaron, partes quemadas, partes quemándose, esqueletos de animales por doquier, el clásico cráneo de buey por ahí tirado. Bueno, justo así. Ahí estaba yo, pero en el subsuelo. Así sentía mi vida: carcomida y agusanada. Y ni para dónde hacerme tampoco, que era la bronca.

Después de cinco, diez, veinte horas o las que hayan sido, que se sintieron como dos semanas, logré irme a la cama. O al sillón, más bien, pero el punto es el mismo. Ella se había ido a dormir hacía horas y me había dejado lamiendo las paredes por mi cuenta y con una persecuta que pa’ qué te cuento. Voy a intentar descansar. No sé si pueda, pero ya me urge, estoy más trabado que pantalla azul de Windows, sudando y hasta el dedo. Recuerdo dilucidar horas acerca de los cojines, las almohadas y las sábanas que me había dejado para recostarme. Si hubiera habido una cámara de seguridad en ese cuarto, hubiera salido yo dos horas viendo el sillón, en franco estado de angustia, tratando de decidir si acostarme encima de todo, quitarlo primero o mejor sólo tirarme al piso y desmayarme de indecisión. Ni eso podía hacer. Una batalla campal conmigo mismo, mis mañas y mis traumas. Campal.

Cuando amaneció estaba entero. Hombre nuevo. Todo indica que funcionó. Recopilé mis cosas como pude, me lavé los dientes con harta pasta y enjuague, me despedí de mi copilota y me pelé. Llegué a mi casa y mis roomies no estaban. Me metí a bañar. Mi regadera en GM867 era inigualable, pero ese día fue todavía mejor. Podía ver el agua caliente cayéndome en la cabeza como en cámara lenta, bajar por mi cara, mi cuello, escurrirse por mis brazos y mi espalada, llegar hasta mis piernas peludas como osos y fuertes como sequoias, y mojarme los pies. Podía sentir cada gota, cada chorro caer y deslizarse sobre mi cuerpo desnudo y perfecto como el David de Miguel Ángel; sobre mis músculos brillosos y macizos como diamantes. Podía escuchar las moléculas de hidrógeno separarse de las de oxígeno y volverse a juntar, explotar una y otra vez como estrellas que chocan, repetido hasta el infinito en un segundo. Espectáculo inigualable, ojalá pudieran haber estado ahí para presenciarlo.

Esa noche había quedado de ver a una de las mujeres con las que salía: una regia exitosísima de la que ya les he hablado en alguna ocasión. Pasé por ella tipo nueve, ya mucho más repuestito, fuimos a chupar y regresamos a mi depa a eso de las dos de la mañana, sí medio borrachos, pero calientes como changos en época de apareamiento. Nos recorrimos con la lengua, con los dedos, con los labios; nos besamos, nos dedeamos, nos penetramos y dejamos devolver le favor. Una vez terminada la faena, ella, todavía encuerada y medio zarandeada pero estoica y divina, prendió un cigarrillo y lo fumó como sólo las mujeres hermosas pueden hacerlo: partiendo plaza. Y justo en el momento en que le dio el primer jalón, el último reminiscente del ácido tuvo la brillante idea de pegarme como Tyson a Spinks y casi termino otra vez, pero en la alfombra. Mínimo sí me consiguió otra erección de concurso y a ella, casi por ende, otra media horita de griterío despavorido.

Cerré las cortinas, apagué la luz y nos dispusimos a dormir. Me acerqué a ella para cucharearla y desearle buenas noches cuando sonó mi teléfono. Cuatro de la mañana. Más les pinche vale que alguien se haya muerto o algo, éstas no son horas. Contesto y era un vecino de mis jefes. Catalina Hermes Morano estaba en La Privada buscándome, ahogada. Ella no sabía que yo ya no vivía allá, ni tenía porqué. Y no sólo eso, había chocado su coche contra la casa de una vecina, se cortó tratando de desatorarlo de no sé dónde y había hecho un cagadero. Toda la colonia despertada por el ajetreo. Bien ahí, Princesa.

—Yo ya ni vivo ahí, wey, dile que no estoy. Si está demasiado peda no la dejes ir, pídele un Uber o algo.

—No mames, ¿conoces a tu vieja? Estaba vuelta loca, me dijo que estaba perfecta para manejar y se largó rechinando llanta y todo, toda ensangrentada.

Colgamos y pensé que me iba a llamar ella, pero no, no hubo llamada, mensaje, señales de humo ni ningún tipo de intento de comunicación. Impaciente, di vueltas y vueltas a la recámara, preguntándome a mí mismo qué podía haber querido Catalina a esas horas y en ese estado: ¿mentarme la madre, decirme que me extrañaba, llorar en mi hombro, cogerme hasta por las orejas, todas las anteriores? Ninguna me hubiera sorprendido. Me acosté de vuelta junto a la regia hermosa y no abrimos el ojo hasta ya bien entrado el día siguiente.

Pasaron semanas hasta que volviera a saber de la exesposa. Hasta que, un buen día abro mi correo y:

“Hola Javier, no sé ni por dónde empezar. Acabo de leer un correo que le enviaste a mi hermana justo hace un mes. Han pasado los días y el enojo inicial ha dado paso a la tristeza y al arrepentimiento. Me arrepiento de tantas cosas… quisiera decírtelo en persona. Ojalá pudieras aceptar vernos, pero si prefieres no hacerlo, te entiendo. Por el momento no tengo celular, nada más te pido que, independientemente de lo que decidas, me avises si recibiste este correo. Beso, Catalina.”

Acepté sin pensarlo. Ya habían pasado muchos meses sin saber de ella, ya la había llorado todo lo que tuve que llorarla, ya estaba empezando a mejorar, cada vez pensaba un poco menos en ella, un día a la vez. Pero cuando te escribe tu esposa, tu familia, tu vida entera, la mujer de tus sueños, el Amor de tu Vida, la persona a la que más quieres en el hijo de puta mundo, más incluso que a ti mismo, no le dices que no. Nunca, a nada. La ves de sumo agrado. Chance con algo de terror y no menos preocupación, pero la ves. En donde sea y cuando sea, para lo que sea.

Quedamos de vernos en un Sonora Grill por su casa. Tragos dos por uno todo el día siempre es bueno. La cena más incómoda del mundo. Y eso que la Luna de Miel fue incómoda de principio a fin. Esto fue peor, mucho peor. Ganas de besarla, ganas de abrazarla y nunca dejarla ir, pero al mismo tiempo, sabiendo que está harta de mí y muy probablemente me odia tanto como me ama. Pasé toda la noche tratando de no descoserme en público. Usé lentes de sol todo el rato, por las dudas. Los meseros juraron que venía coco y traía pupilas de Drácula y los dejé pensarlo. Mejor eso, sin duda. Ella usó sólo una cola de caballo, unos jeans ajustados y su mejor sonrisa, ésa que había perdido el día que amanecí en el Sanatorio Montes de Oca. No sé de dónde la sacó ese día, pensé que nunca la iba a volver a ver, pero se lo voy a agradecer siempre. Sólo de acordarme se me pone la piel de gallina.

Después de cenar, seguimos platicando como si nada, ya un poco más relajados gracias a uno que otro mezcal. Siempre que el mesero los siguiera trayendo, yo los iba a seguir pidiendo. En mi mente, siempre que tuviéramos mezcal frente a nosotros, la cena no había terminado, la convivencia no había terminado, y hasta que me saquen de aquí a patadas. Lo cual terminó por pasar y la llevé a su casa caminando, estábamos muy cerca. Le di un beso en el cachete y me pelé lo más rápido que pude. Ni un beso bien nos dimos esa noche. Me hubiera quebrado como porcelana china. Inaceptable, vaya.

Nos continuamos viendo algunas veces más sin ningún tipo de contacto físico, hasta que, cierto día la invité a conocer el depa de soltero. Compré camarones, aceitunas, jamón serrano, anchoas, su vino favorito, me aderecé lo más engatusador posible y preparé el Roof Garden con su sombrillita, sillas y todo el kit. Es más, hasta tendí mi cama y ordené mi cuarto, como si fuera inspección del ejército. Ése iba a ser el día que recuperaba al Amor de mi Vida, no iba a dejar que se me escapara otra vez. Llegó muy arregladita, muy puntual y le presumí el changarro. Subimos al Roof a disfrutar del sol resplandeciente de la Del Valle y la vista nada despreciable que teníamos allá. Comíamos y bebíamos entre risas y coqueteos como cuando salíamos por primera vez, hacía diez años. Se para de su silla con el vino en la mano, camina lento hacia mí, se arremanga la falda, abre las piernas y se me sienta encima. Me toma del cuello y me intenta dar un beso —ahora sí en forma —y me quito con maestría y cinismo implacable. Nunca nadie le había negado un beso, me dijo días después. Y no lo dudo.

Se quitó de encima de mí y fingió temple todo el resto de la tarde, pero yo sabía a ciencia cierta que le carcomían las entrañas por dentro, lo podía ver de vez en cuando que se distraía de su apariencia impasible y hacía una mueca con la esquina del labio. No lo iba a dejar pasar por alto, ya parece. Ella venía a lo mismo que yo, al parecer. Cuando se acabó el vino y el alcoholímetro podía empezar a ser un problema, pues había llegado en coche, nos despedimos sin reparar en ceremonias, caricias o cursilerías, pero no sin antes concretar la siguiente cita.

Con el tiempo empezamos a salir en forma, datear en forma y me terminé mudando de vuelta a nuestra casa, sin nunca dejar de pagar renta en Gabriel Mancera, por si me corría a los dos meses, no perder mi Bachelor Pad tan bien depurado. Es más, nunca ni siquiera me llevé todas mis cosas de vuelta, pues extrañaba ahora mi recién adquirida soltería y libertad. Tanto así, que a los tres meses de estar de regreso, me agarré del primer pleito semi fuerte que tuvimos y me salí ahora yo de la casa. Bueno no, no fue semi fuerte, déjenme corregir: fue, además de fuerte, fue el colmo. Ese día me la armaron de pedo por no armarla de pedo. Entiéndase que ella quería que yo se la armara de pedo por haber llegado tarde y sin avisarme la noche anterior. Literal. Uno: ¿con qué cara? Y dos: a mí no me importa que haga eso, de hecho, se lo aplaudo y celebro. A lo mejor no el hecho de no avisarme, pero sí el hecho de salir de fiesta sola con quien quiera y reventarse hasta la hora que quiera. Justo eso es algo que sí apoyo incondicionalmente, me parece de lo más sano, e incluso necesario. Yo digo.

Ésa fue la gota que derramó el vaso para mí. Agarré mis chunches —los pocos que había traído —y, para futura desgracia mía, me pelé. Ella hecha un mar de lágrimas en el estacionamiento del edificio, viendo cómo el Amor de su Vida se iba otra vez de su casa. Todavía, ya en la rampa para salir del garage, metí Parking, freno de mano y me bajé. Me quería cerciorar de que mi cartera estuviera entre mis cosas de la cajuela. Una vez corroborada, regresé al volante y salí decidido.

Entre que extrañaba la deliciosa libertad de hacer lo que me viniera en gana todo el día y que, la verdad sea dicha, extrañaba inmensamente a Rosaura. No saben cuánto. ¿Se acuerdan de Rosaura? No sé poner el link a esa MiriAventura, pero pídanmela y se las mando.

Sí, leyeron bien: ahora yo fui el que se fue. Les doy permiso de venir a mi casa y dispararme en la cara, me lo merezco.

#PerdónPrincesa