De entre todas las veces que Catalina Hermes Morano me corrió de la casa, la última fue evidentemente la más dramática y escandalosa. Se armaron las cachetadas y todo. Agárrate, que se va a poner bueno. 

Casarse es juego de niños: al final del día, es sólo un fiestón, un trámite y un papel; que aparte se puede revertir sin tanto problema. Vivir con la otra persona es la bronca. Porque todos tenemos mañas, rituales y filosofías diferentes que emergen hasta que tienes que convivir diario con la susodicha. Puedes haber viajado miles de veces con ella, te puedes haber quedado en su casa todos los fines y nada te prepara para la monserga infinita que es VIVIR en la misma casa. En una casa que debería ser de ambos, btw. En mi caso nunca lo fue. Ésa era SU casa y yo estaba de invitado permanente. En su infinita bondad me daba chance de compartir cama y espacio habitable con ella y que me diera por bien servido. Y me daba. Porque dado el episodio de la desaparición del jueves pre-boda, tanto yo sentía que no merecía mi lugar con ella; como Catalina estaba convencida de lo mismo. Yo era un parásito que invadía su hogar, lo desordenaba constantemente y, no conforme, osaba querer tener invitados de vez en cuando. ¡¿Dónde se ha visto?! La cama tenía que estar siempre tendida cual hotel cinco estrellas, no podía haber un plato sucio en el lavabo de la cocina por más de treinta segundos, un calcetín fuera de lugar, ni mucho menos hostear el Miércoles de Poker con mis amigotes, so pena de griterío y jetas por dos semanas*. 

*Y sin embargo… ¿Se acuerdan de la regla universal de los moños contra la rifadez en la cama? Imagínense que, con mi Catalina, SIEMPRE valió la pena aguantar eso Y MÁS. Mucho más. Diez años de maltrato y abuso que repetiría sin pensarlo, feliz de la vida. Del tipo que Cleopatra y Julio César inspirados y después de meses de no verse, hubieran parecido unos mustios de quinta, paralíticos, junto a ella y yo en un mal día. Bendito Dios, vivíamos en un edificio deshabitado, porque los vecinos se nos hubieran traumado de por vida y/o llamado a la policía del traqueteo y griterío que era eso siempre. 

No era de sorprender entonces que me corriera de su casa por lo que fuera, me negara el acceso a ella o hiciera lo que le viniera en gana, cuando le viniera en gana. Si no era Nuestra Casa, yo no podía aspirar a tener garantizada la estadía en ella, obviamente. Es más, a los pocos días de casado, la primera vez que me calenté una Maruchan en el microondas, la derramé toda en la cocina y, en mi pánico, trapeé y desinfecté la casa entera para que no me hicieran dormir en el sillón todo el mes. Desemboné los cajones que se habían manchado y los limpié, levanté el mosaico de la cocina para tallarlo por abajo, desensamblé los muebles para fregar detrás y casi llamo a HAZMAT para incendiar todo el depa, como si hubiera invasión de termitas mutantes, comehumanos. 

En total, pienso que habré dormido en el sillón unas veinte o treinta noches (no consecutivas) y en hoteluchos, con cuates o en casa de mis jefes, otras cuarenta o más. En año y medio. Para cuando fui a recoger el certificado de matrimonio, ya me habían corrido unas tres o cuatro veces, y estaba como a seis semanas de que me corrieran por última vez. Antes de la última-última, supongo, mucho tiempo después. Pero ésa es otra historia y para otro momento. 

La que sí es para este momento es La Definitiva, la que sentenció todo, la que llevó a la firma de documentos, la que me empujó a abusar (más) del alcohol, la que me orilló a ser la persona amargada y pesimista que soy a la fecha; pero también la que (espero) me cambie eventualmente la vida para bien. Porque ahora puedo ver que vivía aterrorizado y sometido y nadie debería de vivir así; nadie debería vivir en constante terror de su pareja, como si ésta fuera de la KGB. Y se los digo mientras me tomo un whiskey solo como perro en mi cuarto (tanto física, como metafóricamente), en pants y Crocs, escuchando Blues de desolación, Blues de despecho, en lunes de puente, a las cinco de la tarde, con el sol en la cara y lágrimas de coraje, congoja y confusión corriendo por los cachetes. Porque eso soy: un borracho desconsolado que todos los días busca sin encontrar. Sin encontrar algo o alguien que lo haga feliz, entusiasme en el día a día, o siquiera pueda ‘look forward to’ en el futuro cercano, mediano o lejano. Sin saber qué es lo que busca, siquiera. Porque por lo regular no chupo cuando escribo, porque por lo regular escucho a Debussy cuando lo hago y porque por más que le quiero echar la culpa a ella y sus incontables TOCs y convencerme de que no soy una mierda, siempre se me acaba complicando. Así que venga nuestro reino y espérenme en lo que me sirvo otra. 

… 

Ya, perdón. Cheers!

Era un veintinueve de octubre de dos mil quince. Jueves. Jugaba Miami en Nueva Inglaterra y, aunque por alguna misteriosa razón siempre se les indigestan los delfines a los patriotas, ese día les pusieron un arrastrón de terror. Yo quedé con Catalina Hermes Morano que vería el partido en casa de un tío en Santa Fe, luego me daría una vuelta por el changarro para supervisar el cierre, y luego a la casa. Y eso hice, pero de nada sirvió. Ella ya estaba hasta la madre de mí y de mis desmadres. Vi el partido allá, en compañía, incluso, del perro más horrendo del mundo: la Pancha, la Chihuahua de mis primos; fui al changarro, me tomé un vodka en las rocas en el bar de la plaza y regresé a la casa a eso de la una y media, como acordado. La bronca fue que, para cuando llegué al Mercado del Carmen, donde estaba nuestro local, el empleado ya había hecho el cierre y Catalina podía ver eso desde la cámara de seguridad que teníamos (recuérdenme de no compartir el link de las cámaras con mis mujeres nunca más). Y, sobre todo, el predicamento principal fue que el recibo del bar que me dieron por mi vodka venía a nombre de otro lugar completamente diferente: La Celestina de Coyoacán, que pertenece al mismo grupo de dueños; cosa que yo no sabía y, por supuesto, no me di cuenta. 

Para cuando llegué a la casa, Catalina me estaba esperando en la puerta, a oscuras y casi con la chancla en la mano. Tan pronto giré la perilla, se dejaron venir los gritos, insultos y, por primera vez en la vida, cachetadas desenfrenadas de vieja desquiciada. Me cubrí como pude, como McGregor contra Mayweather, ya desesperado de la madriza que estaba recibiendo. Después de un combate desleal, ella se encerró en el cuarto, yo me lavé los dientes con harta pasta y enjuague, me encueré (siempre duermo así, aún y sobre todo en la peda) y me desmayé en el sillón de la sala, apenas tapándome con mi propia chamarra que seguía oliendo a cigarro y pena ajena. Cuando desperté, Catalina ya había roto todas las fotos de la casa donde salía su servilleta y las había metido en un sobre que me dejó en la cocina; había empacado todas mis pertenencias en una maleta y esculcado mi cartera. Había encontrado el recibo en cuestión y estaba, por ende, convencida de que le había mentido respecto de todo lo que hice el día anterior. Yo, confundido, no pude contestar de dónde había salido ese recibo y quedé como un mentiroso, lacra, adúltero y mierda humana. Sin serlo. O no tanto, por lo menos: ese día sí estuve en todos los lugares que dije que iba a estar. ¡Y que me caiga un rayo si no! 

“Sí estaba pedo, pero no como para no acordarme de haber estado en Coyoacán”, pensé todo el camino a casa de Galleta, mi eventual roomie en Gabriel Mancera 867, PH1; pero no entendía de dónde había salido ese recibo maldito. Fue hasta la semana siguiente, que fui a hacer el cierre del changarro el jueves, que me cayó el veinte y casi me mato. Presenté ante el jurado la evidencia correspondiente, pero de nada sirvió, como era de esperarse. La sentencia estaba dada y no había nada que pudiera hacer al respecto; el cadalso me esperaba. 

Ese día, todavía incrédulo de que se hubiera terminado de manera tan abrupta y perturbadora mi relación de casi diez años de amor desmesurado, fui al Autódromo a ver la Fórmula Uno con un cuate del grupo de Miércoles de Poker. En el transcurso de las siguientes semanas se me obligó a entregar mis llaves del depa, que ni era mío para empezar, terminar de sacar mis cosas del mismo, despedirme de Guillermo, nuestro perrito, y firmar la sentencia de divorcio que a la fecha nos achaca, un catorce de diciembre de dos mil quince. 

Después de eso, como a los tres meses, ella se apareció en casa de mis jefes, donde ya ni siquiera vivía yo, a las tres de la mañana, tapada, buscándome para regresar por última-última vez. Pero ésa, pa’ variar, es otra historia y para otro momento. 

#PerdónPrincesa

#TodoEsCulpaDeImanol