Desde que aterrizamos en Charles de Gaulle en nuestra luna de miel Catalina Hermes Morano puso su jeta. No habíamos ni salido del mentado aeropuerto y ya venía furiosa, echando lumbre, gritoneándome de todo, pasándola fatal y haciendo que todos la pasáramos fatal. Pero era lo normal, así que no me sorprendí y lo tomé con tanta calma como me fue posible. Cierto número de jetas y reclamos eran normales en ella en cualquier lugar y cualquier situación.

Yo desconocía, recuerden, el hecho de que seguía traumada por el incidente del Sanatorio Montes de Oca; mismo que a la fecha, si nos siguiéramos hablando, me seguiría recriminando, pueden estar seguros. Pensé entonces —iluso y asno —que era su actitud cotidiana y reglamentaria, que se había emperrado por lo mismo de siempre y que tarde que temprano se le pasaría y todo volvería a la normalidad. Que, btw, no pierdan de vista que nuestra normalidad era brutalmente buena. Mejor de lo que les puedo explicar, de lo que me van a entender o me van a querer creer. Mejor aún. Risas sin fin, cursilerías con menos fin todavía, convivencia perfecta (siempre que no hubiera chupe de por medio), abrazos, besos, sexo espectacular. Ya quisiera cualquiera de ustedes para un día de fiesta. Pero no, nada nunca volvería a la normalidad anterior; en todo caso, ésa se volvió nuestra nueva normalidad: ella juzgándome un chingo, en su silla moralina “superior”, viéndome hacia abajo cual escarabajo rastrero; y yo para siempre intentando ganármela de vuelta sin nunca estar ni cerca de lograrlo. Siempre en desventaja, siempre jodido, como un ciudadano de segunda, nunca merecedor de su compañía.

Intenté tomar un taxi para llegar al hotel al que íbamos, a más de media hora del aeropuerto y con maletas enormes, pero no, ella insistió en tomar el metro, tren ligero o lo que sea que tienen en París para llegar a la ciudad. Nos bajamos en la estación más cercana al destino, pero al encontrarnos en la calle, sin datos en el cel, sin mapas y sin hablar el idioma, fue un tanto problemático y no te quiero decir la cagotiza que me tocó a la cuadra y media de caminar sin dar con el hotel. Justo enfrente de la Ópera Garnier, me acuerdo. Hasta las palomas, ratas voladoras, bichos asquerosos, nos vieron con ojos de “pinches ridículos”. Una vez en nuestro hospedaje, descubrimos que, a pesar de la espectacular ubicación, los cuartos eran un asco, el restaurante chafón, todo viejo y roidito… Decepción indiscutible para lo que habíamos pagado. Entonces vele sumando: Sanatorio Montes de Oca, “haberla dejado sola durante toda la boda” y encima no saber bailar, lluvia llegando a París, trenecito rascuache, perdida en la calle con maletas, hotel espantoso: igual a humo hasta por las orejas. Podía sentir su mirada, como si fuera la de Superman, echándome rayos por los ojos y partirme a la mitad. Si hubiera podido, lo hubiera hecho, me consta.

Desempacamos a regañadientes con tímida musiquita de fondo. Yo intentando hacer algunos puntos, aunque sea. Le puse su playlist favorito, le eché a andar la tina con burbujas, aromaterapia y toda la cosa, y le serví una copa de champagne de la que nos habían dejado por ser “happy newlyweds”. Hazme el favor. ¡Si supieran! Creo que los dos hubiéramos preferido una botellita bien helodia de cianuro derecho para acompañar las fresas y chocolates que nos dejaron sobre la cama llena de pétalos de rosas. Pero no, estábamos encerrados ahí el uno con el otro toda la semana. ¿And then? Pélate. Le dije que iba a ver con el conserje qué tanto teníamos que hacer, dónde conseguir boletos y demás menesteres de esposito diligente, como ahora debía yo ser. Quesque. Imagínate. Gran pretexto para salir a la calle y descansar un rato.

Toda la semana en París no hubo nada que la contentara. Sólo la cena de todos los días, en un lugarcito trespesino, atrás de la Plaza de la Concordia, donde había un vino tinto que le gustaba y unos quesos que le gustaban más todavía. Era lo único que medio la ponía de buenas. Cuál Mona Lisa, cuál Torre Eiffel, Notre-Dame ni qué nada. Pero bueno, yo daba gracias a San Juan Diego Niño Sagrado de Atocha reencarnado que se le bajara tantito el pinche mal humor. Así por lo menos Remojábamos en la noche y todo el suplicio del día se me olvidaba y, sobre todo, valía la pena. ¡Y válgame si valía la pena! Que me pegue todo el día si quiere, siempre que pueda get lucky en la noche y en la mañana, antes de salir a sufrir otra vez.

Roma fue un poco mejor. En Roma por lo menos el clima cooperó y pudo sacar sus vestidos y faldas a relucir en Via Veneto o Via Nazionale, contra las chamarras y bufandas que hubo que usar en París. El hotel era inconmensurablemente mejor también. Aunque medio lejos de todo, sí tenía un restaurante de primera en la terraza, todo el personal eran supermodelos y bar de lujo. De mis hoteles favoritísimos de la vida, sin duda alguna. DOM se llamaba, por si a alguien le interesa, no tienen idea lo que es ese lugar. Del tipo que casi se le olvidaba su berrinche cuando despertaba en el cuarto espectacular que teníamos y no estaba de jeta todo el día, sino sólo un rato en las tardes cuando “yo nos perdía” en las callecitas romanas, como si la responsabilidad del turisteo fuera sólo mía o fuera un suplicio perderse allá; cuando me servía una cuba, cuando volaba una paloma en una plaza o… básicamente cualquier cosa que no fuera estar en su hotel.

Un día le mentó la madre a un mimo que osó robarle el sombrero como parte de su numerito, frente al Panteón. Íbamos caminando despistados, tragando helado de pistache, felices de la vida para variar, cof, cof. Sin percatarnos, nos cruzamos, como Pedro por su casa, por el show de un par de mimos. Estos personajes nefastos que se pintan la cara de blanco y negro, se visten en esos mismos colores, hacen como que son muditos y se dan a entender a puras señas. Como el Niño de Cobre de los Halcones Galácticos, ¿se acuerdan? “Del planeta de los mimos”. Ésos. Gente insufrible. En el momento en que Catalina se acerca de más —y sin querer —a uno de aquellos vagos sinquehacer, éste le quita el sombrero y hace como que lo esconde. Bueno, la gritoniza que le tocó al pobre diablo. Casi lloro de la risa, me encantaba ver cómo regañaba gente siempre que no fuera yo. Se veía turbo hot encabronada. Daban ganas de encuerarla ahí mismo. Angry Sex: el mejor de todos.

Cuando se dio cuenta de que no era choro y que la loca sí le estaba reclamando su sombrero muy en serio, se sacó de onda y corrió a devolverlo cabizbajo, cual perro regañado, con la cola entre las patas. Literal se arrastró para pedirle disculpas con la mirada. Ella sólo le arrebató el sombrero, se lo puso muy decidida, se volvió y siguió su camino bufando. El numeroso público que tenían los fulanos nos abucheó hasta que desaparecimos de su vista. De milagro no nos agarraron a jitomatazos. Yo, con todo y que estaba de acuerdo en que se pasó de rosca con el perdedor aquel, me hice el indignado también y les pinté dedo a todos. Porque será una bruja castrante, pero es MI bruja castrante y cualquiera que se meta con ella, se mete conmigo. Imbéciles.

Terminó la luna de miel más incómoda de la historia y regresamos a México. A vivir en nuestra casa. A vivir solos por primera vez, tanto ella como yo. A vivir juntos. Qué emoción. Qué terror. No sé cuál más. Cuánta razón tuve en apanicarme y salir a destruirme el cerebro el día del Sanatorio Montes de Oca. Si hubiera sabido lo que me esperaba, habría terminado la chamba. Tuvimos que regresar a una rutina que no teníamos. Una rutina que no sabíamos cómo era y nos tuvimos que inventar. Y que, gracias a esa funesta noche pre-boda, más bien se inventó ella y me avisó cómo iba a ser. Y si me gustaba, si no, achingarasumadre. Que fue lo que terminó por pasar. No trabajamos en equipo para organizar una rutina aceptable para los dos. Nadie me preguntó qué quería yo de una cotidianidad en pareja. Nadie me preguntó ni madre, pa’l caso.

Yo no creo que ella hubiera sabido qué quería de todo aquello, pero seguro no lo que terminó siendo. Porque al no darme mi lugar, ella, aunque tomaba todas las decisiones de qué hacer, qué no, qué es lo “aceptable” estando casados y qué no, terminó por encerrarse en una prisión autoimpuesta super pendeja, donde ciertas conductas y posturas están “bien” o “mal”, según los estándares arcaicos de, probablemente, sus jefes, los míos, los de la televisión y los programas para mujeres empoderadas y Dios sabe quién más. Porque “los hombres casados ya no pueden salir con sus amigotes a empedar, ya no tienen veinte años” y porque “no te puedes levantar a las nueve de la mañana porque eres un inservible, aunque tengas tu propio negocio y te vayas a dormir más tarde que la demás gente”.

Regresar a la normalidad sin saber cuál es esa normalidad es un peligro, un arma de doble filo. Porque tanto como puedes armar la tuya de la nada, a tu antojo y que sea algo, no sólo agradable, sino envidiable; puedes recopilar estereotipos y paradigmas ridículos de cualquier lado y tratar de atenerte a ellos a la de a huevo.

A nosotros nada nos impedía hacer nuestra vida, nuestro horario, nuestra antirutina, nuestro parecer: teníamos un departamento increíble en un edificio vacío, un perro ejemplar, galanura para aventar, veintimuchos años recién cumplidos, suficiente lana para hacer o deshacer, muchísimo más que suficiente amor para vivir el resto de nuestros días juntos; sólo nos faltó temple. Sí, temple. A mí para no tirar mi vida al caño en una noche de excesos pasados de rosca, valga la rebusnancia (o que, por lo menos, no se enterara la Dueña de las Quincenas) y a ella para tomarlo con un chiiiiingo más de calma y aceptar que a todos se nos pasan las cucharadas de vez en cuando. Todos tenemos derecho a que se nos pasen una vez en la vida, mínimo. Pienso que, si hubiera sido fiestera fuerte en algún punto de su vida, hubiera entendido mucho mejor lo que pasó ese día. Culpo de esto último a sus jefes por no dejarla enfiestar como Dios manda y estar tras ella como perros de caza todo el día, todos los días. Ya para cuando por fin pudo hacerlo, ya se sentía demasiado “madura” y le daba oso, culpa o vete tú a saber. Hazme el favor, me mato. Sobre todo, porque me embarraba a mí con la misma cuchara. ¿Y yo qué culpa? A mí sí me gusta la fiesta y el cotorreo y no pienso que tenga que defenderlo.

A las mujeres les encanta confundir madurez con ser de hueva. Espero que algún día entiendan que son cosas aparte, no sean ridículas. No es como que, de la noche a la mañana, sólo por estar casados, o tener treinta años o cualquier otro parámetro idiota que se les ocurra, uno debe dejar de tomar, pasarla bien y ver a sus amigotes. Supérenlo.

(Dedicación especial y con harto cariño para las espositas de mis cuates, por cierto. Hagan paro, no sean culeras, hace años que no los dejan salir ni a la esquina. ¿O será que sólo no los dejan salir conmigo? Puede ser, no me sorprendería. Prometo no regresárselos tan tarde, llenos de brillantina ni mucho menos.)