Odio las bodas. Más cuando son en #provincia, pero siempre las odio. Ahora ya menos, porque, por lo menos, nadie se emperra conmigo por no saber bailar y me pone jetas todo el resto del evento, pero siempre las odio. Ahora ya menos, porque puedo beber todo lo que yo quiera sin reclamos y miradas iracundas, pero siempre las odio. Si es de noche y en la capital, me puedo poner el smoking custom que compré hace mil años y usé sólo en una boda y una fiesta de disfraces, por lo que las odio menos, pero siempre las odio. Si voy con un date que, por lo menos, va a querer remojar al término del evento, me da algo para ‘look forward to’ cuando acabe, pero siempre las odio. Si la cena/comida no es buffet y no me tengo que levantar para nada de mi asiento, las odio menos, pero siempre las odio. Si no hay ceremonia religiosa (especialmente católica) o puedo no ir sin quedar particularmente mal con nadie, es un poco más cordial, pero siempre las odio. Si ya va a haber misa, pero es menos larga e insufrible que lo normal, vamos de gane, pero siempre las odio. Entiendo que es ir a beber gratis y eso difícilmente puede ser malo, pero en este caso preferiría pagar por mi chupe por no estar en #provincia, no tener que bailar, no padecer la “música de boda” y mil otras cosas insufribles. Siempre las odio. 

Y antes de que se me pongan rejegos, les voy a contar a detalle mis razones indebatibles para odiar más todavía las bodas fuera de CDMX. De abajo para arriba:

3.El baño. La distancia entre la carpa de la fiesta y el baño más cercano es, en promedio, de dieciséis metros, mismos que, por lo regular, son dieciséis metros de lluvia, lodazal y caca. Porque SIEMRPE llueve en la noche en #provincia. Siempre. Lo que me lleva al punto dos.

2. El calor y el frío. La temperatura durante el día es de treinta y ocho Celsius y hay que andar cual isleño en guayabera y sandalias, y aún así te cocinas todo el rato. Sudas como kilo de cuerito en puesto de carnitas hagas lo que hagas, los hielos de la cuba se derriten en un santiamén y asquerosidad generalizada. Cuando se mete el sol, además de empezar a caerse el cielo a pedazos, baja la temperatura hasta los cuatro Celsius y entonces necesitas una chamarra para refugiarte del frío, pero ya estás empapado de tanto que transpiraste durante el día. Los meseros sacan sus calentadores de gas y lo que digan y manden, pero nunca es suficiente. 

1. Costo. Supongamos que la boda fuera en “Cuerna”, que es lo más cerca y, donde, en los últimos cinco años he ido a unas veinte. Necesitas, mínimo, una noche de hotel, casetas, dos comidas con sus respectivas bebidas y el taxi-de-pueblo al evento y de regreso. Que, por cierto del taxi-de-pueblo… Huele a perro mojado, te cobra de tarifa “establecida” lo que le da la gana y no tiene aire acondicionado. En cifras duras: 2500+500+1500+200= 4,700 totales. Por UNA noche de hotel donde sólo vas a llegar a cambiarte la mañana del sábado y desmayarte la madrugada del domingo. Insufrible. Contra que, si fuera en la capital, sólo hay que pagar el Uber de ida y el de regreso, que incluye aire acondicionado, tarifa medible y se paga con tarjeta, por lo que puedes ni llevar cartera y bultear en el trayecto a tu casa.  

Ahora, habiendo dicho eso… un día como hoy, pero de 2014, tuvo lugar mi boda con Catalina Hermes Morano y fue la mejor boda de la existencia. El mejor día de la existencia. Por primera vez en la vida (y no muchas posteriores tampoco) me divertí en una boda. Y no sólo eso, la pasé como pocas veces. La mejor fiesta de la que tengo memoria. 

Incluso quitando el detalle de mi cagadero del jueves pre-boda, no había ninguna posibilidad de que mi mujer no me gritoneara ese día y estuviera de jeta conmigo en algún punto, otro, o de plano, toda la noche. Ninguna posibilidad. Porque de entrada, yo seguía sin saber bailar y eso la podía hacer enfurecer como pocas cosas en el universo; y no era como que, por obra y magia del Espíritu Santo, sólo por ser mi boda, fuera yo a ser Chayanne. Entonces ya desde nuestro “Baile de Novios”, íbamos a ir mal. Y fuimos. Aparte, justo por ser MI MALDITA BODA, me iba a poner en estado vegetativo a punta de ron, coca y mineral; lo cual, pa’variar, la hacía recontra encabronar hasta el espacio sideral. Y lo hizo. Encima me amenazó a priori que no la podía dejar sola en ningún momento. Ya parece. Estando TODOS mis amigotes de todas mis diferentes épocas de la vida, no había forma en el mundo de que no me le separara. ¿Estamos de acuerdo? Bueno, igual enloqueció por eso también. Con todo y todo, la pasé insuperablemente ese día. Era como con los exámenes de biología de la secundaria: “si ya sé que voy a reprobar, ¿para qué estudio?” Si ya sé que me van a regañar y va a estar furiosa todo el rato, ¿para qué me esfuerzo en lo contrario? Y todo eso, recuerden, hubiera sido así, incluso SIN el evento del jueves anterior. Así que… imagínate lo que fue eso.  

Pero no nos adelantemos. Va de arriba.

Terminando el teatrito para con el amigo imaginario, emprendimos el regreso al hotel para la sesión de fotos con las damas, padrinos y demás gente cortesana. Luego la Entrada Triunfal, la cena, los discursos de los protagonistas con sendos lagrimones y después, el momento que todos estábamos esperando, el dichoso baile. Debo decir aquí que el tema que bailamos fue lo único que solicité elegir yo y lo hice con la mayor certeza y buen gusto imaginable. Lastimosamente, por bien elegido que estuviera, nada me iba a hacer mejor bailarín de lo que siempre he sido. Con toda la maña del mundo, la pieza elegida fue tan lenta como se pudo para que involucrara el menor movimiento concebible. Unos dos o tres beats por año, para que me entiendan. El resultado fue algo como La Bella y la Bestia (ya quisiera la pobre de Bella), pero en incómodo y sin la menor pizca de magia Disneyezca o estilo, mínimo. Ella fingiendo que se divertía, yo fingiendo que sabía lo que hacía mientras me tropezaba conmigo mismo, los invitados fingiendo que lo hacíamos bien; todos fingiendo diferentes cosas. Muy parecido a lo que pasaba seguido en mi cuarto de Gabriel Mancera 867, PH1, muchos años después. Bueno, no tantos años como quisiera, a decir verdad.

… Y que empiezan las miradas. No tan obvias que alguien más se pudiera dar cuenta, pero asegurándose de que yo no perdiera detalle.   

“Al rato se le pasa, o se le olvida, o se le sube y lo supera” pensé yo, incrédulo. Iluso y asno. 

Después de los respectivos bailes con la parentela, se deja venir “Procura” o alguna baratija tropicalosa y chacalonera y todo mundo a la pista. Ése, damas y caballeros, es por lo regular mi cue para irme a sentar, pedir dos shots seguidos -uno de tequila y otro de ron, pa’ que amarre- y permanecer en ese estado por la duración de la boda, hasta que me caiga inconsciente sobre la mesa. Esta vez, como es de esperarse, no me fue posible hacer eso y me tuve que quedar en la pista para seguir fingiendo que podía bailar, que quería bailar. Eso no impidió, sin embargo, que pidiera el doble shot y luego rumancockes como si fueran Frutsis; situación que, para bien, o más bien, para mal, hace que eventualmente medio logre bailar. Ahora sí, agárrate, va la pintura renacentista:

El salón principal del JW de Santa Fe, arreglos florales enormes colgando del techo, mesas blancas impecables, manchadas de azafrán, vino y Red Bull. Mesas atiborradas de empresarios, tías viejitas, jefes, empleados, compañeros de trabajo, amigotes de la escuela, espositos latigueados y muy bien amaestrados, otros más enfureciendo a sus parejas con excesos y coqueteos; pero eso sí, ni un niño a la vista. “Formal, sin niños” decía acertadamente nuestra invitación. Porque, por lo menos, en lo poco que siempre estuvimos de acuerdo Catalina y su servilleta, era en nunca tener descendencia. Bien por nosotros. La pista llena de gente fingiendo saber bailar, otros, como yo, bebiendo para no tener que fingir y otros pocos, bailando y dando cátedra. Todos con un objetivo en común: remojar esa noche. No se me ocurre ninguna otra razón para bailar. En las mesas posteriores, uno de mis mejores amigotes, el más mustio, el más erudito y menos borracho de entre los rufianes de los que me rodeo; el que todos nuestros papás querían que invitáramos a las fiestas para guardar tantito la compostura, vomitando la cena, la comida y hasta el desayuno de ese día, en el vestido de alguien más, que ni la debía ni la temía. Mis tíos chavorrucos jodiendo a la meserita para que los dejara fumar. La meserita, a su vez, jodiéndome a mí para que los dejara fumar a ellos, por la módica cantidad de chingo mil pesos extras, cosa que no iba a suceder. La esposa de otro cuate, inconsciente en el baño, preocupando a conocidos y extraños; el saco rentado de alguien más, desaparecido; pleitos de quinceañera por todos lados. Argentinos, colombianos, gringos, europeos y provincianos, todos siendo mejores amigos de todos con ayuda del común denominador: Bacardí Superior. 

Meseros corriendo con destilados de un lado a otro, mi suegro persiguiendo a mi cuñadita para que no chupara de más, y ella, a su vez, bebiendo ya directo de la botella cada que su jefe se distraía para saludar a algún familiar lejano; mi suegra, diplomática nata, conservando las apariencias con la de su hija; mi hermana shoteando hasta con los colados; la organizadora del evento persiguiéndonos a los novios para consultarnos sobre cosas que ya no estábamos en condición de contestar. ¿Y los novios? El novio perreando mano-tobillo, casi encuerándose a media pista, y la novia juzgándolo un chingo desde las alturas moralinas y de hueva de una mujer que nunca más bajaría la guardia, ni mucho menos perdonaría, a un esposo tan borracho y descarriado, como primerizo y bonachón, de una noche de malas decisiones bienintencionadas. Pero eso sí, baile y baile también, fingiendo que se la pasa como una novia debe pasarla el día de su boda; con esa sonrisa que no sólo mueve montañas, mueve océanos, mundos y galaxias enteras; viéndose como Bella en el Palacio, donde, en lugar de tacitas, teteritas y tenedores; había borrachos, mustios y energúmenos. Ese palacio de naipes que teníamos tan bien armado, que medio daba el gatazo si lo veías de lejitos; pero que, de cerca, podías verle el Resistol sosteniendo las columnas a duras penas. 

Cerca del amanecer, después de la “última y nos vamos” que con ella sí había que cumplirlo, los novios recogimos nuestras pertenencias y tiramos bomba de humo. Algunos de los invitados decidieron seguirla en el cuarto de alguien, invitación que denegué fingiendo cansancio, para no echar más leña al fuego que -ahora sí- era bastante evidente. Al día siguiente disfrutamos de un extraordinario desayuno típico de hotel mexicano y más tarde emprendimos Luna de Miel. Pero ésa es otra historia y para otro momento. 

Al final, todos conocemos el funesto resultado de ese matrimonio, pero, aun así, me volvería a casar una y mil veces. Esperemos pronto. Estarán todos cordialmente invitados, agárrense.