El día que le di el anillo a mi primera esposa era viernes, llovía tímidamente en el Cerro de San Jerónimo, y el frío invernal característico de la zona, se empezaba a asomar por el picaporte del otoño. Veníamos de recorrer la ciudad entera y nos disponíamos a hacerlo por segunda vez en un sólo día en pro de presenciar una obra de teatro, para la que mi mujer había comprado boletos a pesar de saberme asiduo odiador del género. Filas de pseudo intelectuales de sombrero de ala ancha, morral de tela de “Coyo”; pelo de colores ridículos y chaleco de ciertopelo roído por el rigor del uso de tres generaciones de habitantes de la Zona Rosa; sólo para entrar en un auditorio más roído aún, de asientos chicos pero incómodos, donde de milagro cabe una persona de edad adulta. Y yo siempre me he considerado una persona de edad adulta. O por lo menos cuando de tamaño se trata. En otros menesteres más solemnes como las responsabilidades, las adicciones o la madurez emocional, soy y siempre seré un puberto empedernido, de piel cacariza y libido exacerbado. Dado lo cual, presenciar un espectáculo de índole más que sospechosa, con actuaciones cuestionables y atmósfera pretenciosa en tan precarias condiciones siempre se me ha hecho un suplicio más que cualquier otra cosa.

Después de lavarnos los dientes con el mismo cepillo (de cerdas duras y moral cuestionable), mi mujer, Catalina Hermes Morano y su poco humilde narrador, procedimos a hacer nuestra segunda actividad favorita: dormir siesta y destilar, respectivamente. Como el buen borracho mexicano, de gusto frecuente y poco refinado que me considero desde tardía edad en que empecé a consumir, siempre he apreciado la fría corrientez de una cuba de Bacardí blanco, tentativamente con agua mineral, pero ineludiblemente con Coca, mucho hielo y vaso de vidrio. En aras de la simple pero desfachatada propuesta de matrimonio que estaba apunto de acaecer, en esa ocasión hubo que referir la preparación del sagrado veneno a mi mejor -y menos aturdida- mitad. El punto era que ella tuviera que operar el congelador de las catacumbas en que nos encontrábamos: templo añejo de sexo sudoroso y fiesta deleznable de aquella época de mi vida; donde hacía siete años nos habíamos estrenado el uno al otro como amantes, con brutal eficacia de final feliz para todos los involucrados, menos para la desventurada alfombra.

Antes de que cualquier otra cosa sucediera, coloqué las cámaras de video, las de foto, la iluminación especial y al son de “O Fortuna”, de Carmina Burana a todo volumen…

Abrió ella el congelador, siempre bien abastecido no sólo de hielo, sino de bendito Tradicional, Zubrówka y pasiones por lo regular efervescentes; sacó la cuidadosamente preparada reja de hielo que había yo dejado desde la noche anterior a solidificarse alrededor de la sortija y me volteó a ver sorprendida. Su primera impresión fue de intriga al no saber qué era exactamente lo que el agua congelada resguardaba, por lo que solicitó mi ayuda. Echando mano de un sifón previamente considerado para tal tarea, derretí el hielo indicado, revelando así el diamante-de-sangre y posteriormente el resto del titanio.

Durante todo este proceso tan folclórico, “O Fortuna” había desembocado en “Invincible”, del cuarteto británico “Muse”. Momento en el cual, llevé a cabo todo el bonito ritual de #BendTheKnee. Después de los correspondientes gritos de sorpresa, emoción y pánico escénico, ella aceptó de buena gana, nos besamos lo suficiente como para poder luego mostrar los videos resultantes a nuestros seres queridos y nos fuimos al teatro como estaba pautado*.

El casamiento tradicional nunca fue algo que tuviera yo como meta en la vida y, de hecho, estaba más bien en contra de él por varias razones. La mayor de ellas siendo hacer más rica a cierta institución arcaica, molesta y que ha sido un lastre social y científico para la humanidad desde hace más de dos milenios. Como ya establecimos, no soy una persona que crea en nada que el método científico no pueda demostrar, pero MENOS AÚN en la gente que lucra con elementos fuera de ese parámetro y explota, con vil premeditación alevosía y ventaja, a la gente que decide creer en ellos. Más-pero-sin-embargo [sic]… Lo que en definitiva sí quería, era estar con mi Catalina “por los siglos de los siglos”. Dado lo cual -y poniendo todas mis objeciones racionales y justificadas de lado- cedí a las presiones y convenciones sociales y me aventé todo el numerito.

Mi mujer en cambio sí quería casarse, por lo que, de no haber yo desenfundado anillo ese año, lo más probable era que se me dieran las gracias por participar, sin derecho a catafixia. De cualquier manera, el ritual religioso también le parecía primitivo, ridículo y sobre todo innecesario; pero para sus progenitores -fuera de eso extraordinarios suegros que hubieran dado la vida por mí- era más que indispensable y no hubieran permitido que su primogénito retoño se fuera de su casa sin anillo al dedo.

Gracias a la civilización general de mis padres y a mi escuela laica, yo permanecía un absoluto neófito en todos los trámites eclesiásticos requeridos para llevar a cabo un casamiento católico tradicional. Intenté convencer a mi mujer de engatusar a mis suegros y tener una misa falsa, con un actor disfrazado en cualquier lugar y dar eso por terminado, pero desafortunadamente no accedió. En vista de lo cual, tuve que sobornar a una hereje para que me diera un “curso” exprés (al término del cual, me “hizo un examen” que ella misma contestó) para conseguir mi fe de Bautizo, Primera Comunión y autorización para la Confirmación de golpe y porrazo, por la módica cantidad de ochocientos pesos. Los ochocientos pesos mejor gastados en la historia.

Documento apócrifo en mano, me dirigí al templo más cercano a mi domicilio, lo entregué y esperé la fecha de mi Confirmación. Diez de la mañana, domingo de Súper Bowl. ¡Gracias! Yo y quince niños de entre seis y ocho años con nuestra velita, trajeaditos y formaditos para ser ungidos en la Palabra del Señor. Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm y su cuerpo, su alma, su sabiduría y todo lo bueno de este mundo. Amén. Amen.

No conforme con eso, la Iglesia nos obligó a tomar un “curso prematrimonial”. Mi mujer investigó (si quería que esto sucediera, ella tenía que poner de su parte) en qué iglesia el mentado curso era lo más breve posible y ahí es a donde fuimos a dar. Tres días de choro religioso insufrible. Pudiendo hacer algo medianamente útil y hablarle a uno de relaciones de pareja, los pormenores de cohabitar un espacio con tu “alma gemela”, división de gastos, paciencia para con el otro, lidiar con esposos alcohólicos, o cualquier cosa en el mundo… Tres interminables días de:

“El matrimonio sólo puede ser entre un hombre y una mujer”

“El propósito del matrimonio es procrear todos los hijos que Dios te dé. (So pena de que no te casemos si dices lo contrario, btw… And no refunds)

… Y ese tipo de afirmaciones sensatas y futuristas.

Finalmente obtuvimos todos los documentos necesarios y pensamos que eso era todo. ¡Casi! Lo único que faltaba era llevar fotos nuestras a la iglesia más cercana para que fueran pegadas en el Muro de los Lamentos y los aldeanos las inspeccionaran en busca de algún ingrato pecador que se hubiera casado previamente con alguien más. Porque la tecnología para hacer una base de datos con nombre y apellido es demasiado avanzada y todavía no es algo que se pueda hacer. Esperemos que en un futuro cercano se logre. Pongan changuitos.

Pero bueno. Así las cosas en CDMX, ciudad “moderna”, de gente “moderna, civilizada y pensante”, en pleno S.XXI. HAZME. EL. RECONTRA. MALDITO. FAVOR.

Llegó el tan esperado día y así es como procedió.

*Vimos “Wicked” a recomendación de alguna de sus amigas y nos arrepentimos de haber nacido. Asco de obra, nunca la vean.